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Opinión

SERGIO MUÑOZ BATA: ¿Vacuna contra el independentismo?


Partidarias de mantener a Escocia en el Reino Unido celebran en la ciudad escocesa de Edimburgo al conocerse los resultados del referendo, que no favorecieron la separación, el pasado 19 de septiembre.
Partidarias de mantener a Escocia en el Reino Unido celebran en la ciudad escocesa de Edimburgo al conocerse los resultados del referendo, que no favorecieron la separación, el pasado 19 de septiembre. AFP/Getty Images

Después de celebrado el referendo independentista en Escocia parece que todo el mundo, yo incluido, sentimos la necesidad de dar nuestras propias interpretaciones de su significado y especular sobre el futuro de movimientos similares.

En casi todos los más importantes diarios de España el resultado del referendo en Escocia ha sido interpretado como un acto de vacunación que debería evitar la proliferación de referendos en Cataluña o el País Vasco, Flandes o Italia. Lo objetable, desde mi punto de vista, son algunas de las conclusiones a las que se han llegado.

Para muchos comentaristas, el resultado del referendo fue un contundente No contra el independentismo; otros cuestionan el método de consulta como una manera simplista de entender la democracia; otros nos previenen contra los nacionalismos; otros adjudican la fiebre independentista al mal manejo de los políticos en cada uno de los países donde se demanda; la mayoría respira aliviada porque preveía una catástrofe política y/o económica si triunfaba el sí.

En el diario El País, por ejemplo, el editorial de la casa afirma que la diferencia de 10 puntos entre unionistas e independentistas “desarbola la presunta fragmentación de la sociedad escocesa en dos mitades simétricas”. ¿Es cierto esto? ¿Fue un triunfo contundente? Diez puntos de diferencia es muy buen margen de ganancia pero si consideramos que el 45% de los escoceses votaron a favor de la independencia, ¿no estamos hablando de una fragmentación de la sociedad escocesa en dos partes casi iguales? ¿Se resuelvan así las diferencias? Sí en el terreno formal, no en el sentimiento nacional.

Otro aspecto del debate que me ha llamado mucho la atención es la crítica al método de la consulta. No ha faltado la aportación de distinguidos académicos que critican el referendo como una forma simplista de ver la democracia. Entre ellos destaco un comentario del jurista español Francesc de Carreras en el que escribe, “el referendo es un mal método de ejercer la democracia. La democracia no es sólo votar, sino que es un proceso más complejo, en el cual las diversas opciones deben deliberar, según unas reglas preestablecidas, para alcanzar la mejor solución posible al problema que se plantea y, al final, adoptar decisiones por mayoría”.

¡Qué maravilla! pensé después de leerlo pero en seguida me pregunté, ¿Estará dando cátedra de cómo debería de ser la democracia? ¿En qué país vive este hombre? ¿En España, donde ni siquiera hay un debate serio para discutir las propuestas de un grupo considerable de personas que se siente diferente al resto?

En la cafetería de mi hotel en San Sebastián un hombre al que le pregunté su opinión sobre el referendo en Escocia me contestó que estaba en contra del nacionalismo y la religión, dos creencias que a su juicio eran dos de los mayores males de la humanidad. Al oír su respuesta recordé mi reciente visita al extraordinario Centro de Documentación de Nuremberg, donde los alemanes han construido un museo en el que encaran de forma sistemática y sin disfraces los horrores a los que condujo el nacionalismo exacerbado de los nazis. Ahí se muestra lo peligroso que es el nacionalismo cuando tiene ánimos de conquista, una ideología de odio y muchas divisiones Panzer. Pero la comparación no cabe porque ni en Escocia ni en Cataluña hay ejércitos de conquista ni menos de odio. Este tipo de nacionalismos no crean campos de concentración.

Pensar el independentismo como error político del momento es una barbaridad. Negarse a oír la voluntad popular sí es un error político grave pero las diferencias entre escoceses e ingleses o entre catalanes y españoles son históricas y tan reales como las similitudes. Todo depende de dónde se ponga el acento. De cualquier modo el sentir de la gente no es un error político del momento.

Por último, intentar exagerar el daño de la separación resaltando solo sus posibles y dramáticas consecuencias me parece desmedido. Casi nostálgicamente imperialista. ¿Cómo sobreviven países pequeños como Holanda, Dinamarca o diminutos como Mónaco, San Marino o Liechtenstein? Cataluña, al igual que Escocia, son regiones, ¿países? reconocidos por lo industrioso de sus habitantes y que serían perfectamente capaces de sobrevivir separados de España y Gran Bretaña si es que la mayoría así lo quiere y la minoría lo acepta democráticamente. Y que conste que no tomo partido, solo observo la realidad.

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de septiembre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "SERGIO MUÑOZ BATA: ¿Vacuna contra el independentismo?."

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