La jauría trumpista y las instituciones
Recuerdo hace ya muchos años que una policía de Miami detuvo a un colega de otra estación, que corría muy por encima del límite de velocidad en una autopista. Esa oficial, que hizo su trabajo, previniendo que uno de sus colegas pusiera en riesgo las vidas de los ciudadanos, se ganó el odio de los compañeros del detenido. Hasta heces le dejaron en el parabrisas de su carro.
Me vino a la memoria esa historia hace poco, cuando escuché al papa Francisco agradecerles a los periodistas que destaparon los escándalos de abusos sexuales a niños por parte de una gran cantidad de sacerdotes de la Iglesia católica. El Papa al parecer es una persona con los principios bien ordenados. Mientras muchos en la Iglesia vieron a esos periodistas como sus enemigos, el Papa se dio cuenta de que, sin estos, los abusos se hubieran multiplicado. Y más niños habrían sufrido.
Hoy no deja de sorprenderme la cantidad de gente que le hace eco al presidente Donald Trump, cuando ataca a la prensa y a las instituciones del país, como la Justicia o el Congreso, sino hacen lo que él quiere.
O cuando, otro ejemplo, por ser una política de ese presidente, no importa que se descubra que hay niños encerrados en jaulas en la frontera, pues se buscan todas las excusas, para aceptar lo inaceptable.
Y en una gran cantidad de esos casos, quienes lo defienden son los congresistas que, una vez que el presidente quedó envestido como el representante de su partido, parecen haber olvidado la Constitución.
Las instituciones, la prensa, los congresistas con poder que hagan oposición, es lo que no tienen países como Cuba, Venezuela o Corea del Norte, y lo que sátrapas energúmenos como Raúl Castro, Nicolás Maduro o Kim Jong-un, se encargan de acabar, tan prontito como arriban al poder.
No funciona una democracia si apoyamos sus instituciones solo cuando el que está arriba es por el que votamos. Se discuten los hechos, las ideas, las políticas, pero debería haber una raya en la que ciertas conductas de un líder no deben ser aceptadas ni por los miembros de su partido.
Actualmente al periodista que destape un escándalo, o se atreva a poner en duda una decisión del gran ídolo Trump, sus seguidores lo atacan como una jauría de bestias, en muchos casos azuzada por su amo. Yo no veo que haya tanta distancia entre eso y lo que le hizo Maduro y su ruinoso régimen, al periodista Jorge Ramos.
No sé si algo cambió en Estados Unidos. O si simplemente sea que llegó un presidente con una personalidad irresistible para muchos, una especie de caudillo, de esos que se ven más en Latinoamérica. Ya desde la campaña, cuando dijo que para él John McCain no era un héroe porque él prefería a los que no caían rehenes, se pudo ver que a Trump se le permitía mucho más que a cualquier otro.
Ni que decir de la conversación con el presentador de la NBC, en la que dijo, sin saber que lo estaban grabando, que le gustaba agarrar a las mujeres por el sexo sin pedirles permiso. Grabado y filmado. Su voz. Su cuerpo. No alguien acusándolo sin pruebas.
Es tal y como él dice, se podría parar en la Quinta Avenida y dispararle a alguien, y sus seguidores no dejarían de aclamarlo.
¿No les parece peligroso? ¿No es acaso entonces cuando los líderes de un partido deben guiar al resto como hizo el Papa?
Quizá soy un idealista, al fin y al cabo, el Papa no busca la reelección.
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