Opinión

David Bowie nos sigue electrizando con su capacidad de encandilar

David Bowie asiste a una premiación en Nueva York el 5 de junio de 2007.
David Bowie asiste a una premiación en Nueva York el 5 de junio de 2007. AP

Un amigo en el gimnasio explora mi afiliación política. Todo está como de cabeza, me dice. No se lo discuto, andamos crispados, pero yo lo hago regresar a mi geografía predilecta: la cultura que nos denota.

Me debo a los lectores de esta columna y a los que amablemente atienden mis intervenciones televisivas sobre cine, cubano e internacional.

Los políticos que se halen los moños y traten de arreglar el mundo, mientras yo rindo tributo al gran David Bowie, a tres años de su fallecimiento. Me acuerdo como si fuera ahora mismo, pues mi hermana cumple años el 9 de enero y el artista total que fue, falleció un día después, no sin antes estrenar su último álbum, Blackstar, testamento musical a la altura de su influyente carrera.

Para los fanáticos o para lo que sencillamente manifiesten curiosidad por este singular creador han editado, por estos días, tanto en CD como en DVD su concierto en el Festival Glastonbury en el año 2000, del cual solamente se conocía media hora en Youtube.

Bowie de 53 años, en plena forma, regresa al legendario festival inglés que lo había recibido en 1971, con la asistencia de unas pocas miles de personas -de lo cual se burla en la grabación- y en el 2000, sobrepasan las 120,000, rugiendo desaforadamente, coreando sus éxitos, electrizados por su capacidad de encandilar.

Creo que es la mejor manera de seguir rindiéndole pleitesía, disfrutando esa fiesta que fueron sus conciertos, divertidos y sofisticados, con el mejor rock que podamos imaginar.

Y hablando de excelencia en la cultura, aquí que les va mi recomendación de una cinematografía insospechada, la paraguaya, con una película que suma premios. Se titula Las herederas y es la opera prima de Marcelo Martinessi.

Dos mujeres otoñales y de la clase acomodada de Asunción, unidas sentimentalmente durante treinta años, afrontan una crisis económica y comienzan a vender las cosas valiosas de su residencia.

Una de ellas, Chiquita, la más activa, debe cumplir 30 días de prisión por estafa, la otra, Chela, acostumbrada a ser servida, totalmente inútil y abúlica, queda a la deriva, solo con la ayuda de la sirvienta.

De pronto Chela tiene que volver a manejar el viejo auto de la familia para visitar a Chiquita en la prisión y luego una vecina, anciana adinerada, la contrata para trasladarse al lugar donde juega canasta con sus amigas.

La vida comienza a cambiarle a Chela, se siente útil. Es entonces cuando conoce a una joven mujer, quien también le pide los servicios de chofer para atender a su madre, una de las jugadoras de cartas.

Angy, ducha en relaciones amorosas con hombres y mujeres, hace historias que fascinan a Chela, quien quiere aparentar urbanidad cuando las escucha, pero al final termina seducida, con una experiencia que le es ajena, aunque parece no querer regresar a su antigua existencia.

Las herederas es un filme de sutilezas e imágenes que hablan desde el interior, de modo anticlimático. Habrá pocos exabruptos y las crisis existenciales acontecen en los rostros de sus protagonistas.

Es la primera actuación en el cine de Ana Brun, quien se transforma en Chela, por la cual obtuvo el premio de mejor actriz en el Festival de Cine de Berlín.

En Paraguay, Brun debió cambiarse el nombre para no espantar a sus clientes de bienes raíces, con el asunto de la orientación sexual de su personaje, que se castiga más que el narcotráfico, según ha dejado saber, con pesar, Martinessi, el director de la película.

Las herederas es una presentación exclusiva del Teatro Tower

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