Opinión

Los vallenatos en la vida de García Márquez

GRA189. MADRID. 17/04/2014.- Fotografía de archivo del 26/03/07 del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, firmando ejemplares de la edición especial de su obra “Cien años de soledad”, en Cartagena donde inauguró el IV Congreso Internacional de la Lengua. García Márquez ha muerto hoy en México, según informaron fuentes de la familia a medios locales. EFE/ARCHIVO/Ballesteros
GRA189. MADRID. 17/04/2014.- Fotografía de archivo del 26/03/07 del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, firmando ejemplares de la edición especial de su obra “Cien años de soledad”, en Cartagena donde inauguró el IV Congreso Internacional de la Lengua. García Márquez ha muerto hoy en México, según informaron fuentes de la familia a medios locales. EFE/ARCHIVO/Ballesteros EFE

Los vallenatos siempre estuvieron presentes en la vida de García Márquez: desde su nacimiento hasta su muerte. También en su obra.

Él mismo lo reconoció en una entrevista cuando dijo que Cien años de soledad no era más que un vallenato de 350 páginas. Su comentario sorprendió a muchos; pero no a los que sabían que esa fue la música que el laureado escritor escuchó de niño en su natal Aracataca. Tampoco sorprendió a los que siempre supieron ver en las letras de los vallenatos una gran riqueza narrativa y un tono literario de altos vuelos, como las de Matilde Luna, El cantor de Fonseca y La gota Fría, de Leandro Díaz, Carlos Huertas y Emiliano Zulueta, respectivamente.

De carácter eminentemente folklórico, se dice que el vallenato nació hace más de 200 años en las entrañas de las vaquerías donde los peones de las grandes haciendas acompañaban con sus cantos el encierro diario del ganado y que después fueron las bases de lo que serían sus historias cantadas. Como la de Francisco El Hombre y su duelo con el Diablo, fijada para siempre en el imaginario popular y que García Márquez no dudó en utilizar cuando armaba pacientemente el complejo entramado de su novela: “Meses después volvió Francisco El Hombre, un anciano trotamundo de casi 200 años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo y en las que relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la ciénaga”.

Los instrumentos básicos de aquellos primeros vallenatos eran tres: una flauta de caña de millo, un tambor pequeño llamado caja y la guacharaca, fabricada utilizando un pedazo de caña brava. Hacia finales del siglo XIX el acordeón llega a Colombia (introducido de contrabando por emigrantes alemanes procedentes de Curazao) y enseguida los músicos de Riohacha lo hacen suyo. Así, después de algunas modificaciones que le dan su sonido actual, el acordeón diatónico se convierte en el instrumento principal de los vallenatos, similar al que Aureliano Segundo, uno de los personajes de Cien años de soledad, se empeña en aprender a tocar a pesar de las protestas de Úrsula, su madre, que decía que ese era un instrumento de vagabundos.

La relación de García Márquez con el vallenato comenzó en Aracataca, se profundizó en Barranquilla con la entrañable amistad que forjó con Rafael Escalona, autor de La casa en el aire, y culminó en 1982 cuando acudió a Estocolmo a recibir el Premio Nobel acompañado por el propio Escalona y una comitiva musical que incluía a los Hermanos Zuleta y el grupo folklórico de Carlos Franco, quienes en el mismo momento que callaron las trompetas que anunciaban la llegada de los reyes, comenzaron a tocar, cantar y bailar como si estuvieran, no en la gélida capital sueca, sino en el mismísimo corazón de La Guajira.

La música vallenata, que acompañó a García Márquez toda su existencia, también estuvo presente en su muerte.

Durante sus funerales, que se llevaron a cabo en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana, un trío de músicos colombianos se detuvo frente a la urna con sus cenizas e interpretó un vallenato. Su riqueza rítmica y la lírica exuberancia de su letra se extendieron por el inmenso salón mientras algunas mariposas amarillas de papel, como las de Mauricio Babilonia, flotaban en el aire.

Cuando la música cesó, todos comprendieron que el largo vallenato de su vida también había llegado a su fin.

Manuel C. Díaz es un escritor cubano.

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