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Opinión

El lector de periódicos: una especie en peligro de extinción

Un hombre lee un periódico en un jardín de París.
Un hombre lee un periódico en un jardín de París. AFP/Getty Images

Soy de los que no ha perdido el hábito de leer el periódico después de desayunar. En papel, desde luego. Sé que puedo hacerlo en mi teléfono celular, pero no es lo mismo. Me resisto a hacerlo hasta en la consulta del médico mientras espero y no encuentro en el revistero alguna publicación interesante.

Ya vamos quedando pocos; lo sé. Somos, por decirlo, de alguna manera, una especie en peligro de extinción que espera pacientemente, como los elefantes de Sumatra, su desaparición.

Yo solía comprar El Nuevo Herald en un estanquillo de distribución que había en los portales del antiguo supermercado Boogart’s en Hialeah. Me levantaba temprano y antes de ir al trabajo, desafiando el tráfico matutino, cruzaba con miedo la avenida Palm Avenue en busca de mi periódico. Costaba 25 centavos.

Hasta que, algún tiempo después, me convertí en suscriptor. Ya no tenía que salir a comprar el periódico. Ahora lo recibía en la puerta de mi casa. Fue entonces que comenzó el ritual al que todavía, desde hace más de 30 años, me aferro.

Lo primero es la espera. Despierto en la madrugada y permanezco acechante en la cama hasta que siento acercarse el automóvil del repartidor. Entonces aguzo el oído y escucho, en el silencio urbano de mi vecindario, el sonido del periódico dando vueltas como un bumerán en el aire.

Si siento un ruido de arbóreas quebraduras es que aterrizó entre las adelfas del cantero izquierdo. Si el ruido es seco y fibroso, sé que ha golpeado el tronco de la palma cana que se alza a la derecha de la ventana y que puedo encontrarlo justo al lado del motor del regadío.

Un golpe pétreo significa que ha caído en mi lugar preferido: los pavers del driveway.

En realidad, el lugar del arribo es lo de menos. Lo importante es la puntualidad, porque cada vez que por alguna razón la entrega se atrasa, la espera se hace interminable.

Cuando eso ocurre comienzo a llamar por teléfono para reportar la demora. Son tantas las llamadas que hago que el contestador automático del rotativo es incapaz de asimilarlas: “Si su llamada en con relación a la entrega del periódico de hoy por favor marque...”.

Ni la aparente neutralidad vocal del mensaje me calma. Solo me sereno cuando logro hablar con uno de los operadores: “Hola, gracias por llamar a El Nuevo Herald, en qué puedo ayudarlo”. Ya hasta conozco sus nombres y puedo reconocer sus acentos. La mayoría son centroamericanos; pero también hay algunos colombianos.

Todos son amables y eficientes. Estoy seguro que ellos, aunque no lo dicen, también me reconocen. A veces se me ocurre pensar que como llamo con tanta insistencia quizás uno le diga al otro: “Atiéndelo tú; es el señor que llama todas las semanas”.

Cuando se reanuda la entrega, todo vuelve a la normalidad. Yo retomo mi rutina de la espera y la vida recobra su ritmo. Me siento entonces, no sé por qué, más tranquilo. Como si alguien me asegurase: “Todo va a estar bien; ya llegó tu periódico.

Después de desayunar, recostado en el reclinable, leo el periódico. Nunca lo hago antes. Sería un sacrilegio. Leo todas las secciones menos la de deportes y la de los obituarios: la primera porque no me gusta y la segunda porque me recuerda que ya estoy más cerca de la salida que de la entrada.

Cuando termino cierro los ojos y pienso que ya nadie lee periódicos impresos.

Todos lo hacen a través de sus teléfonos. Somos una especie en peligro de extinción, me digo. Como los elefantes de Sumatra que esperan, pacientemente, su desaparición.

Manuel C. Díaz es un escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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