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Opinión

La bulla y el vacío espiritual de las falsas Navidades

“El Nacimiento”, oleo anónimo, siglo XVII, Escuela del Cuzco.
“El Nacimiento”, oleo anónimo, siglo XVII, Escuela del Cuzco. Cortesía

La muletilla de “fake news” ha tenido éxito. Los pocos que pensamos siempre supimos que desde siempre nos vienen vendiendo masivamente hábiles mentiras, medias verdades y obvias patrañas. ¿Quiénes? Los grandes intereses. Pero el tema es demasiado vasto; mejor vamos directamente a lo de las falsas Navidades.

Para comenzar tenemos que acudir a los relatos evangélicos que en apretadas líneas nos relatan que Dios bajó a nuestro encuentro arropado en la virgen María en condiciones de pobreza extrema. Una entusiasta multitud de ángeles del Dios altísimo se agolpó aquella noche en el lugar para darles la desconcertante noticia a los humildes pastores de las inmediaciones. Proclamen a los cielos —decían— la grandeza del Señor, ¡que haya Paz en la Tierra!

Entonces, ¿quién logrará explicarnos cómo es que para celebrar un acontecimiento tan asombrosamente humilde y divino tengamos que someternos a este huracán de avaros e hirientes comerciales navideños? Nos venden todo lo malo y lo bueno turbiamente entremezclado. ¿A eso es que ha venido a parar la “Noche Paz, Noche de Amor”?

Si el anuncio fue de paz, por qué copar las Navidades con tanta bulla, tensiones familiares, gastos excesivos y vacío espiritual. ¿Cuándo habrá dado con el don de la paz alguien añadiéndole todavía más ruido, complicaciones y vacío espiritual a su sobre-embrollada existencia?

Hasta finales del siglo XIX en Estados Unidos apenas se celebraban las Navidades. La influencia de la cultura protestante de corte puritano en la sociedad era marcadamente alérgica a toda manifestación de ternura o devoción religiosa que oliera a catolicismo.

Ese y no otro es el origen de Santa Claus. De ahí en adelante el comercio se encargaría del resto. Toda esa trama sentimental del melifluo anciano reparte-juguetes vendía muchísimo y había que auspiciarla. Más todavía cuando servía para desplazar astutamente a Jesús de los corazones y de la historia.

Otro intento más que terminará fracasando como los anteriores. La tierna Natividad del Señor Jesús jamás dejará de ser el acontecimiento más trascendental y conmovedor de los siglos. Al abrazar nuestra naturaleza humana Dios nos insertaba en su Ser mismo, en su Divinidad. ¡Sí, demasiado! Añádele que al nacer en tales condiciones de indefensión y pobreza el buen Dios nos aclaraba para siempre que los humildes y marginados tienen un trono en su corazón, y saca cuentas.

Las verdaderas Navidades sin dejar de ser tiernas jamás podrán dejar de ser solidarias, antisistema.

La estrella que se les escondió a los santos Reyes al acercarse a los palacios del Herodes y a la engreída camarilla religiosa del Templo se sigue ocultando hoy a demasiados. Ella conducía a una muchacha consagrada a Dios, obediente y preciosa que acababa de dar a luz al bebé más radicalmente querido y absurdamente malquerido de todos los siglos.

El autor es un sacerdote jesuita de Belen Jesuit Preparatory School.

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