Opinión

George H.W. Bush, adiós a un estadista honorable, decente y gentil

El ex presidente George W. Bush toca el féretro de su padre después de hablar en el Funeral de Estado en honor al presidente número 41, el miércoles en la Catedral Nacional de Washington.
El ex presidente George W. Bush toca el féretro de su padre después de hablar en el Funeral de Estado en honor al presidente número 41, el miércoles en la Catedral Nacional de Washington. AFP/Getty Images

En estos tiempos envilecidos por el divisionismo trumpista es reconfortante ver que ha resucitado el sentido de unidad, al menos temporalmente, para honrar a un presidente de Estados Unidos honorable, decente, amable, humilde y prudente. A un gran estadista que antepuso los intereses nacionales a los suyos, y supo guiar al país en momentos turbulentos de la historia —en particular los últimos días de la Guerra Fría— y dejar una nación y un mundo más libres y más nobles.

Con George Herbert Walker Bush se entierra no solo al “último gentleman de la política americana” —como le ha llamado su biógrafo John Meacham—, se sepulta también una época de civilidad, de la auténtica Great America, hoy tan añorada, en que la política no era un deporte de sangre sino una herramienta de gobierno para buscar soluciones; en la que cruzar fronteras partidistas en aras al bien común no se consideraba una traición ideológica.

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El ex presidente George H.W. Bush, en febrero del 2007. Matt Sayles AP

Bush demostró hasta el final ese espíritu conciliador y elegante, invitando a su funeral a la antítesis de sus valores, Donald Trump, a pesar de que el actual ocupante de la Casa Blanca ha insultado repetida y groseramente a todo el clan Bush. Las imágenes de Trump sentado junto a otros cuatro presidentes en la ceremonia en la Catedral Nacional de Washington fueron una metáfora perfecta de los dos Estados Unidos, las dos épocas y los dos partidos republicanos.

No supo disimular Trump la incomodidad de saberse paria en el exclusivo club de los presidentes de EEUU. Aislado porque él se ha autoexcluido. Y aunque ahora ostente el título de Comandante en Jefe nunca podrá estar a la altura de la categoría ni la dignidad del cargo; porque cada ser humano es lo que cultiva, y Trump cultiva la bajeza. Pero dicho esto, ni una sola palabra más merece. Justo eso es lo que él hubiera querido, ser el protagonista de la despedida de Bush 41. (Cabe esperar que la memoria de un noble líder le haga reflexionar sobre su propia mortalidad y sobre el odio que destruye a quien lo lleva dentro).

El miércoles en las alabanzas del funeral, su hijo George W. y sus amigos rememoraron la semblanza de un hombre humilde y de optimismo genuino, que equilibró su alto sentido de competitividad con el aún más elevado de lealtad, a sus principios, su familia, sus amigos y su patria.

Todo puesto en la balanza, las cualidades y los logros superaron con creces a las imperfecciones de Bush 41. Y eso es lo que cuenta al final. La historia ya ha empezado a ser benévola con él. A reconocer que su contribución dejó un mundo mejor. Y probablemente fue el rasgo dominante de su carácter, la moderación, la herramienta que hizo todo posible.

La moderación estaba en su ADN político y vital, en parte debido a la educación aristocrática y en parte por elegir una vida de servicio, que le sacó de la burbuja privilegiada y le acercó a la gente común. Como atestiguan entre otros muchos los sirvientes de la Casa Blanca y el Servicio Secreto, con quienes departía campechanamente, y cuando llegaba la Navidad acomodaba sus planes para que ellos pudieran celebrar con sus familias. Como demostró también pasando la ley que hoy le agradecen literalmente millones de discapacitados en sillas de ruedas.

O como testimonian las más de 6,000 cartas o notas de agradecimiento de su puño y letra a gentes de toda índole. Incluidos periodistas críticos con él y adversarios políticos, como la famosa misiva que le dejó a su sucesor diciéndole que contará con todo su apoyo justo después de que Bill Clinton le acababa de machacar en las urnas. ¡Qué magnanimidad!

Eso es lo que distingue a los hombres grandes de los pequeños: ser humildes y agradecidos (en vez de resentidos). Bush 41 lo fue, a la vida, que disfrutó hasta el último suspiro, y a tantos miles de personas que se cruzó a lo largo de su trayectoria, primero como piloto de la Marina en la Segunda Guerra Mundial, y después transitando como diplomático, congresista, director de la CIA y finalmente en la Casa Blanca.

A lo largo del camino supo que era mejor ganar amigos que enemigos. Que era mejor tender puentes de entendimiento que dinamitarlos.

Gracias a los que tendió con Gorbachev, sin humillarlo, apelando al triunfalismo tras el derrumbe de la Unión Soviética, Bush 41 evitó un Armagedón nuclear. Y posibilitó después la unión de las dos Alemanias tras la caída del muro de Berlín. Dos hazañas que junto a la exitosa Primera Guerra del Golfo le han granjeado la distinción de “último gran presidente en política exterior”.

En palabras de Aaron David Miller, asesor de cinco presidentes, “la última vez que América fue admirada, respetada y temida —que son las tres llaves del poder— fue con George Herbert Walker Bush”. Es el mismo eco que se escucha alrededor del mundo, particularmente desde la llegada de Trump.

“Timberwolf”, como apodaba a Bush 41 el Servicio Secreto, nunca se jactó de las victorias, siguiendo el consejo de su madre de que “jamás hablara de sí mismo”. En sus últimos años confesó que su mayor victoria era estar en paz con Dios y con los hombres.

Y en la mañana de su muerte cuando le visitó su mejor amigo, “Bake”, Jim Baker, le preguntó, “¿a dónde vamos hoy Bake?”. Él que también fuera su Secretario de Estado le respondió, “Vamos al Cielo”.

Bush 41 le dijo entonces, “allí es donde quiero ir yo”.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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