Opinión

¿Será Trump la punta del iceberg de un cáncer político?

Yo estoy de acuerdo con Joe Biden, Donald Trump está acabando con la democracia de Estados Unidos.

Y lo peor es que lo está haciendo con el beneplácito de los políticos de su partido, que lo deja a uno con la impresión de que lo que quieren muchos de ellos es una dictadura. Tal vez deba corregirme: quieren una democracia que funcione solo cuando ellos no estén en el poder. Pero eso, sumado a que trampean las elecciones, es precisamente lo que es un dictador.

Aunque quedan unos cuantos, los dictadores ya no son personajes que asaltan los palacios presidenciales con fusiles y tanques de guerra. Ahora, de Putin a Chávez a Maduro, los dictadores se hacen elegir primero con un discurso populista, y después, paulatinamente, comienzan a saltarse las reglas de la democracia hasta que la dejan hecha añicos. Al principio gozan de la venia de un pueblo obnubilado, hipnotizado, que ve en su gobernante a una especie de mesías. Y cuando se quieren despertar del hechizo, resulta que ya no son dueños de su voto.

Pero incluso esos Chávez, Putin, Maduro, no hicieron trampa la primera vez. Mintieron en sus campañas, claro, disfrazándose de ovejas. Pero a esos tres personajes no los ayudó ninguna potencia extranjera a que salieran elegidos. Como sí ayudaron, y está demostrado hasta el cansancio, los rusos a Trump.

Así que no solo tenemos a un presidente que no fue electo por la mayoría de los estadounidenses (lo que es la base de toda democracia) sino que además llegó a la Casa Blanca haciendo trampa. ¿Qué se puede esperar ahora que está en el poder?

Pues lo que estamos viendo: un presidente que les ordena a todos los funcionarios de su gobierno, que se nieguen a presentarse para una de las tareas más importantes de la democracia, la supervisión del Congreso. “Vamos a pelear todas las citaciones”, les dijo Trump a los reporteros en las afueras de la Casa Blanca esta semana. Dicho y hecho, el presidente de EEUU ha bloqueado cada pedido de documentos o testimonios que, con su poder de citación escrito en la Constitución, ha emitido el Congreso a través de sus comités.

Niegan el pedido de su declaración de impuestos. Niegan el testimonio de Don McGahn, el ex jefe de abogados de la Casa Blanca que le dijo bajo juramento a Robert Mueller que Trump le ordenó que lo despidiera, en un caso flagrante de obstrucción a la justicia. Niegan que brinde testimonio un funcionario del Departamento de Justicia en el caso de la pregunta de la ciudadanía en el censo. Niegan todo.

Y, lo hacen bajo la orden expresa de su jefe. ¿Cómo es posible que haya senadores y representantes que acepten esto? ¿Será que esta situación lleva más tiempo de lo que pensamos y Trump solo sea un síntoma de la enfermedad que sufre un partido que tiende ahora al autoritarismo? ¿Será que Trump es solo la punta del iceberg de un cáncer que ha hecho metástasis en el cuerpo de uno de los dos únicos partidos de la democracia más antigua del planeta?

Un puñado de senadores republicanos se negó a secundar a Trump en el caso de la declaración de emergencia para construir el muro. Lo hicieron, dijeron, no porque no estén de acuerdo con el presidente, o porque no les pareciera que el presidente deba pasarle por encima al Congreso, sino porque después un demócrata podía hacerlo. Pero bueno, lo hicieron.

Sin embargo, ahora que el presidente desafía descaradamente de nuevo la autoridad del Congreso, callan.

Algún día, a todos, nos va a doler ese silencio.

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