Una epopeya de libertad se estrena en el Teatro Tower
Un crítico de cine amigo e inteligente que vive en Camagüey, encomiaba recientemente las virtudes estéticas y argumentales de la película Cold War, eludiendo la referencia totalitaria donde se desangran los amantes que la protagonizan.
Como su comentario aparecía milagrosamente en Facebook, considerando la ordalía de mis compatriotas para conectarse, me dio por subrayarle el hecho y presuroso argumentó en su respuesta que él también deleznaba lo que calificó como “totalitarismo del mercado que excluye”.
Ciertamente me quedé estupefacto considerando que en Cuba el mercado es una quimera que trata de abrirse paso mediante el llamado cuentapropismo, con todas las trabas inimaginables para coartar el progreso.
Esta semana llega otra película extraordinaria, una verdadera epopeya antitotalitaria. Se trata de la más reciente realización del director que nos regaló aquella estremecedora La vida de los otros (2006), el alemán Florian Henckel von Donnersmarck.
Se presenta bajo el nombre de Never Look Away, aunque su verdadero título es Obra sin autor. Valga la pena recordar que cuando La vida de los otros se estrenó en Cuba, durante el Festival de Cine de La Habana, ocurrieron tumultos de personas interesadas en ver cómo operaba la policía política Stasi y cuanta semejanza guardaba con su versión criolla, el G2.
Never Look Away es más ambiciosa y abarcadora históricamente, menos claustrofóbica pero, asimismo, revela el daño que propina la impunidad y represión de cualquier sistema implantado a sangre y fuego.
Un niño talentoso, dado al dibujo, criado en Dresde a la llegada del fascismo, visita una exposición de importantes pintores alemanes que los nazis consideran “degenerados”. A partir de esa experiencia, hará todo lo posible por estudiar y dedicarse al arte.
La tía que lo llevó a la muestra pierde la vida como parte de los experimentos genéticos nazis, algo que tampoco olvidará.
Durante la guerra mueren sus dos hermanos y cuando Hitler es derrotado, residirá entonces en la Alemania comunista, donde es obligado a cultivar la corriente estética del partido, el llamado realismo socialista.
En el ínterin se enamora de una estudiante de diseño de moda, cuyo padre es una de esas figuras oportunistas que transcurren por distintos sistemas sociales cometiendo fechorías sin ser descubiertos.
Había sido un doctor del programa genético fascista y luego el más intransigente de los dirigentes en el sector de la salud de la República Democrática Alemana.
Antes que el infame muro de Berlín se erigiera, era peligroso pero posible escaparse en tren a la Alemania Occidental y esa es la decisión del protagonista y su esposa cuando la opresión resulta intolerable.
Son recibidos como refugiados y comienza a desenvolverse la magia de la sociedad de mercado libre que mi amigo, el crítico de cine, comparara a una tiranía.
No obstante los tropiezos e incomprensiones de cualquier vida que vuelve a comenzar, con la ventaja en este caso de recibir la bienvenida por compatriotas en democracia, el pintor trata de entender y ajustarse a nuevos y desconocidos parámetros.
El director nos hace partícipes de esta epifanía, recurriendo a la memoria, a la historia, a la esperanza que siempre sobrevive en libertad, hasta que el artista encuentra su estilo, su voz en el concierto de la competitividad y llega el triunfo.
Never Look Away, nos quita el aliento en una hermosa saga donde la individualidad termina por hallar su lugar en la sociedad. Es una de las películas nominadas al Oscar en las categorías de extranjera y fotografía.
Se exhibe desde esta semana en el Teatro Tower y es un compromiso para aquellos que hayan sufrido experiencias similares en regímenes intolerantes.
Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de febrero de 2019, 6:08 p. m..