Opinión

Horizonte apocalíptico: ¿Es Trump un agente de Moscú? Él dice que ‘no’

Cualquiera que haya leído novelas de espionaje sobre la Guerra Fría sabe que un topo del Kremlin en Washington debía cumplir dos requisitos: actuar contra los intereses de Estados Unidos y a favor de los de Moscú; y hacerlo sin despertar sospechas, a plena luz, e idealmente desde un puesto de alta responsabilidad para maximizar el daño.

A diferencia de la ficción literaria, en la vida real captar a un traidor con esas características no debe resultar tarea fácil para los rusos. Que se sepa, lo lograron con dos agentes dobles (vendidos por dinero, claro) uno dentro del FBI y otro en la CIA, Robert Hanssen y Aldrich Ames. Ambos ahora se pudren merecidamente en prisión perpetua. Espiaron desde mediados de los 70 hasta comienzos de los 90, justo la época en que el coronel Vladimir Putin comandaba espías de la KGB soviética.

Años después, cuando el astuto coronel ascendió a presidente, continuó albergando el mismo sueño: destruir el imperio americano. Y siguió también utilizando las mismas mañas para captar espías, o bien comprándolos u obteniendo información tan comprometedora que no tuvieran otro remedio que colaborar. Esclavizándolos al servicio de Moscú.

Por eso resulta aterrador que el FBI se viera obligado a abrir una investigación de contrainteligencia ante sospechas de que el presidente Donald Trump pueda ser un agente de Rusia, según la reciente revelación del New York Times. (Artículo por el que Trump no ha amenazado con demandar al periódico, ni siquiera lo ha acusado de “fake news”, ¿extraño, no?)

Las implicaciones son explosivas, desde cualquier ángulo que se mire. Particularmente porque no se trata de revelaciones aisladas sino parte de una cascada en la última semana que ha dado alas a las sospechas. A saber: Trump ha ocultado todos los detalles de cinco reuniones con Putin, incluso a su propia administración y agencias de inteligencia, llegando al extremo de confiscar las notas del intérprete y ordenándole que mantuviera todo en secreto. ¿Cuál es la razón de tanto misterio?

Y al mismo tiempo ha estado avisando a distintos asesores y miembros del gobierno de que planea sacar a EEUU de la OTAN, lo cual equivale a aniquilar la alianza militar occidental fundada para detener las agresiones de Rusia desde hace 70 años. Destruir la OTAN es, por supuesto, el mayor objetivo de Putin. ¿Fue la demolición de esa alianza uno de los temas en las reuniones secretas?

Como los rusos son los únicos que saben el contenido de dichas conversaciones, poseen amplio margen para chantajear a Trump, aparte del que ya pudieran tener, que es justo lo que busca averiguar la investigación de contrainteligencia del FBI. Pero ni siquiera hace falta indagar en la conducta secreta de Trump porque la pública es ya reveladora (“a plena luz”, como en las novelas) de su anormal sintonía con Moscú:

1- Sus decisiones políticas en asuntos internacionales están plenamente alineadas con los objetivos del Kremlin: sacar las tropas de Siria (dejando terreno libre a Rusia y sus socios Assad e Irán); aplaudir la invasión de Afganistán; promover la ruptura de la Unión Europea apoyando a los movimientos separatistas, incluido el Brexit; sacar a EEUU de tratados y organizaciones internacionales; y como denominador común en todas ellas está el plan de desmontar el orden mundial creado por Washington tras la Segunda Guerra Mundial. El resultado final serán unos EEUU aislados y, consecuentemente, con un poderío muy disminuido.

2- En asuntos domésticos el sueño de Putin es que reine el caos y la polarización en la sociedad estadounidense. Pelear unos con otros. En este terreno sin duda Trump se lleva el Oscar al mejor destructor del civismo, la concordia y la estabilidad política: ¿Qué tal la idea de cerrar el gobierno? ¿Qué tal instigar a sus seguidores para que arremetan contra la prensa y los demócratas? ¿Qué tal dar barra libre al insulto como norma social? Todos le fascinan a Putin. Fueron precisamente parte de las metas que persiguió con la injerencia en las elecciones de 2016. (Al igual que ha hecho por cierto en otros 19 países).

Las últimas revelaciones son explosivas, primero por el golpe que asestan en la sique colectiva del país. Segundo en la seguridad nacional. Y tercero en el papel que hasta ahora ha ocupado EEUU en el mundo.

El solo hecho de contemplar la posibilidad de tener un “presidente de Manchuria” (colocado por un país enemigo a condición de que trabaje para ellos) produce escalofríos a cualquier ciudadano sensato. Pero todos hemos sido testigos de que por primera vez en la historia un presidente norteamericano se ha visto forzado a declarar que “no trabaja para Rusia”. Escandaloso, aberrante, tremebundo, dantesco. Faltan adjetivos para describir el impacto. Sobre todo porque fue solo eso, una negación escueta, sin mostrar el enojo y apasionamiento lógicos con que se defendería cualquier persona inocente.

Esta es la lamentable realidad hoy, en el 728 día de la presidencia de Trump. Si alguien no ve el horizonte apocalíptico es porque o vive en la Luna o no le importa que arda la Tierra.

Periodista y analista internacional. @TownsendRosa

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