Opinión

Retrato de una familia cubana al borde del infierno

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Mis abuelos por parte de padre, fueron legendarios en Mantilla, donde se ocuparon de una familia cuantiosa. Ir a visitar su casa, el lugar donde vine al mundo, pues mis padres vivieron allí al principio de su matrimonio, siguió siendo siempre como una fiesta.

Me cuentan que la casona de madera se ha ido renovando durante los años, gracias a los esfuerzos de mi tía Cacha y hoy es más grande y de mampostería. Pienso, sin embargo, que la magia no se disipó porque lo importante de aquellos Ríos de Mantilla es el código de afecto que los une.

Mi abuela Sara solía decir que los vivos no son invitados a un almuerzo o un café, sino que se les sirve. El resto de la familia se educó en medio de ese contagio dadivoso. Tíos, tías, primos y primas, con toda la complejidad y contradicciones de una familia grande, se caracterizan por la palabra afectuosa y el gesto de mutua admiración que impele ser miembro de una estirpe.

Hace ya unos cuantos años, el tío más joven de los Ríos, Pipo, hombre apuesto y afable, fundó su propia familia con Moraima, mujer encantadora. De ese matrimonio nació Anoland, mi prima, quien es una combinación esmerada de tanto amor.

Ella se hizo doctora y en una columna anterior referí su ordalía por las selvas de Sudamérica para llegar a Estados Unidos, poco antes de que la anterior administración terminara con la política de “pies secos, pies mojados”.

En aquella ocasión le auguré lo que ha ocurrido: Anoland ya es parte social y productiva de Estados Unidos. Nos honra con su trabajo.

Recientemente, sin embargo, debió regresar urgentemente a Cuba, para tratar de despedirse de su madre, la Mora, gravemente enferma.

Con su anuencia he tomado el testimonio terrible de ese viaje que colgó en Facebook, para que no se siga trivializando en otros ámbitos la dictadura que mantiene a la isla, según la opinión de mi prima, en la ruina material y moral de una postguerra.

“A nuestros amigos, que son muchos, les cuento la increíble causa, por la que mi mamá, hoy partió. En febrero 28, la operaron de urgencia en La Dependiente, por una complicación de una hernia abdominal. En marzo 2, le dieron el alta, y un tratamiento con amoxicilina. A los 4 días, hubo que ingresarla nuevamente por infección de la herida.

Entonces no salió más del hospital, la infección cada día fue mayor. En el hospital nunca dieron con el antibiótico adecuado, la reintervinieron varias veces para tratar de limpiar la herida, se le pudrió la malla que le habían colocado la primera vez que la operaron.

Las curas fueron horriblemente dolorosas, y así las cosas hasta que llego el shock séptico, la infección tomó todos sus sistemas, las toxinas le destruyeron sus órganos, y cayó en coma, hasta que murió.

De mi papá, mi Tata, y muchísimos otros, recibió todo el cariño, la atención, cuidados y amor, posibles. De los de este lado, aunque no teníamos pasaportes para poder viajar y estar allí, igual recibió todo el cariño, y todo lo demás, que fue necesitando durante el proceso.

Hoy no tenemos consuelo, porque era una mujer muy sana, no tenía ningún padecimiento, que justificara esa infección tan grande que la llevó a la muerte, fueron causas externas, como la incapacidad de los médicos, la intransigencia para permitir cambiarla a otro hospital, las condiciones de inmundicia del hospital donde las cucarachas caminan encima de los pacientes. No pudo verme, pues mi pasaporte llego tres días antes de su muerte, y cuando llegue, ya estaba en coma”.

Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv.

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