Caso Khashoggi: la mesa está servida para que los tiranos impongan su ley
“Si quieres vivir cuando vuelvas a Arabia, cállate la boca”, le dijo uno de los 15 asesinos a sueldo del gobierno saudí al propio cónsul en su despacho, cuando éste les pidió que por favor hicieran eso afuera. “Eso”, era el desmembramiento y asesinato (¿asesinato y desmembramiento?) del periodista árabe Jamal Khashoggi.
Mientras tanto, es decir, mientras la motosierra se ensañaba con los dedos, brazos y cabeza de la víctima, un médico forense instruía a los agentes asesinos, algunos con lazos directos con el príncipe heredero al trono Mohamed bin Salmán, para que oyeran música. Aquella era la forma como se relajaba cuando tenía que llevar a cabo esos “trabajos”.
Según las grabaciones que tiene en su poder el gobierno de Turquía, así terminaba la vida de un periodista que abogaba en sus columnas por la libertad de expresión en el mundo árabe. Minutos antes, pasado el mediodía del 2 de octubre, había entrado confiadamente al consulado de su patria en Estambul, para hacer un trámite referente a su próximo matrimonio.
¿Se acuerdan de los derechos humanos? Tienen precio.
He aquí, el mensaje velado, hipotético, del príncipe Mohamed bin Salmán a sus detractores: “Si escribes en mi contra, te corto los dedos. Después los brazos, la cabeza y demás. Y no importa a dónde vayas. Ni dónde estés. Ni quién te proteja. Ni siquiera los más poderosos. Ni siquiera, escúchenme bien, Estados Unidos. De aquellos ya no te preocupes. Su presidente me defenderá. Sus principios valen lo que un trato de armas por billones de dólares. Valen lo que mi petróleo. Ese que yace en el subsuelo de una patria. Pero que es mío”.
¿Si hubiera sido un periodista radial le habrían sacado primero la lengua? ¿Lo habrían degollado? Por supuesto, antes de que lo desmembraran por completo. ¿Está de vuelta la barbarie? Parece.
Y no que se hubieran extinguido de la faz de la Tierra esos carniceros brutos que el mundo civilizado lleva años combatiendo. Es que, ¿alguien me podría decir a qué gobernante se le hubiera ocurrido (¡cuál hubiera sido capaz!) hace dos o tres años, de meterse a territorio diplomático en un país extranjero y descuartizar, ya no siquiera a un enemigo militar, a un confeso asesino de sus ciudadanos, sino tan solo a un periodista que ejerció su derecho a la libre expresión? Uno que además ¡vivía en Washington D.C.! Uno que además ¡escribía para el Washington Post! Uno que además, había venido huyendo del príncipe loco que gobierna a su pueblo.
Ni Putin llegó a tanto. Bueno, no sé ahora. La mesa está servida para que cuanto sátrapa, tirano, matón, dictador, carnicero con credenciales de gobernante, y chequera, vaya por el mundo imponiendo su ley. Después el secretario de Estado, Mike Pompeo, irá a tomarse la foto agradeciéndole la colaboración.
Que época aciaga. Nos sumimos en el miedo. En un oscurantismo sin precedentes en la historia moderna. Desde los niños que son arrancados de sus padres en la frontera, la persecución a los que piden ayuda al Estado, el nombramiento de la prensa como enemigo del pueblo y demás pisoteos a la Constitución más apreciada del planeta, la democracia ha caído en desgracia.
Que gente inocente, cuyo único crimen ha sido hablar, sea acallada con sevicia matona por gobiernos, sin consecuencias para éstos, va a traer consecuencias para todos.
Nos quedamos sin protector. Sálvese quien pueda. Si igual muchas veces pudo ser cruel ese mundo en el que occidente era la última línea de defensa ante la barbarie: ¿Qué mundo les espera a nuestros hijos?
Twitter: @PedroCaviedes.