Opinión

‘Yuli’: La odisea del bailarín cubano Carlos Acosta

Escena de la película “Yuli”, dirigida por la cineasta española Icíar Bollaín, que cuenta la historia del gran bailarín cubano Carlos Acosta.
Escena de la película “Yuli”, dirigida por la cineasta española Icíar Bollaín, que cuenta la historia del gran bailarín cubano Carlos Acosta. YouTube: Free Trailer Archive

Otro de los momentos más interesantes del tema cubano en el Festival de Cine de Miami, del Miami Dade College, que concluye exitosamente este domingo, es la presentación del más reciente filme de la prestigiosa directora española Icíar Bollaín.

Se trata de “Yuli”, basado en el libro autobiográfico del notable bailarín cubano Carlos Acosta, Sin mirar atrás que, paradójicamente, en la isla no ha sido autorizada ni la edición nacional a cargo de Arte y Literatura.

Se atribuye la prohibición a la intervención de la poderosa Alicia Alonso, quien no se sintió cómoda con la insinuación de que Acosta fue víctima del racismo en el Ballet Nacional de Cuba.

La historia de Yuli, ilustra la accidentada relación amor-odio de Acosta con su padre, un humilde y abusivo camionero descendiente de esclavos, que hará lo indecible por sacar a su hijo de un ambiente socialmente tóxico, sin futuro, en cierto suburbio marginal donde las promesas del castrismo quedaron pendientes.

La madre de Acosta es blanca y enfermiza. Parte de su familia ha decidido irse a vivir a Miami, ciudad que es mencionada con desdén en la película.

Yuli no quiere ser bailarín, sino futbolista, pero las amenazas y agresiones de su progenitor lo fuerzan a considerar la primera opción.

La película fantasea sobre algunos temas, al parecer, en aras de mitigar el tormento de la izquierda a la hora de explicar la circunstancia cubana. El padre le cuenta como había sido expulsado y golpeado en un cine solamente para blancos durante la denostada República.

Mientras un guía explica a visitantes extranjeros, en las ruinas de la legendaria escuela de ballet del antiguo Country Club, diseñada por el arquitecto italiano Vittorio Garatti, a instancias de Castro y Ernesto Guevara, que el sitio nunca llegó a funcionar debido al “bloqueo”, la crisis de octubre y otras trapisondas del enemigo imperialista, así como por la oposición del nuevo amo soviético.

Cuando es de todos conocida la detención y expulsión de Garatti, falsamente acusado de agente de la CIA, y la idea “realista socialista” de que el arte ya no debía contar con una sede tan elitista.

En su segunda mitad la película no puede eludir la realidad de un régimen sofocante, sobre todo para las nuevas generaciones. Yuli le advierte a su profesora que le pueden destruir la vida por dejarle ir a Londres, sin permiso. El mismo tiene que solicitar autorización a la directora del Ballet Nacional de Cuba para viajar a Estados Unidos.

En Londres llora ante el televisor al ver como su país se desangra cuando la crisis de los balseros de 1994 y al regresar, todos sus mejores amigos se han ido y otros alistan las balsas.

Hay un momento de profundo dramatismo cuando Acosta y sus coterráneos tratan de entrar a un hotel para divertirse y son humillados por los porteros negros que les niegan el acceso, mientras dejan pasar, solícitos, a los turistas blancos.

A diferencia de otras biografías similares, que transitan de la pobreza al éxito, en franca lucha contra el destino, en este caso el protagonista está consciente de los avatares políticos que pudieran haber entorpecido su carrera y todavía rondan sus aspiraciones.

Antes de morir, el padre le aconsejó que permaneciera en Inglaterra y al final de la película, Acosta declara, con júbilo, que regresó a la isla para crear una escuela de danza y ballet.

La realidad es que no pudo recuperar el famoso edificio de Garatti, como sede de sus ambiciosos e independientes proyectos culturales en Cuba, y el próximo año parte de nuevo a Inglaterra para dirigir el prestigioso Royal Ballet de Birmingham.

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