Tarea titánica, la lucha contra los narco cultivos
Según el informe anual del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de Naciones Unidas (Simci), presentado el pasado miércoles en Bogotá, entre 2016 y 2017 se sembraron 25,000 hectáreas más de coca en Colombia. La cifra corresponde a un incremento del 17 por ciento. Si el presidente Iván Duque la tiene difícil para controlar la corrupción rampante que heredó del gobierno anterior, con los narco cultivos se enfrenta al mayor número de hectáreas sembradas desde que se lleva registro: una extensión total de 171,000.
Ese mar verde de matas de coca, se transforma en ríos de sangre. El país está en riesgo de retroceder a esa época en que los mafiosos eran todopoderosos. Toda una paradoja, si tenemos en cuenta que hace muy poco celebraban con bombos y platillos la firma de la paz, Juan Manuel Santos y Timochenko.
Son varias las razones que se le atribuyen a este incremento. Una es la suspensión de la fumigación con glifosato, aduciendo que este herbicida ha sido declarado como canceroso, por la OMS (Organización Mundial de la Salud). También se le atribuyen daños que toman décadas de reparar, en las tierras donde se esparce. Pero es que con tantas narices oliendo el tan codiciado polvo blanco, no hay medio ambiente ni salud pública que se resista.
También se atribuye este aumento a las negociaciones de paz con las FARC. Hay quienes afirman que la suspensión del glifosato fue una exigencia que salió de La Habana. Algún incauto les creyó a los narcoterroristas, que se iban a dedicar a arrancar matitas para reparar sus crímenes. No solo no lo hicieron, sino que los llamados disidentes, aprovecharon el favorcito de sus (supuestos) ex compañeros, para metérsela toda a tan “próspera” empresa.
Ahora Duque debe corregir el rumbo. Lo hará. No solo porque se lo exigirán desde Estados Unidos, sino porque en esta lucha el país, por enésima vez, se juega su futuro. Otra oleada de Escobares, Gachas, Jojoys y Mancusos, darían al trasto con todo lo avanzado, desde esas horribles épocas de masacres, homicidios, secuestros, tomas de pueblos y terrorismo.
Lo que sí valdría la pena es que en Washington también pensarán en una corrección. No porque Colombia sea incapaz de reducir sus cultivos, con el presidente Álvaro Uribe bajaron a 44,000 las hectáreas cultivadas, sino porque la respuesta de los narcos es el traslado. Lo que se baja en Colombia se aumenta en Perú, y si allí los atacan, pasan a Bolivia, o a Ecuador, o se ponen fuertes en México y Venezuela. ¿Por qué? Pues porque el consumo sigue disparado. Y mientras haya demanda, sobrarán los que se dispongan a cubrirla. Más en un negocio que maneja las descomunales cifras del narcotráfico.
No deja de impresionar la ceguera en las superpotencias frente a este flagelo. Desde que se declaró la guerra contra las drogas, el consumo se ha multiplicado. El consumo y los carteles y las víctimas y los dólares. Pero la exigencia continúa siendo de una sola vía. No es un presidente latinoamericano el que pasa al tablero a sus homólogos de EEUU o Europa a señalarles sus descomunales aumentos en las cifras de consumo, sino que son estos los que se sientan en su pupitre como niños regañados, por sus cultivos.
Hasta hace poco creía que todo se arreglaría legalizando. Eso seguramente reduciría los narcos. Pero viendo la epidemia de los opioides, tal parece que si el negocio es de las farmacéuticas y muchos médicos que recetan sus productos, por esos lares tampoco andan en la labor de reducir el consumo.
El consumo, de eso se trata. Lastimosamente, ahí está la plata.
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