Licencia para matar impunemente en el mundo
El escalofriante asesinato de Jamal Khashoggi ha expuesto la podredumbre de la Casa de Saúd y la debilidad de la Casa Blanca. Con el trasfondo de una compleja madeja de intereses geopolíticos y económicos —tejida por la amoralidad—, en la que compiten varios actores internacionales.
Pero, sobre todo, la macabra ejecución del periodista saudí simboliza un momento de cambio en la historia, en el que la tendencia a matar impunemente se está expandiendo a nivel global. Propiciada en gran medida por el vacío de liderazgo desde que Donald Trump se propuso desmantelar el Orden Mundial —creado tras la Segunda Guerra Mundial— y abdicar el histórico papel de Estados Unidos como faro de moralidad y derechos humanos. El resultado es la jungla actual. Y lo que estamos viendo es solo el comienzo.
La política exterior americana siempre se había guiado por un balance entre los intereses estratégicos y la promoción de los valores. Trump ha sustituido esa doctrina por la “diplomacia del dólar”, una tóxica mezcla de aislacionismo, amoralidad y comercialismo, que los regímenes autoritarios del mundo han interpretado como “licencia para matar”.
Ahora incluso se atreven a cometer los asesinatos a nivel transnacional, sabiendo que no hay consecuencias (salvo quizá alguna sanción de cara a la fachada, sin mayor trascendencia). Ejemplos abundan. Kim Jong-un mató a su hermano en Malasia; Vladimir Putin ajusticia a la mayoría de sus opositores en Londres y también en Grecia, Sudán e India; y Arabia Saudita ha asesinado brutalmente a Khashoggi en Turquía.
La monarquía medieval saudita es uno de los peores regímenes represores del planeta, pero como el propio Khashoggi advirtió “nunca” había sido tan brutal como bajo el mando de Mohamed Bin Salmán (MBS), el príncipe heredero y de facto gobernante, dado el delicado estado de salud de su padre, el rey Salmán.
MBS, como se le conoce por las siglas de su nombre, emprendió desde su ascenso, en junio de 2017, una depuración salvaje que incluyó a casi todos los miembros de su propia familia. Más de 400 arrestados, muchos de ellos torturados. Silenció a cientos más de disidentes y críticos, hasta el extremo de romper relaciones con Canadá solo por un tuit de su canciller criticándole por el arresto de un activista de derechos humanos. También ordenó el secuestro del primer ministro libanés y arremetió contra el estado de Qatar, entre otros desmanes despóticos, encabezados por la continua masacre bélica en Yemen (con armas de EEUU).
Khashoggi estuvo en su mirilla desde el principio. El periodista era quien alertaba al mundo desde las páginas del Washington Post de la crueldad de MBS y la deriva a la que está conduciendo al reino saudita. La ferocidad de su asesinato lleva el sello MBS, según apuntan todos los indicios, que de manera elíptica ha confirmado el presidente turco Recep Tayyip Erdogan.
La selección de Estambul como escenario para el crimen puede —y debe— acabar con MBS. Sin duda el salvajismo hubiera sido de la misma magnitud de haberle ejecutado en Riad, pero es muy posible que la repercusión internacional hubiera sido mucho menor. ¿La razón? Las intrigas por el poder regional, que reverberan en los centros de poder mundial.
Turquía y Arabia Saudita son rivales en el gran ajedrez por el dominio de Oriente Medio, ambos en pugna a la vez con Irán. Los dos primeros son aliados de Washington y el segundo el gran enemigo al que Trump aspira eliminar. A su vez Turquía se ha acercado a Irán y a Qatar, para contrarrestar las alianzas árabes. En esa peliaguda partida ajedrecística juegan también Rusia y Siria y, por supuesto, Israel. Cada uno con sus distintos clientelismos entre los países más pequeños de la zona.
Hasta aquí todo podría parecer business as usual en el rejuego de la geopolítica estratégica. Sin embargo nada tiene de usual que Trump haya elegido como único asesor e interlocutor para Oriente Medio al príncipe heredero MBS. Desde el principio se conocía su desmedida ambición y truculencia, a pesar de lo cual Trump y familia entablaron una cercana relación personal. Hasta el punto de que Jared Kushner habla por WhatsApp con MBS, desoyendo al Servicio Secreto.
La amistad se lubrica también con dólares saudíes. Que llueven en los hoteles de Trump y a través del Saudi Public Investment Fund, que ha invertido cientos de billones (con b) en empresas americanas y en lobby ($27 millones) desde que gobierna MBS.
Aunque los $100 billones en compra de armamento —que vergonzosamente Trump no cree que merezca la pena cancelar como castigo por el asesinato de Khashoggi— son en realidad un “memorando de intenciones” que, de firmarse, se materializaría en la próxima década y en absoluto crearía los 600,000 puestos de trabajo que cacarea Trump (la industria emplea a 325,000 en todo el país).
Es otra falsedad de Trump intentando justificar el impacto que tendría una ruptura o enfriamiento de relaciones con Riad, bajo la única medida que él utiliza: la “diplomacia del dólar”. La realidad es otra. Arabia Saudita no tomaría represalias porque su economía depende mucho más de EEUU que al revés, empezando porque la producción americana de petróleo supera a la saudí, e igualmente depende a nivel de seguridad.
El mayor impacto de una ruptura sería para Trump quedarse sin un aliado para frenar a Irán, lo cual desmontaría toda su estrategia para Oriente Medio. Justo además cuando para tal fin están formando una coalición de países árabes liderados por Riad, con el compromiso de que reduzcan además la hostilidad hacia Israel.
En ese atolladero, más bien lodazal, está Trump en estos momentos. Zigzageando en las respuestas al bárbaro asesinato de Khashoggi. No necesariamente tiene que optar por una medida drástica, pero sí moral, para que EEUU vuelva a ser un defensor de los derechos humanos.
De entrada y como mínimo debería presionar al rey Salmán para que cambie a su tóxico heredero. El anuncio de cancelación de visados parece una broma. ¿Quiere decir que el castigo al asesinato y desmembramiento de un periodista es retirar visas a sospechosos pero no a quién dió la orden?
Es un momento crítico para EEUU. El presidente debería hacer caso a su amigo Lindsey Graham, el senador republicano, que le advierte: “Nuestros valores son más importantes que el dinero. Nuestra voz en defensa de la moral es lo más importante para el mundo”.
Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de octubre de 2018, 5:37 p. m..