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Opinión

¿Por qué no podemos dejar de hablar de Trump?

Críticos de la Cumbre del G20 transportan un globo del presidente Donald Trump en forma de bebé, el jueves en Buenos Aires.
Críticos de la Cumbre del G20 transportan un globo del presidente Donald Trump en forma de bebé, el jueves en Buenos Aires. AP

Aclaro que me parece obvio lo que voy a decir, pero la verdad es que viendo como toda la atención de la cumbre del G-20 se dirigía el jueves hacia el presidente Donald Trump, me comencé a preguntar cómo este hombre (y nombre) de repente se coló en las mentes de la inmensa mayoría de los que habitamos lo que llamamos Occidente.

Que si Trump se reúne o no se reúne con Putin. Que si Trump viene con Melania o con Ivanka. Si se reúne, o no, con Erdogan. Y qué dijo de su ex abogado Cohen a la salida de la Casa Blanca. Que qué va a pasar en la reunión de Trump con Xi Jinping. Y con Merkel. Y con Macron. Y con May. El mundo de Trump. Trump y el mundo.

Todo esto en una cumbre hecha en pro de las relaciones entre naciones, del comercio, de la economía del gano-ganas, que a nuestro presidente no le interesa un rábano. Porque nuestro presidente es nacionalista ultra y proteccionista, a rabiar. Entonces, ¿por qué todas las miradas están puestas en él?

¿Qué es lo que tiene Donald Trump que fija tanto la atención de las personas? ¿Su hablar que no se atiene a las normas? ¿Sus formas poco diplomáticas, ofensivas en muchos casos, de referirse a los demás mandatarios, a los otros países, a los inmigrantes, a las mujeres? ¿O será el riesgo que implica tener de presidente de Estados Unidos a un hombre tan desmesurado?

O será que Trump no llama la atención por Trump, ¿sino por el contraste que representa frente a todos los otros presidentes que han regido este país? Presidentes que tenían la idea de que los valores que Estados Unidos representa, así sea de boca para afuera, se tratan de conservar.

Así que si un príncipe loco, por muy de Arabia Saudita que fuera, se le ocurría meter a un escuadrón de la muerte a una sede diplomática en otro país, para matar y cercenar en trozos a un hombre que el único crimen que cometió fue oponerse al régimen que representa el príncipe, pues el presidente de Estados Unidos exigía al rey que destronara al hijo. Y si no, los sancionaba.

¿Y saben qué? Qué sorpresa ha sido que ahora resulta que es esta nación tan extremadamente poderosa, la que tiene que tener miedo de que los árabes corten relaciones con ella. Yo pensaba que eran los árabes los que comenzaban a temblar, si un presidente de aquí les decía que los iba a sancionar, por meterse a hacer salvajadas del medioevo en pleno siglo XXI.

A mí, la verdad, y con el perdón de sus seguidores, lo que más me llama la atención de Trump no es Trump, sino eso, la forma como se invierte lo que hace. Hay quienes le suponen una tremenda fortaleza hasta cuando se pasa de débil, como en el caso del príncipe que no fue capaz de poner en su sitio.

O como cuando cancela un encuentro con Putin, aduciendo lo que ese otro bárbaro hizo en Ucrania. ¿Por qué más bien no mantuvo el encuentro y le dijo al ruso en la cara que si seguía metiéndose con un país de la OTAN, sufriría las consecuencias? ¿Por qué no le habla a Putin y se dirige a él con el mismo desprecio y bravura con que se ensaña con unas pobres familias que lo que vienen es en busca de un trabajo digno y un trocito de futuro?

En fin, al menos ese es mi caso. No sé el de ustedes.

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