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Opinión

Para restaurar el tejido social necesitamos las lecciones de Atenas y Jerusalén

Decenas de visitantes hacen fila para entrar al museo y memorial Auschwitz-Birkenau en Oswiecim, Polonia. Según una encuesta de 2018, dos tercios de los “millennials” no saben qué fue Auschwitz.
Decenas de visitantes hacen fila para entrar al museo y memorial Auschwitz-Birkenau en Oswiecim, Polonia. Según una encuesta de 2018, dos tercios de los “millennials” no saben qué fue Auschwitz. NYT

En cuanto a prosperidad material, nunca hemos estado mejor.

Según el Banco Mundial, durante los últimos 25 años, más de 1,000 millones de personas fueron liberadas de la pobreza extrema. El promedio de esperanza de vida de un hombre nacido en 1919 era de 53 años; hoy, aquellos que llegan a 65 pueden esperar vivir 83. El capitalismo nos facilita comida, medicina, entretenimiento y conocimiento las 24 horas al día.

Sin embargo, los estudios muestran gran insatisfacción con nuestros sistemas socioeconómicos y una alarmante crisis de salud mental. “¿Por qué las cosas están tan buenas?”, y “¿por qué lo estamos desperdiciando?”.

Estas son las preguntas que el comentarista Ben Shapiro responde en su nuevo libro, “The Right Side of History”. Shapiro, a quien tuve el placer de conocer el mes pasado, postula que nuestros logros y libertades son productos de la cultura occidental, una civilización que comenzó hace 3,000 años en Atenas y Jerusalén. La fusión y tensión entre estos polos ha producido las mejores ideas jamás concebidas: Todos fuimos creados a imagen de Dios con libre albedrío, derechos naturales, el deber de cuidar de nuestras comunidades, derechos de propiedad y la capacidad de actuar virtuosamente.

Nuestros principios occidentales —ejemplificados por la revelación en el Sinaí y los documentos fundadores de Estados Unidos— han impulsado de manera inigualable a la humanidad durante su largo viaje desde los pantanos a las estrellas. Sin embargo, a pesar de su éxito, estamos erosionando los pilares que construyeron nuestra civilización. En 218 páginas, Shapiro muestra acertadamente cómo la fe y la razón están siendo reemplazadas por el tribalismo, materialismo científico, etno-nacionalismo y filosofías que aplican las teorías de Karl Marx a jerarquías de victimización.

Como suele a suceder, los extremos terminan siendo dos lados de la misma moneda. Mientras los despreciables racistas del “Alt-Right” sostienen que el Occidente es un logro de los blancos, la izquierda radical inadvertidamente apoya esta contención al menospreciar a la civilización occidental (especialmente la creación de este país) como el producto de opresores blancos. Claramente, nuestra historia incluye horrores, pero atrocidades como la esclavitud no sucedieron solamente en el Oeste. Es más, el Occidente fue la primera civilización en acabar con semejantes prácticas al reconocer la divinidad de cada ser humano.

Desafortunadamente, rechazar el Occidente está de moda. En las universidades, los posmodernistas enseñan que no existen verdades objetivas, resultando en que la lógica y el debate sean innecesarios. Otros reducen a la religión a banalidades como “ser una persona amable” mientras promueven relativismo moral. ¿El núcleo familiar? Un anacronismo patriarcal. Mientras tanto, los defensores de políticas de identidad priorizan las características inmutables y/o el pertenecer a minorías victimizadas sobre las buenas ideas.

Los resultados de abandonar los principios judeo-cristianos y el razonamiento griego son pésimos. Investigaciones científicas muestran que estamos emocionalmente quebrados, sobretodo los jóvenes. En marzo, la Asociación Americana de Psicología informó que entre 2009 y 2017 hubo un aumento del 63 por ciento de adolescentes con síntomas de depresión, mientras que se ha duplicado el número de niños tratados en hospitales por intentos de suicidio. Otro estudio indica que la mitad de los estadounidenses se sienten solos.

Nuestro empobrecimiento educativo también es perturbador. Una reciente encuesta mostró que dos tercios de los millennials no saben qué fue Auschwitz, el campo donde los nazis asesinaron a 1.1 millones de personas. Si esta nueva generación desconoce el Holocausto, ¿que van a saber sobre los gulags de Stalin, las hambrunas de Mao y los asesinatos del Che Guevara? No debemos sorprendernos que las encuestas también muestran que la mayoría de los jóvenes apoyan el socialismo, pero si tenemos que actuar. La combinación de ignorancia histórica y radicalismo político es peligrosa.

Afortunadamente, las soluciones al declive cultural del Occidente están a nuestro alcance. Un buen inicio sería revivir las enseñanzas de Aristóteles, Moisés, Tomás de Aquino, Maimónides, John Locke, Solzhenitsyn y los fundadores de este país. Debemos también enseñarle a nuestros hijos a apreciar nuestra civilización. La paz y prosperidad que disfrutamos no son la norma, sino anomalías históricas.

Vivimos en el penthouse de un edificio que demoró milenios en ser creado. Es ingenuo pensar que podemos destruir sus cimientos sin que la estructura se derrumbe. El pasado no fue perfecto, pero contiene las lecciones necesarias para restaurar el tejido social y construir un mejor futuro para nuevas generaciones. Les debemos esas herramientas.

Giancarlo Sopo es un estratega de las comunicaciones y relaciones públicas. Twitter: @GiancarloSopo.

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