No hay precio para esas sonrisas o lágrimas de las novias
Continúo en España asombrado del éxito que recibe la tercera edición de Masterchef Celebrity.
Siguiendo el mismo aliento y desaliento de los Masterchef con aspirantes a cocineros, la edición “celebrity” viene acompañada de personajes en un momento más o menos difícil de su vida y que se arriesgan a convertirse en aspirante del concurso culinario. De una celebrity no se espera que sepa cocinar o tenga madera de chef. Lo que sorprende de la celebrity con delantal y en medio de fogones, es que no abandone su personaje y al mismo tiempo se arriesgue a que lo juzguen, ataquen, humillen o, sencillamente, que lo hagan descender de su pedestal.
Precisamente por dejar de ser quien alguna vez fui en la televisión en España, me lo pase tan bien durante el rodaje de este Masterchef. Es un programa grabado que tiene la magia de que la gente lo vea como si fuera en directo. Por eso la mayoría de los aspirantes hemos firmado un contrato de confidencialidad según el cual no podemos hablar nada de lo que sabemos del programa. Básicamente, no podemos decir quien es el ganador, por más que lo sepamos. O seamos. Otra cosa más que he aprendido del programa, con mucho esfuerzo: guardar un secreto.
Aunque dé la apariencia contraria, soy mucho más discreto de lo que la gente piensa. Y cuento con muchos amigos que me han contado cosas tremendas porque saben que jamás las ventilaré. Pero lo de guardar un secreto bajo juramento de confidencialidad, me ha chocado más que me ha costado. La gente ofrece las cosas más impensables tan solo por saber quién ganó esta edición. Debe ser por mi edad ya adulta, me ha sido muchísimo más fácil rechazarlos de lo que creía.
Por eso, un poco como precio, la productora de Masterchef me ha ofrecido un programa adorable. La versión española de Say yes to the dress y que se llamara Sí, quiero ese vestido. En la versión americana el programa cambia de ciudades porque Estados Unidos es inconmensurable. En España, estamos en Madrid (en uno de los casoplones del centro de la ciudad, con vitrales en los salones tan maravillosos y coloridos que una de esas salas la llamamos “la del Obispo”). Y cada día que conseguimos hacer feliz a una novia, cualquiera que sea su talla, su estilo o su presupuesto, me siento mejor samaritano que ayer.
El programa me ha cambiado, soy mucho más experto en trajes de novia que nunca. Se entender que es un corte princesa de una sirena y lo he aprendido mirando a los ojos de las novias, llorando o enfadadas porque encuentran al fin ese traje que la vida ha querido evitarle. No hay precio para esas sonrisas, para esas lágrimas.
Solo puedo pensar en que muchas veces la autoayuda en este tipo de programa es muchísimo más efectiva que años de terapia. Y sé que estas palabras pueden crear polémica pero hay que reconocerle a la televisión su capacidad terapéutica, basada en su inmediatez, en su gusto por lo cursi y la lágrima fácil pero que, sin embargo, consigue acercar la felicidad a quienes no han tenido la oportunidad de disfrutarla.
Por eso, camino a una feria nupcial en un palacio de congresos en Madrid, no me asombro de las cantidades de mujeres haciendo fila para poder tocar un vestido de novia.
No me asombro de esos vestidos que antes habría considerado tacky o vulgares. No lo son. Son historias cosidas a esos trajes que te hacen princesa o sirena.
Escritor y presentador venezolano. Twitter: @Borisizaguirre.