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Opinión

Trump debe quedarse callado y no opinar sobre el caso de Joe Biden

El presidente Donald Trump durante una reunión con su Gabinete de gobierno, el 4 de abril.
El presidente Donald Trump durante una reunión con su Gabinete de gobierno, el 4 de abril. AP

Las amargas críticas que ha recibido el ex vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, luego de denuncias de que ha tocado o besado impropiamente a mujeres, para algunos son debatibles ya que todo dependería del concepto de “tocar inapropiadamente” que tiene cada persona.

Hay quienes dicen que se trata de un señor mayor atrevido; otros alegan que no es más que un tío mayor cariñoso. Algunos piensan que tal despliegue táctil, independientemente de sus motivaciones, resulta una torpeza política mayor en la era del movimiento #MeToo y que él no debería poner sus manos sobre las mujeres de ninguna manera.

Biden se ha disculpado en la red social Twitter a través de un video diciendo que en adelante tendrá más cuidado para no invadir el espacio personal de las personas.

El alcance de sus disculpas también ha provocado críticas, pero peor crítica en mi opinión debería desatar el comportamiento del presidente Donald Trump, el político más ofensivo hacia la mujer en la historia, el mismo que fue grabado burlonamente diciendo que podía tomar a su antojo a las mujeres por su parte femenina sin que ello le causase problema alguno.

El mandatario tuvo el descaro de referirse al caso de Joe Biden en las redes sociales al publicar una parodia del video de disculpa del ex vicepresidente junto a una frase que decía “Bienvenido de vuelta, Biden”.

El presidente de Estados Unidos no debería burlarse bajo ninguna circunstancia del caso de quien podría convertirse en su contrincante en el 2020, pero resulta claro que más que importarle cualquier conducta inapropiada hacia la mujer, lo que Trump quiere es jugar políticamente y, como siempre, hacer campaña.

Resulta ser que Trump exhibe un rosario de actitudes impropias y groseras hacia mujeres, incluyendo 19 acusaciones de acoso sexual con toqueteos dentro y fuera de la ropa interior de sus presuntas víctimas, sin contar con una lista interminable de obscenidades a ex reinas de belleza, políticas y periodistas, y hasta denuncias de que le gustaba pasearse por los camerinos cuando las jóvenes concursantes de certámenes de belleza se cambiaban de ropa.

Las denuncias contra Trump han sido recurrentes y sostenidas y en nada se comparan, hasta el momento, con las quejas sobre el despliegue invasivo achacado al ex vicepresidente Biden.

Dejémoslo claro: el comportamiento de Trump no excusa a Biden. Es posible que el demócrata se haya pasado de la raya con mujeres que legítimamente se sintieron incómodas, pero Trump debería cerrar la boca como convenientemente la ha cerrado cuando ha tenido que convencer a su electorado de que él no es un posible depredador sexual, y se excusa diciendo que es una víctima de mujeres “mentirosas” y de la “prensa tergiversadora”.

Esto me recuerda cuando a fines de los noventa el entonces presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, atacaba despiadadamente a Bill Clinton por su affair con Monica Lewinsky, y después salió a la luz que, por entonces, él también mantenía un romance extra matrimonial.

Trump, además, se ha burlado de las mujeres en numerosos casos, por estar pasadas de peso, por pertenecer a minorías o por simplemente tener la menstruación. En realidad no pierde oportunidad para burlarse del sexo femenino. Peor aún: hay pagos de decenas de miles de dólares a mujeres que no ha podido ocultar y que eventualmente representarían violaciones de las leyes de campaña electoral en Estados Unidos.

Si bien Joe Biden debe cambiar su despliegue afectivo en esta época en donde se han reafirmado los movimientos en defensa de las mujeres, Trump debería cerrar la boca y acogerse al muy sabio y antiguo precepto de que “aquel que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”... Aunque es casi seguro que no lo consiga.

Siga a Sabina Covo en Twitter: @sabinacovo.

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