La misma excusa: los poderosos acusados siempre alegan que son unos ‘pobres perseguidos’
La nominación de Brett Kavanaugh como nuevo miembro de la Corte Suprema de Justicia ha traído un nuevo escándalo de abuso sexual a las primeras páginas. Según la doctora Christine Blasey Ford, hace 35 años el juez intentó violarla. Se salvó porque él estaba tan ebrio que pudo escaparse. Kavanaugh, en un testimonio en el que a veces se mostró ofendido, y otras enfurecido, declaró ante el Comité Judicial del Senado que era víctima de una persecución.
¿No han visto como últimamente a casi todo el poderoso que se acusa de un crimen se defiende diciendo que es víctima de una persecución? El presidente Donald Trump es víctima de una persecución. Kavanaugh es víctima de una persecución. Bill Cosby es víctima de una persecución. Nicolás Maduro. Diosdado Cabello. Los obispos acusados de pederastia. Harvey Weistein. Cristina Fernández de Kirchner. Alberto Fujimori. Todos y cada uno de los políticos presos acusados de corrupción en Latinoamérica. Mejor dicho, el mundo está lleno de santos acusados. Y repleto de diablos perseguidores.
Se ha gastado tanto la excusa de la persecución que a quienes de verdad lo sean les tocará buscarse otra defensa. Eso ya nadie va a creérselos. Pero una cosa es ser acusado en Venezuela, donde hay un régimen que te condena a 40 años por decirle burro a Maduro (o sea, por decir la verdad), y otra aclamar que te persiguen en Estados Unidos.
Si aquí, ¿y quién más que un juez como Kavanaugh para decirlo?, hay independencia de poderes, entonces un político puede perseguir a quien se le antoje, que la rama judicial garantizará un proceso limpio. Pero si del presidente hasta el nominado a la Corte Suprema, pasando por los senadores del partido que tiene la mayoría (y la presidencia), no confían en el FBI y restringen sus investigaciones, esto está peor que Cuba. Que eso además lo digan semejantes poderosos, repito ¡en el poder!, en un país donde existe la pena de muerte, la cosa entonces es de miedo.
Lo digo muy en serio. Si el presidente del país se queja de que la justicia lo persigue. Si se queja porque su fiscal, nombrado por él, no lo protege de esa persecución. Si dice que les persiguen a sus nominados. A sus amigos de campaña. A su familia. ¿Qué hacemos los mortales que ni tenemos para ‘amigos’ políticos que nos protejan (donándoles a las campañas), ni al Servicio Secreto cuidándonos?
Pobres millonarios perseguidos. Pobre élite. Pobres poderosos. ¡Pobres jueces! Qué gente tan mala son los débiles, que van y los acusan de lo que les hacen. ¿No eligieron a Trump los que votaron por él porque era un hombre fuerte? ¿Entonces qué hace Hillary Clinton, que ya no ocupa ningún cargo, teniéndolo tan fregado? ¡Qué dama de hierro! Pobre Donald. No solo es hijo de un archimillonario. No solo él es millonario. No solo es blanco como la nieve y nunca va a arrodillarse cuando cantan el himno nacional antes de un partido de la NFL. No solo es estadounidense de nacimiento y nadie lo va a encarcelar a él o a sus hijos en la frontera.
¡Además, es el presidente! ¿Cómo será ese proceso en el que los débiles deciden acusar a unos de corruptos y a otros de abusadores? ¿Cómo hizo el pasado nominado del presidente Trump, y actual juez de la Corte Suprema, Neil Gorsuch, para que no lo acusaran de violador? ¿Cómo hizo George W. Bush para que no dijeran que los rusos lo ayudaron en su campaña? ¿Cómo se las arregló John McCain para que en su vida no lo acusaran de evadir impuestos?
Todo un misterio.
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