Un paraíso colombiano que es ejemplo de preservación ambiental
Esta semana visité un paraíso terrenal llamado Providencia, un archipiélago al norte de Colombia a tan solo 20 minutos en avión del popular destino turístico Isla de San Andrés. Esta región incluye una diminuta porción de tierra que parece anclada en el tiempo, la isla llamada Santa Catalina, que está conectada a Providencia por el “Puente de los Enamorados”.
Quedé encantada con la paz que se respira y el orden con el que sus residentes (unos 5,000), en su mayoría nativos, tratan su pedacito de tierra. En Providencia no hay hoteles de cadenas, no se puede construir ninguna edificación de más de tres pisos, no se les garantiza la playa a los turistas porque no hay espolones que controlen la entrada del mar (“así que todo depende de cómo esté la marea ese día”, según explica un hotelero de la zona). Aún más: no se permite el uso de pitillos de plástico (una realidad ya en casi toda Colombia), media isla está protegida y no es habitable, y se cuidan los recursos naturales como si fueran oro.
Ciertamente los esfuerzos que está haciendo Colombia para preservar el medio ambiente en zonas de alto riesgo pudieran ser un ejemplo para otros gobiernos de la región, incluido Estados Unidos, que en algunos casos sobrepone el interés económico sobre los recursos naturales.
En Providencia, por ejemplo, sus residentes participaron activamente para que el gobierno colombiano no permitiera que grandes compañías usaran la isla a su conveniencia.
La isla está rodeada de pequeños cayos, y durante una visita a uno casi desierto que albergaba cientos de aves, el lanchero me contó que había sido cerrado al público porque las visitas turísticas estaban dañando el ecosistema.
Por encima del flujo de empleos y recursos que pudieran generar las grandes cadenas hoteleras en Providencia y Santa Catalina, las más pequeñas de las islas, su gente, según me comentaba un guía turístico, decidió seguir con su economía basada en rústicos hostales y hoteles boutique, que en muchos casos son las propias casas de residentes expandidas para acoger visitantes, así como tours que cuentan la historia del lugar.
Las tres islas, que antes de la soberanía colombiana fueron propiedad de Inglaterra, hace unos años fueron objeto de una gran disputa entre Nicaragua y Colombia, ya que su territorio se encuentra mucho más cerca del país centroamericano. La controvertida Corte Internacional de la Haya falló en el 2012 a favor de Colombia en cuanto a la tierra firme, y las islas hoy continúan siendo un departamento colombiano, pero otorgó a Nicaragua gran parte del territorio marino, causando, según denuncian los nativos, un grave problema para los pescadores artesanales.
Además de ser un territorio muy pequeño (unos 52 kilómetros cuadrados), la gente vive en su totalidad del turismo, y puedo asegurar que en parte por ello han protegido tan celosamente este paraíso en medio del Caribe, que por cierto cuenta con la tercera barrera coralina más grande del mundo —razón por la que carece de un gran puerto para cruceros y es mejor llegar por avión.
No sé si de pronto la sangre inglesa de sus habitantes de apellidos Jones, Smith o Scott, en su mayoría mestizos por la mezcla de los puritanos con los esclavos africanos llevados allí durante la colonia, les dejó cierta herencia del carácter ordenado británico, que les sirve para cuidar sus recursos aun en medio de las dificultades. Pero lo que sí me quedó claro es que allí las autoridades turísticas colombianas, de acuerdo a la agencia del gobierno Coralina (Coralina.gov.co), tienen un ambicioso plan para proteger el archipiélago que incluye empezar poco a poco a producir energía a partir de fuentes renovables.
Luego de largas charlas con residentes, y pese a sus diferencias con los colombianos de herencia española (incluso en la religión), me di cuenta de que, sin duda alguna, aquí se respira un indiscutible sentir del “Caribe colombiano”.
Bien por la agencia Procolombia y el ministerio de turismo por fomentar el intercambio con ese destino y exponer las bellezas de mi país.
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Esta historia fue publicada originalmente el 28 de febrero de 2019, 6:57 p. m..