Nueva York, a modo de despedida
Tras finalizar ArtBasel Miami Beach, tuve que mudarme de casa. Dejar mi apartamento alquilado en el Mirador de la calle West, donde escribí Tiempo de Tormentas y parte de Un Jardín Al Norte, mis dos novelas más exitosas, dicho sea de paso. No fue fácil, cada vez que miraba mi vista del Mirador, sobrevolando todo South Beach y con el estadio del Flamingo a pie de calle, recordaba los amaneceres y las tormentas que observe, con beneplácito y terror, desde ese balcón. Miami cerraba una etapa. ¿Dónde sería la otra? Unos metros más abajo, en otra ciudad, un regreso a la normalidad, a Madrid y sus costumbres europeas. Al matrimonio que no cedió a la distancia. O, por qué no, hacer una escapada a Nueva York y despedir a América desde su ciudad más prodigiosa.
Nos alojamos en un hotel del Distrito Financiero, que queda lejos de todo menos de sí mismo y que esta semana ha sido noticia porque la noche de Navidad se fue a dormir desplomado y antes del fin de año se levanto recuperadísimo. Un poco como nosotros mismos, que bebimos y comimos hasta el desplome y estamos llegando a fin de año bastante sostenidos. Mientras estuve en el corazón de Wall Street, aprecié cómo la ciudad se vuelve más estrecha y termina parecida a la punta de un arpón, esperando cazar ballenas que se distraen desde el océano hacia la confluencia de los ríos que hacen de Manhattan una nueva Mesopotamia. Y allí decidí acompañar a mi marido al Staten Island Ferry, que es gratuito y te lleva hacia una isla carente de glamour pero tiene como función cotidiana observar a Manhattan, tanto a la ida, como a la llegada. Y Manhattan te parece un sueño, desde luego pero también una pesadilla, un miedo y una aventura. Una historia de amor y también de desamor. Y en el fondo, como si fuera toda ella un gigantesco vampiro, un Drácula de vidrio, contaminación y hot dogs, esperando que te aventures a entrar en sus dominios y recibirte con el aullido de los lobos, “los hijos de la noche”, como dice el Drácula de Bram Stoker en su inmortal novela
Para mí, Andy Warhol es también muy parecido a Drácula. No por vampiro pero sí por saber rodearse de los hijos de la noche y el talento y por haber convertido a Nueva York en la gran capital del arte y el capitalismo. Nadie como él entendió mejor esa ecuación. Y consiguió hacerla casi una fórmula cuya patente posee. Un poco por eso es importante acudir a la amplísima retrospectiva que el Whitney Museum exhibe en sus pisos. Para observar tanto la obra del genio como su peculiar filosofía. Su estilo, su técnica, su perfecta ingeniería cubierta de frivolidad, irreverencia, ironía pero sobretodo magistral ejecución e inteligencia. Mi marido se burló de mí diciendo que yo acudía a la exposición como si fuera a la misa más importante de mi Dios más respetado. Y puede que tenga razón. Warhol ha definido mi generación, mi tiempo y soy un estudioso de mi tiempo y de mi generación, es bastante claro y lógico que su influencia es la más definitiva de todas las que conozca. Y quiera.
No deje de disfrutar de esta exposición hasta marzo de 2019, que por lo demás será un año especial, porque es el final de una década que para mí ha sido la más auténtica de este siglo. La que más lo representara, donde la tecnología alcanzó ese punto de inflexión: llegó para dominarnos.
Escritor y presentador venezolano