Opinión

Una batalla por el alma de Europa

“Europa de las Naciones”, lema que los populistas ondearon esta semana en su último acto de campaña en Milán, el 18 de mayo de 2019, liderado por el italiano Matteo Salvini.
“Europa de las Naciones”, lema que los populistas ondearon esta semana en su último acto de campaña en Milán, el 18 de mayo de 2019, liderado por el italiano Matteo Salvini. AP

Este domingo la Unión Europea elige su destino en medio de una encrucijada histórica. No es una exageración. El continente en pleno acudirá a votar bajo el asedio de quienes, desde adentro y desde afuera, quieren dinamitarlo en pedazos y desplazarlo del tablero de poder global, para que solo Rusia, China y Estados Unidos jueguen la partida del futuro.

Una ficha clave en esa partida son las elecciones al Parlamento (751 escaños representando a 513 millones de habitantes), convertidas en campo de batalla entre las fuerzas políticas favorables a la Unión Europea (UE) y las que quieren destruirla: populistas de ultraderecha xenófoba que, a modo de quinta columna, actúan con el apoyo explícito de Vladimir Putin, el aplauso de Donald Trump y la enorme ayuda de su exconsejero, Steve Bannon, convertido en apóstol del movimiento antieuropeísta.

Es una batalla por el alma de Europa.

El nacionalismo populista está lejos de ganar mayorías, pero ha crecido lo suficiente para socavar los cimientos de unidad y paz próspera que Europa fue construyendo tras la II Guerra Mundial. ¿Quiénes son y cómo están logrando avanzar? Y ¿cómo puede impactar el destino de Europa al resto del mundo?

Integran el movimiento nacionalista partidos como el de Marine Le Pen en Francia, Geert Wilders en Holanda, Matteo Salvini en Italia y Viktor Orban en Hungría (y en al menos otros 9 países), que en los últimos años han capitalizado el desencanto social tras la crisis económica de 2008 y la ira contra la ola de refugiados de Siria.

No solo contra los refugiados, la inmigración en general, masiva en los últimos 10-15 años, en un continente históricamente desacostumbrado a la llegada de culturas extranjeras (a diferencia de EEUU), ha sido el gran detonante de esta lucha por la identidad y el futuro de Europa.

Y aunque el sentimiento antiinmigrante es minoritario, los populistas de ultraderecha lo explotan al máximo para acusar a las élites de gobierno en Bruselas de traicionar a los pueblos europeos tolerando fronteras porosas.

Lo que los Salvini y compañía llaman “traición” es en realidad el espíritu de acogida, que ha sido un pilar de los ideales de la UE. El multiculturalismo. Ahora esgrimido como una espada en la guerra identitaria, con el fin último de eliminar la soberanía compartida entre los 28 países que componen la UE y volver a la “Europa de las Naciones”, lema que los populistas ondearon esta semana en su último acto de campaña en la Piazza del Duomo de Milán.

Allí reunidos y mientras sonaba el aria Nessun Dorma de Turandot de Puccini, los 12 socios de las corrientes ultranacionalistas fueron arengando a la masa con sus eslóganes “contra la islamización de Europa”, “contra los tecnócratas de Bruselas” … Convocando “una revolución” que expulse a los que ahora gobiernan y a los inmigrantes, bramó el anfitrión y recién coronado líder del movimiento antieuropeista, Salvini: “Si hacéis que seamos el primer partido en Europa, la política antiinmigrante la llevaremos a toda la UE y aquí no entra ni uno más”, dijo rodeado de carteles con la consigna “Primero Italia”.

Vociferan mucho y puede que canibalicen votos de los partidos conservadores tradicionales, pero aunque consiguieran formar un bloque disruptivo en el Parlamento, los sondeos sobre “si salir o permanecer” en la UE les dan la espalda: al menos el 64 por ciento de los ciudadanos de los distintos países prefieren la unión continental.

¿Quién en su sano juicio querría salirse de un gobierno supranacional que ha conseguido, entre otros beneficios, que Europa tenga el nivel más bajo de desigualdad social del mundo? (De momento solo los británicos, aunque el Brexit está lejos de consumarse, por la gran cantidad de arrepentidos).

Quizá el problema de los europeos es que estamos acostumbrados a vivir demasiado bien, con un sistema de bienestar social muy superior –sí, muy superior– al de EEUU y otros países del llamado primer mundo. Con las diferencias y peculiaridades lógicas, desde luego, entre los estados miembros de la UE. España por ejemplo tiene un extraordinario sistema de sanidad pública, mientras que el británico es deficiente.

Otra peculiaridad en el caso de España es que el partido de ultraderecha, Vox, no está considerado tan radical como los del movimiento encabezado por Salvini. Tienen mucho en común, ciertamente las raíces endógenas y el ideario nacionalista, pero Vox ha prosperado ante todo como respuesta al independentismo catalán.

Según los pronósticos, los dos grupos mayoritarios del Parlamento seguirán siendo los europeístas de centro derecha y centro izquierda tradicionales (conservadores y socialistas). Los euroescépticos aspiran a formar una Alianza de los Pueblos y las Naciones para cambiar los equilibrios de fuerzas en el continente.

Sería el principio del sueño de Putin de deshacer la UE y romper la relación trasatlántica Europa-Estados Unidos, especialmente la OTAN. Al fin y al cabo, el Kremlin financia gran parte de la ultraderecha populista.

Tristemente Trump es el primer presidente de EEUU que desprecia a los aliados europeos, haciéndole el juego a Putin.

Razón de más para que hoy más que nunca la UE fortalezca su autonomía estratégica y continúe siendo un faro de democracia y estabilidad, frente al autoritarismo en expansión planetaria. Frente a la ambición de China, el revanchismo resentido de Rusia y el nacionalismo de la América de Trump.

Periodista y analista internacional.

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