Opinión

En cada tiroteo mortal, el atacante es alguien frustrado

Un grupo de personas reza por las víctimas de una balacera en una vigilia en Thousand Oaks, California, el 8 de noviembre de 2018.
Un grupo de personas reza por las víctimas de una balacera en una vigilia en Thousand Oaks, California, el 8 de noviembre de 2018. AP Foto

Rubén está en Miami y quiere hacer su peregrinación a Sawgrass Mills. Los españoles le dan especial importancia a este centro comercial porque consideran sus gangas irresistibles. Para mí es un outlet maravilloso pero siempre que voy pasa algo increíble en el país o en sus cercanías.

La primera de esas cosas fueron la explosión de unos artefactos escondidos en unas maletas en el aeropuerto de Fort Laudardale hace dos años. La segunda fue la noticia sobre otro tiroteo mortal en California esta semana.

Me asombra como en América convivimos entre la violencia y el consumismo. Pienso que están relacionados: mientras más aumenta nuestra escala de consumo más se acentúa nuestra necesidad de violencia. Como si se necesitaran una a la otra. Porque consumir, desde comida a trapos, encierra también algo violento, una especie de desahogo y adicción y también una suerte de venganza contra todo aquello que sientes que te ha sido adverso y que de repente un reloj, un bolso, una cartera, asumes como que dan poderes y que puedes exhibirlo casi como un arma con la que decir a los que intentaron pararte o no permitirte cumplir tu sueño.

Eso es lo que aprendemos de cada tiroteo mortal en Estados Unidos. El atacante es alguien frustrado, colapsado ante un sistema brutal que marginaliza al desadaptado y, al final, este fuera de sí aniquila. Lo hemos visto demasiadas veces pero este último caso en California, cualquiera que sea la procedencia o el empleo del asesino, quizás por haber sucedido al día siguiente de unas elecciones muy reñidas, nos hace pensar que esa América tan dividida, tan separada ideológicamente se haya convertido más que en una máquina para matar en una sociedad que necesita consumir muerte para vivificar odio.

Según el lado en que uno se ubique en la contienda electoral, los resultados son favorecedores para todo el mundo. Trump se siente más Trump que nunca y los demócratas han cicatrizado muchísimo las heridas del 2016. Sin embargo, mi hermana siente que sigue siendo igual de frustrante y que entre sus allegados se mantiene la sensación de que Trump hará un segundo mandato.

Por eso, acepté la invitación de Rubén para que lo acompañe a Sawgrass y aunque mi hermana nos suplicó que no gastáramos mucho y que pensáramos que mucha gente lo está pasando mal con muchas políticas del presidente. Le prometí que así sería hasta que una amiga nos recordó que una de las cosas que los votantes de Trump valoraban de su reducción de impuestos es que así dispondrían de más dinero para gastar y sobretodo en sitios como Sawgrass. De todos modos, con cualquiera de las decisiones nos íbamos a sentir culpables o culposos.

En estos años viviendo en Miami he descubierto que América, más que la tierra de las oportunidades, es el reino de las opciones. Y es tan así que muchas opciones vienen con opciones dentro sí que al final terminas de brazos cruzados sin saber qué hacer. Si pegarte un tiro o hacerlo a los demás. Y mientras escribía este texto, con tanto pensamiento trascendente, escuchaba a Adriana y Rubén debatir sobre qué camino recorrer para regresar del paraíso consumista que es Sawgrass. Fue una batalla campal, como suele suceder con los debates sobre qué ruta tomar, hasta que se me ocurrió decirles que algún día el Turnpike cambiaría de nombre y se llamaría Trump. Me miraron horrible pero empezaron a discutir sobre quién sería considerado un presidente con más valor histórico. Con lo cual el viaje a Sawgrass, que se suponía sería para aliviar tensiones, casi se convierte en un manicomio.

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