El imperio de las familias
Viví en la capital mexicana en una casa similar a la que figura en el filme Roma de Alfonso Cuarón.
En mi fuga hacia Estados Unidos, Neus Espresate, directora de la legendaria editorial Era, tuvo la gentileza de albergarnos durante algunos meses. No era la Colonia Roma, sino Coyoacán, urbanización preciosa, sitio de residencia de Frida Kahlo y Trotsky, entre otros famosos.
En aquella casa, supe de las llamadas “muchachas”, la servidumbre, generalmente desempeñada por mujeres jóvenes llegadas de provincias, como la Cleo de Cuarón, quien procede de Oaxaca.
Roma es una elegía poética a esas criadas, quienes conceptualmente no solamente se ocupan del aseo y la comida en hogares de familias de clase media y no tan “media”, sino prácticamente de la crianza de los niños, de las tensiones sentimentales y de otros menesteres que hacen funcionar tan compleja célula de la sociedad que, en muchas ocasiones, resulta ser menoscabada por las inconsistencias políticas.
Más allá de la belleza conceptual de la puesta en escena y de la propia narrativa que recuerda algunas de las nostalgias quiméricas plasmadas por Federico Fellini en sus obras maestras, Cuarón presenta el valor esencial de la familia en cualquier circunstancia de crisis, social o doméstica, concepto de total vigencia, tanto en México como en cualquier otro sitio.
Luego de hacer fama y fortuna en Hollywood este regreso de Cuarón a sus raíces, pues la película parte de su propia vida, manifiesta un modus operandi excepcional entre los triunfadores y demuestra que el talento se puede mover en distintos escenarios sin perder su capacidad de emoción y trascendencia, aunque sea un tema tan simple como la vida de Cleo.
Este año, asimismo, es de agradecer que el maestro japonés Hirokazu Kore-eda también descifre la convivencia en familia, como suele hacer en su filmografía.
Shoplifters (Ladrones de tiendas), ha triunfado en cuanto festival de cine ha sido presentada y, con toda razón, pues no siempre nosotros, espectadores occidentales, podemos ser parte de los avatares de una familia oriental que no se comporta según nuestros cánones, aunque nos identifiquemos con el amor que prodigan.
El grupo protagónico es sumamente humilde y soluciona todos sus encuentros y desencuentros en un espacio urbano reducido, sin muebles, en el piso, sobre austeras alfombras. Se trata, no obstante, de un foro donde todos tienen voz y voto.
El padre trabaja en la construcción, la madre en una lavandería y despalilla cada ropa entregada para encontrar algo de valor olvidado por los dueños; la hija mayor en un antro sexual donde se exhibe a través de un espejo y el hijo adolescente, que luego descubrimos como adoptivo, no va a la escuela y se dedica al hurto en las tiendas de alimentos, aleccionado y secundado por el padrastro. También hay una abuela venerable en el núcleo, quien cobra su pensión y gracias a la cual viven en ese apartamento para personas de bajos recursos.
En el ínterin adoptan una niña que juega solitaria en el patio de su casa, a todas luces abusada por sus padres. Contado así, es todo un berenjenal, aunque tiene su lógica interna pues se trata de una familia adorable, con sus costumbres particulares, donde todos velan por el bienestar común. Las circunstancias cambian cuando interviene la policía.
Sin duda estamos ante un conjunto humano atípico, donde el humor y cierta ingenuidad atemperan las asperezas de las carencias pero que no deja de esbozar sus razones de convivencia tan válidas como cualquier otra en un universo abrumado por las desigualdades sociales.
Roma se puede ver en Netflix y Shoplifters en el Teatro Tower.
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