El caso del periodista Jamal Khashoggi, un raro asesinato
Tal parece que el presidente turco Recep Tayeb Erdogan le mandó la semana pasada un regalo envenenado al presidente Donald Trump.
Erdogan liberó al pastor presbiteriano Andrew Brunson, pero al mismo tiempo le mandó la bomba del presunto asesinato del periodista Jamal Khashoggi en el consulado de Arabia Saudita en Estambul.
Erdogan y Estados Unidos no se llevan bien desde hace tiempo. En 2016, como secuela de las famosas primaveras árabes alimentadas desde la Casa Blanca y un par de capitales europeas, le llegó el turno al gobierno turco.
A Erdogan lo sorprendieron en una madrugada otomana con un golpe de Estado que al fin y al cabo fracasó. Sucede que el pastor Brunson le predicaba por aquellos momentos la fe cristiana a los turcos musulmanes y cayó preso, acusado de estar en el complot. No será ni habrá sido el único pastor predicando en Turquía ni el único agente de la CIA acusado de disfrazarse de pastor.
Y con el pastor llegó a Estados Unidos el caso de Khashoggi, un columnista saudita que vive —o vivía— por acá en territorio americano y que era muy crítico de la dinastía saudí en su columna mensual del Washington Post.
Pero, ¿por una columna mensual se sintieron tan amenazados como para descuartizar a ese señor? Ciertamente el gobierno saudí estaba remozando su horrible récord sobre derechos humanos. ¿Por qué obviarían el hecho de que debían de ser más pacientes a la hora de desmembrar personas?
La tercera pregunta es qué hacia Khashoggi entrando al consulado saudita en Estambul. Se reporta que acudió allí a buscar un certificado de divorcio. Pero residiendo en Estados Unidos, ¿qué potente razón le hizo ir hasta Estambul, sabiendo que estaría más seguro en territorio americano?
Turquía y Arabia Saudita han acordado hacer una investigación conjunta. Los dos países no se llevan bien desde hace décadas. Algunas de las razones son el crudo conflicto en 2017 por el asunto de Qatar y el problema con los kurdos en Siria-Turquía; tanta es la tensión, que al Príncipe Mohamed bin Salman se le ocurrió hace poco catalogar a Turquía como parte del “triángulo del mal” entre Irán y los extremistas islámicos.
Y ¿qué resultará de la investigación conjunta turco-saudí en el consulado de Teherán? ¿Se liarán a trompadas o negociarán allí mismo sus más importantes diferencias para encontrar una respuesta plausible y conveniente al asunto? Es difícil, aunque no imposible.
Y respecto al presidente Donald Trump hará, si algo, lo menos que pueda. Lo mínimo para “quedar bien”, aunque la verdad es que ante la prensa y la mitad de este país este presidente nunca queda bien. No hará, como tampoco no hizo nada George W. Bush cuando tras el derribo de las torres gemelas en el 2001 mandó de vuelta dos aviones llenos de ricos saudíes hacia Riad sin considerar que los complotados habían sido en su mayoría saudíes y que por procedimiento todos los ricos saudíes debían haber sido interrogados.
Arabia Saudita es un terrible pero crucial aliado de Estados Unidos en la zona, cercano a Israel, el más mimado país de Washington en la región. Arabia Saudita además es uno de los soportes mas importante del dólar como moneda mundial; algo que pesa tanto como la economía norteamericana y sus portaaviones para mantener la hegemonía estadounidense en el mundo.
Un conflicto con Arabia Saudita por parte de Washington beneficiaría a Irán, condenado al ostracismo por Trump. Y todo eso y más tal vez lo puso en la balanza el rey saudí Salman a la hora de aprobar el presunto descuartizamiento de un simple columnista.
Las palabras de Khashoggi en el Washington Post nunca lo derrocarían, pero la soberbia real de un régimen que usualmente expone a sus ejecutados, crucificados hasta que se pudren en la vía pública, se relamería de gusto a la hora de desmembrar un insolente ser humano. Y Washington no haría nada, porque nadie se iba a enterar.
Pero los turcos vigilaban. Y eso cambió el dominó.
Jorge Dávila Miguel es analista político y columnista de CNN en Español. Twitter: @jorgedavilaCNNE.