Estaciones del genio: regresa Paul McCartney
En mayo de este año, luego de terminar una ceremonia donde la Reina de Inglaterra le concediera otra medalla —Companion of Honour—, por su contribución a la cultura, un periodista quiso ser suspicaz con Paul McCartney y le preguntó sobre la significación de tal distinción. A sus 76 gloriosos años, no lo pensó dos segundos, y le respondió que sus padres se hubieran sentido muy orgullosos, que él amaba a la Reina y le honraba ser británico en un día como ese.
Considerado el principal compositor de música popular del Siglo XX, tanto por su luminosa carrera con los Beatles, como por su discografía en solitario, no tiene, por otra parte, competencia en el universo de las celebridades. Cuando se avista en algún lugar público, la convocatoria de fanáticos suele ser instantánea, lo mismo en Nueva York que en Osaka. Todos corren, entran en trance, sacan sus teléfonos para fotografía y grabar, algunos lloran sin poderlo evitar.
Por estos días ha estado preparando, laboriosamente, la salida al mercado de su reciente álbum en solitario, Egypt Station, luego de su exitoso New, hace cinco años, y la estrategia promocional sigue siendo muy parecida porque descansa sobre la base de un artista irreprochable, que casi todos en el globo terráqueo le deben dicha por sus composiciones e interpretaciones.
Hace unos días llegó rodeado de policías neoyorquinos a un concierto sorpresa en el Grand Central Station. Cerca de 200 personas tuvieron acceso a la presentación que casi se extiende por dos horas, con algunos de los más sonados éxitos de su carrera, además de composiciones del nuevo álbum.
Antes en Liverpool había utilizado la misma picardía de avisar en los medios sociales que ofrecería un concierto en el mítico bar la Caverna, donde los Beatles se foguearon camino a la fama en los años sesenta. Durante esa estancia grabó, junto a James Corden, su segmento de Carpool Karaoke, como guía histórico por sitios emblemáticos de Liverpool, incluyendo la casa de su familia, hoy museo, donde interpretó de modo imprevisto el clásico When I’m 64, en un modesto piano.
El lunes 17 de septiembre comienza una nueva gira de conciertos en Quebec, Cánada, que luego lo llevará a Europa, Estados Unidos y hasta Japón, donde el fervor de sus seguidores resulta paradigmático. El viernes de la semana pasada salió, finalmente, su nuevo álbum, número 18 en solitario, que toma su título, Egypt Station, de una pintura homóloga que hiciera en 1988.
Las 16 canciones, tienen el sello distintivo de la simpleza narrativa y la complejidad melódica que lo hicieron grande junto a su contraparte por excelencia: John Lennon. Alguna que otra de estas piezas hubiera figurado, por derecho propio, en el catálogo de los Beatles, el resto integra un cancionero que va de los silly love songs a experimentos francamente de vanguardia.
Egypt Station, es una suerte de “road” álbum con paradas en cada estación de su vida plena, pero de tropiezos humanos comunes, que se van desglosando de modo anecdótico.
Por supuesto que abunda la relación sentimental de la pareja, como tema central, incluso se atreve a sugerir el acto explícito del amor en un ingenioso juego de palabras “Yo sólo quiero Fuh You”, algo inesperado en un autor tan sublime.
Paul McCartney carga con una responsabilidad más grande que la de ningún otro artista vivo. Sabe que la gloria pasada es difícil de reproducir, pero su optimismo contagioso y el deseo de complacer a millones de seguidores, tanto en el estudio como sobre el escenario, lo hacen un icono de todas las épocas.
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