El caso Kavanaugh pone en juego el respeto a la dignidad femenina
Hoy es un día explosivo en la capital. Sumida en una saga de alta tensión, karma sexual e intriga política.
Un duelo entre la verdad y la mentira. Un espectáculo de machismo en el Senado. Con Donald Trump en medio de todo (por cierto, horas después de que los líderes del mundo se rieran de él en las Naciones Unidas). Y un personaje apellidado Kavanaugh que teme, con razón, la guillotina.
A nivel político está en juego nada menos que el futuro de la Corte Suprema de EEUU, con las elecciones de noviembre, el control del Congreso y la propia presidencia de Trump como telón de fondo.
A nivel de derechos sociales, está en juego algo mucho más trascendente: el respeto a la dignidad femenina. En este caso la de —al menos— tres mujeres que acusan de asalto sexual al juez nominado por Trump a la Corte Suprema y piden que el FBI lo investigue, a lo que se niegan en rotundo todos los protagonistas masculinos de esta saga: tanto Trump, como los senadores republicanos y, por supuesto, el propio acusado.
¿Qué les asusta del FBI? ¿Por qué ignoran pruebas y testigos para así poder acelerar la votación? ¿Por qué los republicanos desprecian tanto a las mujeres?
Christine Blasey Ford, Deborah Ramírez y Julie Swetnick no buscan ningún puesto ni ganan nada con sus alegatos, salvo que se sepa la verdad sobre alguien que aspira a un cargo vitalicio de enorme impacto. De hecho están arriesgando su seguridad tras recibir amenazas de muerte. Quienes las calumnian de antemano como mentirosas, locas o parte de una conspiración demócrata deberían en cambio preguntarse por qué los líderes republicanos temen indagar a fondo, ni siquiera citando a declarar a Ramírez y Swetnick ni a testigos de sus alegatos, incluido Mark Judge, que estaba en la habitación cuando el juez Brett Kavanaugh intentó supuestamente violar a Blasey Ford.
Si bien aún no hay pruebas definitivas para determinar la verdad, de lo que sí hay evidencia más allá de una duda razonable (como dice una de mis colegas) es de que el Partido Republicano de Trump ha adoptado la misoginia como doctrina.
Empezando por el jefe de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, y siguiendo por los senadores Orrin Hatch, Lindsey Graham, John Cornyn, uno tras otro, los republicanos han denostado a las tres denunciantes. Y Trump —acusado él mismo por 19 mujeres— incluso ha calificado de “borracha” a Ramírez, defendiendo al mismo tiempo a Kavanaugh como víctima. Una mentalidad típica que revela la verdadera raíz de esta repulsiva cultura política: la masculinidad tóxica, que circula con particular veneno por los corredores de poder en Washington, mano a mano con la hipocresía que la encubre.
Esta misma mañana se podrán ver, live, las bajas argucias de ése boys club desde la “Corte de Canguro” televisada, la farsa que han montado los senadores republicanos para encumbrar a uno de los suyos —el acusado de asalto sexual Kavanaugh— al trono de la justicia. Que allí, si logran colocarlo como magistrado, les resolverá los aspectos más espinosos de su agenda política.
Y, mucho más importante aún, Kavanaugh impediría con su voto decisivo en el Supremo que a Trump se le pudiera acusar y/o juzgar por cualquier delito, como ya ha dejado sentado en su doctrina judicial contra el enjuiciamiento de presidentes mientras están en la Casa Blanca. Esa es la única razón por la que Trump le ha nominado: para salvar su pellejo político en caso de que la investigación del Russiagate le impute cargos o detone un impeachment.
Previendo tal pesadilla, que probablemente ocurriría si los demócratas ganan el 6 de noviembre, Trump está maniobrando en varios frentes. Incluido el posible despido del subsecretario de Justicia que supervisa la investigación de Rusia, Rod Rosenstein, con quien hoy tendrá un encuentro, marcado por las revelaciones de que Rosenstein sugirió invocar la Enmienda 25 para sacarlo de la presidencia. Otra saga de alta tensión, que Trump ha hecho coincidir con la audiencia del Senado quizá para desviar la atención del caso Kavanaugh.
Difícilmente lo logrará, porque el tumulto nacional provocado por Kavanaugh toca muy de cerca a millones de personas, sin duda a millones de mujeres. Es inconcebible lo que estamos viviendo, la absoluta insensibilidad de la mayoría de los republicanos ante posibles delitos en aras al puro interés político.
Es inconcebible la hipocresía de Kavanaugh, que cuando era uno de los “Torquemadas” del fracasado impeachment a Bill Clinton propuso unas preguntas tan sexualmente gráficas que el propio fiscal las descartó (pueden leerlas aquí). Y que ahora se niegue a responder sobre los graves testimonios de su supuesta tendencia a forzar sexualmente a mujeres.
Es inconcebible la prisa y chapucería constitucional con que los republicanos quieren nominarle, creyendo de antemano en su inocencia antes de siquiera escuchar hoy el testimonio de Blasey Ford. De hecho McConnell ha agendado la votación final para este viernes, que es una forma descarada de decir no nos importa el proceso ni tenemos intención de hacerlo justo.
Pues a nosotras sí nos importa. Nos vemos en noviembre.
Rosa Townsend es una periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.