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Opinión

Las rivalidades artísticas

Una de las rivalidades artísticas más conocidas existió entre los escritores Mario Vargas Llosa (foto) y Gabriel García Márquez.
Una de las rivalidades artísticas más conocidas existió entre los escritores Mario Vargas Llosa (foto) y Gabriel García Márquez. AP

La rivalidad es una enemistad que surge cuando se pugna por obtener un mismo fin. Existen desde los albores de la humanidad. No es un pecado capital, pero en ocasiones los desencadena. Algunas han sido tan amargas que además de su cuota de avaricia y envidia, han tenido también su añadido de egoísmo y vanidad.

Sobre todo las rivalidades artísticas, que son las más documentadas. Las ha habido en todas las disciplinas, desde las artes visuales hasta las literarias. Sus escenarios han sido tan disímiles como los palacios venecianos del siglo XVI, los salones del París de los años 1800, o las tertulias que se celebraban en los cafés madrileños a principios del siglo XX. Y la lista de sus protagonistas está repleta de nombre prestigiosos, como los rivales Tintoretto y El Veronés, Picasso y Modigliani, y Valle-Inclán y Benavente.

Hay otras rivalidades, no menos famosas, que han llegado a nosotros a través de las biografías y los libros de historia. Entre ellas, las de Gian Lorenzo Bernini, padre de la arquitectura barroca italiana, y Francesco Borromini, otro importante arquitecto de su época.

La rivalidad entre ambos artistas quizás comenzó cuando Borromini era sólo uno de los ayudantes de Bernini, quien con el apoyo papal terminó siendo comisionado para las obras de la Basílica de San Pedro. Así, mientras Bernini levantaba sus fuentes por las plazas de Roma, Borromini quedaba relegado a un segundo plano y acumulaba agravios imaginarios; hasta que terminó suicidándose. O las de Góngora y Quevedo, una rivalidad que se libraba entre el barroquismo lírico del primero y los ingeniosos sonetos del segundo.

No todas estas rivalidades artísticas alcanzaron proporciones de tragedia. Algunas de ellas fueron simples rumores de salón; otras, sin embargo, sí estuvieron repletas de turbios episodios. Como la de Mozart y Salieri, que terminó pasando a la posteridad gracias a un poema de Pushkin que dramatizaba la anécdota del envenenamiento de Mozart por parte de Salieri, y gracias también a la película Amadeus, ganadora de ocho premios Óscar, que comienza cuando el ya anciano Salieri intenta suicidarse mientras grita que él fue quien asesinó a Mozart.

Otras rivalidades han comenzado con una amistad, como las de García Márquez y Vargas Llosa, dos de los escritores más representativos del llamado “boom latinoamericano”, quienes desde que se conocieron en 1967 en Venezuela durante la entrega a este último del Premio Rómulo Gallegos, se convirtieron en íntimos amigos. Ese mismo año el escritor colombiano publicó Cien años de soledad, su gran obra, que le serviría al peruano para escribir su magistral ensayo, García Márquez: Historia de un deicidio, con el cual obtuvo el título de Doctor en la Universidad Complutense de Madrid.

La amistad entre ambos siguió profundizándose cuando García Márquez bautizó a Gonzalo, el segundo hijo de Vargas Llosa. Pero con el tiempo, sus diferencias políticas comenzaron a alejarlos. Mientras el autor de La ciudad y los perros, de firmes posturas liberales, se fue convirtiendo en un férreo critico de la revolución cubana, Gabo se acercaba más a ella y la defendía a pesar de todos sus crímenes. Sin embargo, la ruptura definitiva no se produjo por motivos ideológicos, sino por problemas de índole personal que se zanjaron, sin venenos ni mutilaciones, con el ya famoso puñetazo que le asestó Vargas Llosa a García Márquez en un cine de la Ciudad de México.

Pero no todas las rivalidades artísticas están revestidas de linaje literario, genialidad intelectual o maestría escultórica. Es decir, las hay que son menos elitistas; más vulgares. Pero ya eso es otra historia. No es lo mismo una ópera que un reguetón.

Manuel C. Díaz es un escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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