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Opinión

¿Qué hacer con Trump?

Lo que el Informe Mueller ha confirmado es que Donald Trump está incapacitado para ser presidente: demasiado torpe hasta para conspirar con Rusia (actuó movido por su ego) y demasiado incompetente para obstruir la justicia (lo intentó en 11 ocasiones pero nadie obedeció sus órdenes).

Casi da lástima. Tan pobre de carácter que solo posee dinero; tan cegado por su ego que no vio que la investigación sobre injerencia rusa era solo el principio —y no el fin— de un horizonte tormentoso, con 14 investigaciones pendientes en varias fiscalías (referidas por Mueller). Y otras tantas pesquisas abiertas por el Congreso sobre sus impuestos, préstamos y negocios, que Trump está ahora desesperadamente intentando bloquear a golpe de demandas e intimidaciones a testigos.

El retrato que emerge del Informe Mueller es el que ya sabíamos: un hombre preso de sus miedos y sus olvidos. Estos últimos para olvidar los primeros. “No recuerdo” respondió en más de 30 ocasiones a las preguntas escritas sobre abusos de poder y corrupción. Nunca se atrevió a que el FBI y los fiscales le interrogaran en persona. Ese era el mayor de sus miedos (y lo que le ha permitido escapar a cargos de obstrucción, por el momento). Su otro gran pánico es a lo que, tarde o temprano, le espera: el destape de sus finanzas.

Hasta Richard Nixon obedeció la petición del Congreso de entregar las famosas grabaciones del caso Watergate. En cambio Trump, despreciando la función supervisora del Congreso y la división de poderes, ha montado una guerra de resistencia para impedir que se revele la verdad de sus mentiras. En particular si es tan rico como presume, o cómo ha hecho su dinero y cuánto ha recibido del extranjero, y si ha pagado debidamente sus impuestos.

El lunes demandó simultáneamente al jefe del Comité de Supervisión del Congreso por haber solicitado 10 años de sus reportes financieros; y hasta a sus propios contadores, Mazars USA, para disuadirles de cooperar con las investigaciones. También pretende boicotear la petición de seis años de sus impuestos requerida por el Comité de “Ways and Means”. Pero ésta le resultará imposible porque la ley es rotunda: el IRS “debe” obligatoriamente entregar los impuestos de cualquier ciudadano requeridos por ese comité.

Trump sabe que su única opción es comprar tiempo, tanto para la entrega de sus impuestos, como de los estados financieros. Y sabe igualmente que no podrá frenar otra de las solicitudes del Congreso, realizada por el Comité de Inteligencia a nueve bancos extranjeros, entre ellos Deutsche Bank, una institución condenada por lavado de dinero de la mafia rusa, que le prestó millones al presidente cuando los bancos estadounidenses se lo negaban.

La última ofensiva de Trump se resume así: el líder de la rama ejecutiva del gobierno (él) le pide a la rama judicial (a través de demandas en las cortes) que detenga a la rama legislativa (el Congreso) de investigar su pasado financiero. Es decir, viola todas las normas constitucionales de separación de poderes, todos los valores que hicieron de está nación un ejemplo para el mundo. Hasta su llegada a la Casa Blanca.

Al igual que en Watergate, las investigaciones actuales siguen la pista del dinero, follow the money. Pero a diferencia de aquel escándalo en el que los congresistas y senadores republicanos respetaron la Constitución y protegieron la institución de la presidencia votando a favor del impeachment (juicio político) de Nixon, los actuales republicanos han abdicado sus responsabilidades. Apoyando a un presidente a sabiendas de que es un incapacitado moral e intelectual, a cambio de mantenerse en el poder. Ellos son mucho más responsables que el propio Trump de la degradación de la democracia de Estados Unidos. La historia les juzgará a ellos mucho peor que al egomaníaco que esconde sus marañas financieras y tuitea odio y estupideces desde la Oficina Oval.

A estas alturas, lo pertinente para el país es plantearse, ¿qué hacer con Trump? Obvio que merece un escarmiento por los daños infligidos desde hace tres años, que merece ser sacado de la presidencia, pero la cuestión es cómo. Servidora opina que los demócratas cometerían un suicidio si proceden con un juicio político , destinado a morir en el Senado, ya que probablemente ningún republicano tendría la valentía de votar en conciencia.

Solo lograrían que Trump quedara a la larga con una mancha en su presidencia. Que es bastante, pero no suficiente ni eficaz. Pero a corto plazo, Trump lo usaría en la campaña electoral para hacerse la víctima de persecución política. Que no es víctima sino victimizador, pero a los trumpistas, que son sus principales víctimas, le apoyarían aunque “disparara a gente en la Quinta Avenida”, como dijo el propio Trump.

Pero como los trumpistas disminuyen cada vez más (30 por ciento) pues el mejor castigo a Trump sería que el Congreso y los tribunales sigan destapando sus trapicheos y en noviembre de 2020 derrotarle con votos. Para restablecer así la decencia en nuestro país y la dignidad ante el mundo.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de abril de 2019, 8:28 p. m..

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