Opinión

El estigma contra los venezolanos

Decenas de inmigrantes venezolanos esperan para recibir comida entregada por militares brasileños, en Boa Vista, Brasil, el 4 de abril de 2018.
Decenas de inmigrantes venezolanos esperan para recibir comida entregada por militares brasileños, en Boa Vista, Brasil, el 4 de abril de 2018. New York Times

Fue durante un crucero por el Caribe, celebrando mis 15 años con otras 59 niñas en una travesía perfecta. Colombia vivía por entonces la época más caliente del narcotráfico, y en el exterior algunos percibían a todos los colombianos como delincuentes y narcotraficantes.

Por supuesto, a esa edad yo aún no lo sabía . Si recuerdo que la persona que organizaba el tour nos advirtió: “Si alguien se les aproxima con un mal comentario, manténganse tranquilas y comuníquenlo de inmediato al equipo touroperador”. La verdad es que no presté demasiada atención a la advertencia, pensé que solo pasaba esporádicamente.

Al llegar al crucero lógicamente el grupo de niñas colombianas llamamos la atención de los viajeros. Sabían que lo éramos porque, además, ese año se celebraba el Mundial de Fútbol, y lógicamente las camisas y gorras de la selección Colombia sobresalían entre las bolsas playeras de colores. Todo iba bien hasta que un hombre se nos acercó a mí y a unas amigas. Sin mediar, nos pidió cocaína. Ni hablar de que yo nunca había visto la cocaína. Me sentí mínima, triste, confundida.

Luego ocurrió de nuevo cuando fuimos a uno de los restaurantes para ver jugar a la selección de Colombia. Y una vez más de una manera escandalosa cuando otro individuo nos gritó: “¡Ohhh… Colombia… coca, coca, claro colombianas!”.

¿Por qué narro esta historia? Porque a los colombianos nos ha costado muchos años de tragos amargos librarnos de las connotaciones de narcotraficantes o criminales. Me agobiaban en especial en las aduanas y áreas de inmigracion de los aeropuertos, donde las filas eran interminables sin excepción.

La realidad es que los colombianos no hemos sido los únicos estigmatizados. Los refugiados cubanos del Mariel, en los ochenta, tienen su propia historia de rechazo y resistencia a toda prueba. “Scarface”, la película, fue un éxito rotundo de Hollywood, pero en cierto modo coloreó negativamente a toda una comunidad. Me contaban el caso de una niña llamada Mariela, que se horrorizaba cada vez que el padre la llamaba a gritos por el diminutivo de su nombre.

Hoy es el pueblo venezolano el que enfrenta esta misma realidad lacerante de la xenofobia. Hace unos días se dio a conocer la escalofriante historia de una mujer embarazada en Ecuador que fue asesinada a puñaladas por su novio venezolano. La reacción del presidente Lenín Moreno fue la de condenar a todo el pueblo venezolano, mientras algunos ecuatorianos lapidaban a todos los inmigrantes en las redes sociales. Algunos llegaron más lejos y tomaron represalias incluso físicas contra los venezolanos. Un grupo de personas irrumpió en una casa habitada por refugiados de Nicolás Maduro para quemar sus pertenencias. Se han reportado golpizas, pedradas y humillaciones por decenas.

En Colombia, el país más afectado por el número de venezolanos en busca de socorro —unos dos millones—, el Gobierno ha sido enfático al recibirlos con los brazos abiertos, e incluso ofrecerles atención médica, mientras proclama en todos los foros su apoyo a una Venezuela libre. Sin embargo, he escuchado mucho rechazo hacia los recién llegados en algunos sectores.

Es cierto que se han reportado robos y casos de violencia cometidos por venezolanos, pero no se puede castigar a toda una nacionalidad por las bajezas de unos pocos. A Colombia ha llegado mucho venezolano honrado para tratar de sobrevivir y ayudar a su familia. Son víctimas de una tiranía atroz, que ha sumido al país en la peor crisis de su historia.

Lo correcto, lo humano, es tenderles la mano; a fin de cuentas ningún latinoamericano sabe en que momento le tocará huir a otro país por la inestabilidad endémica de nuestros gobiernos. También en algunas naciones de Europa se ha satanizado a comunidades enteras de inmigrantes por los crímenes de malas semillas.

Algo parecido ha pasado en ciertos círculos en Estados Unidos, con el discurso político adverso hacia México y Centroamérica. Muy frecuentemente presenciamos insultos y atropellos contra miembros de las minorías.

Es una realidad que nos toca cerca y no deberíamos mirar a otro lado. No olvidemos que el odio al diferente es el primer escalón al fascismo.

Siga a Sabina Covo en Twitter: @sabinacovo.

  Comentarios