Los verdaderos enemigos de nuestra democracia no son los rusos
Hubiera sido un golpe de estado perfecto si la póliza de seguro —la falsa narrativa de que hubo coordinación en las pasadas elecciones entre el equipo de campaña de Donald Trump y el gobierno de Vladimir Putin—hubiera logrado su objetivo: destituir al presidente legítimamente electo de Estados Unidos e invalidar el voto de más de 62 millones de estadounidenses.
Afortunadamente no fue así, y nuestra democracia ha sobrevivido intacta este fiero ataque a la integridad de su sistema electoral.
El fiscal especial Robert Mueller concluyó su investigación sobre la llamada conspiración rusa con un veredicto favorable al presidente Donald Trump, y ello ha enfurecido a la izquierda y sus acólitos en el Partido Demócrata. La investigación de Mueller fue profunda y exhaustiva. Duró dos años, y contó con un equipo legal favorable a los demócratas y un costo estimado en $25 millones. A pesar de ello, el fiscal especial no encontró evidencia alguna de colusión.
¿Caso cerrado? No para los demócratas, para quienes aparentemente solo un veredicto de culpabilidad los hubiera complacido y nos han prometido mas investigaciones, aunque ello los conduzca al ridículo. Adam Schiff, jefe del Comité de Inteligencia de la Cámara, lleva tiempo sosteniendo que tiene pruebas, y aún después del reporte de Mueller afirma que “la evidencia está a la vista”. Cabe preguntar, ¿por qué no la presenta?
Alguien debería contarle a Schiff la historia del político cubano Eduardo Chibás y las consecuencias de quedar mal ante el foro público.
Chibás fue un senador cubano que en 1951 aseguraba en su programa de radio que le iban a entregar pruebas de que el ministro de Educación, Aureliano Sánchez Arango, había usurpado fondos. Al no poder producirlas en la fecha indicada, se hizo un disparo en el vientre durante su transmisión radial, y aunque se pensó que sobreviviría, murió 11 días después terminando así su prometedora carrera política.
Schiff bien pudiera estar encaminándose a un suicidio político. Los nueve miembros republicanos del comité le han pedido su renuncia; y si también pierde la confianza de los medios de inteligencia, es muy probable que Nancy Pelosi lo reemplace.
Creo que lo mejor para los demócratas es pasar la página de este ominoso pasaje del cual han salido muy mal parados, y abandonar la actitud de desacato y rebeldía que los llevó a crear La Resistencia a raíz de ser electo Donald Trump. Con ello estarían honrando nuestro legado histórico, siendo las urnas el único lugar para destituir al primer mandatario.
Pero si los demócratas deben pasar la página, los republicanos no se pueden dar ese lujo, y están en el deber de desenmascarar a los involucrados en este vil ataque a nuestra democracia.
Porque a simple vista luce que durante la administración de Barack Obama, un grupo de burócratas en las mas altas esferas del FBI y el Departamento de Justicia conspiraron libremente para proteger y exonerar a Hillary Clinton con el propósito de llevarla a La Casa Blanca, y de no ser electa, activar la póliza de seguro para destruir la presidencia de Trump. Con ese fin, los recursos del FBI y el Departamento de Justicia fueron movilizados para espiar la campaña de Trump y envenenar la conciencia nacional con una mentira.
Las voces de la irracionalidad piden mas investigaciones sobre el Presidente y se aferran a un proceso de destitución con base ahora en obstrucción de la justicia, ya que Mueller descartó una colusión.
Ello es inconcebible, porque esto último elimina lo primero; donde no hubo crimen, no puede haber obstrucción de la justicia. Pero resulta irónico, sin embargo, que ninguna de estas voces pida una investigación para descubrir quienes fueron los autores de esta patraña que dividió el país, costó millones y pudo haber profanado el proceso democrático que iniciaron los Padres Fundadores. Un grave crimen que no puede quedar impune.
Porque el verdadero ataque a nuestra democracia no lo perpetraron los rusos con su injerencia en nuestras elecciones, sino un grupo de elitistas fanáticos que, desde adentro, intentaron asegurar la continuidad de mando del Partido Demócrata que les garantizaría mantener su influencia en las esferas del poder.
Ellos, y no los rusos, son los verdaderos enemigos de nuestra democracia y constituyen una amenaza real que debemos afrontar con severidad.
Escritora y Activista de Derechos Humanos.