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Opinión

Ya asoma la luz al final del tunel trumpista

El presidente Donald Trump visita un área destrozada por los incendios en Dume Drive en Malibu, California, el 27 de noviembre.
El presidente Donald Trump visita un área destrozada por los incendios en Dume Drive en Malibu, California, el 27 de noviembre. TNS

Qué mejor razón en Thanksgiving que darle gracias a Dios por haber comenzado a bajarle los humos a Donald Trump.

Cuando a los líderes abusivos les llega la hora de la justicia siempre ocurre “de manera gradual primero... y luego, un buen día, de repente”, como diría un personaje de Ernest Hemingway en su novela Fiesta (The Sun also Raises). Por ahora Trump se encuentra en la fase gradual.

La suerte empezó a volteársele —a derribar su andamiaje de mentiras y odios— en las elecciones del 6 de noviembre. Desde entonces no ha cesado de perder batallas. Con CNN: se ha rendido. Los correos de Ivanka: un escándalo. El viaje a París: desastroso. La ofensa a héroes muertos y el insulto a vivos: ha enfurecido a los militares. Un juez forzándole a procesar peticiones de asilo de la “caravana”: humillante para su ego. Su desdeño de la tragedia de los fuegos en California, equivocando además el nombre de la ciudad de Paraíso por Placer: revelador de su decrepitud mental.

Ninguno de esos fracasos sin embargo se compara con los de sus dos últimos atentados contra los principios fundamentales de la Constitución y la decencia.

Primero, al rechazar a la CIA en apoyo al príncipe saudita que ordenó asesinar al periodista Jamal Khashoggi, Trump ha ultrajado las normas éticas, ha puesto en venta la política exterior y ha enviado un mensaje al mundo de que Estados Unidos condona los asesinatos cuando está en juego el dinero. A partir de ahora cualquiera de los tiranos del planeta sabe que puede asesinar a periodistas u otros ciudadanos sin temor a que EEUU les responsabilice por violar los derechos humanos. (Aunque algunos como Putin o Assad ya lo sabían).

Por cierto, Trump lo hace con total descaro (que no “decoro”) —porque eso significan sus declaraciones y acciones, una “oda al descaro”—, sin jamás mencionar los derechos humanos, ni en el cruel asesinato Khashoggui ni en ningún otro caso. Solo habla de dinero, todo lo condiciona a las supuestas ganancias, que por lo general se inventa, como cuando afirmó el martes que “una ruptura con Arabia Saudita elevaría los precios del petróleo”. Falso. EEUU es el mayor productor de petróleo desde hace años y, por tanto, el que mayor influencia ejerce en los mercados. Falsas son también las cifras de inversión árabe y las promesas de compra de armamento.

Lo que no es falso son los millones de dólares que le llueven a las propiedades de Trump de los jeques sauditas (de las que él mismo se ha ufanado en sus rallies). Como tampoco lo es la afinidad psicológica y política de Trump con el sanguinario príncipe Mohammed bin Salman (MBS). Una simbiosis en la que Trump le lava los crímenes haciéndole las relaciones públicas internacionales, y a cambio MBS se encarga de dirigir la política americana en Oriente Medio, con el fin último de aplastar a Irán (como si la monarquía absolutista medieval saudita fuera mejor que la teocracia medieval de los ayatolas persas).

Inaudito e intolerable que el presidente de EEUU haya subcontratado la política a un sátrapa criminal con turbante y pañuelo. Y, peor aún, que con el respaldo a MBS Trump haya adoptado de hecho los “valores” sauditas, es decir la represión, aniquilación brutal de la disidencia. Probablemente con Schadenfreude (alegrarse del mal ajeno) cuando de periodistas se trata. Hasta el extremo de describir a Khashoggi con el mismo lenguaje que usa para los periodistas americanos, “enemigo del pueblo”.

Pero no me quiero desviar. La segunda batalla, que Trump en su estulticia y cortoplacismo también cree haber ganado, a pesar de ser una soga en su cuello, es su burdo intento de usar la maquinaria federal para perseguir a dos de sus enemigos políticos favoritos, Hillary Clinton y James Comey, al mejor estilo nixoniano de obstrucción de justicia, según revelaba el pasado martes The New York Times. Un paso despótico más para poner a prueba los límites de la democracia.

Porque eso pretende Trump con sus atropellos y arbitrariedades despóticas, ir probando hasta dónde puede torcer o eliminar las leyes e instituciones de la democracia. De ahí su incesante empeño en derribar el pilar central que sostiene los derechos constitucionales: la prensa libre.

Nadie lo ha expresado mejor que el almirante que dirigió la operación para eliminar a Osama Bin Laden, William McRaven, un héroe de extraordinaria reputación a quien Trump detesta e insulta porque destapa sus patrañas: “Los ataques de Trump contra la prensa representan la mayor amenaza a la democracia”.

Ese era el objetivo de su fabricada pelea con Jim Acosta, poderla usar como excusa para recortar la libertad de información. Finalmente tuvo que claudicar, pero es una tregua ficticia. Es seguro que volverá a la carga y con más inquina, suponiendo que antes no intervenga el fiscal Robert Mueller o la Divinidad. Y “de repente”, como alertaba el personaje de Hemingway, le llegue la hora de rendir cuentas.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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