Robert Mueller, un verdadero ejemplo
En la declaración en la que anunció el fin de la investigación y su salida del Departamento de Justicia el miércoles, el fiscal especial Robert Mueller aclaró varios temas.
El primero es que Rusia sí interfirió en las elecciones de Estados Unidos con el fin de favorecer a Donald Trump. El segundo, que no halló pruebas suficientes para asegurar que la campaña de Trump y el entonces candidato conspiraron junto al Kremlin. El tercero, que él y su equipo no acusaron al presidente, porque, según él, es inconstitucional que el Departamento de Justicia acuse a un presidente en ejercicio. Y cuarto, que todo lo que tiene que decir está en las páginas del informe que presentó al secretario de Justicia, William Barr, cuya lectura le recomienda a todo el pueblo estadounidense.
Seguramente por su manera de ser, por esa absoluta discreción e integridad a prueba de balas, el público no tiene muchas noticias de funcionarios como Robert Mueller. Pero a mí no me cabe duda de que son las personas como él, las que sostienen y han sostenido por tanto tiempo a Estados Unidos como la primera potencia del planeta.
Robert Mueller no se dejó llevar nunca al terreno de los insultos y calumnias con las que intentaron enfangarlo el presidente y su séquito. De su equipo de fiscales no salió jamás una sola filtración a la prensa, lo que demostró no solo su inmensa disciplina, sino su capacidad para escoger a los mejores en su equipo.
En un puesto en el que ha podido tener todo el protagonismo, en el que sus palabras habrían estado durante estos dos años en las primeras planas, el fiscal especial optó por hablar simplemente a través del accionar de la ley. Lo que su equipo hacía, lo sabíamos por los documentos y requerimientos que suministraba a las cortes. Y, en un mundo en el que hoy sobran los bocones, Robert Mueller nunca habló ni bien ni mal de nadie hasta el final, cuando agradeció el excelente trabajo de los fiscales que lo acompañaron.
No me espero tampoco que en unos meses nos enteremos de un libro suyo. Su único libro es su informe, del que dijo, “cada palabra está cuidadosamente escogida”. Así como, con igual corrección, dijo de forma clara y certera que “si hubiéramos tenido confianza en que el presidente no cometió un crimen, lo habríamos dicho”. Y no lo dijo.
No sé si sean amigos, pero para mí hay una diferencia de aquí a otra galaxia, entre Mueller y quien lo reemplazó en el FBI, James Comey. Comey quiso el protagonismo durante la campaña, cuando habló de una investigación en curso y se reservó otra. Y después de que Trump lo despidió, calló, hasta que lanzó su libro, que entonces sí eligió decirlo todo.
No creo que con Mueller en el FBI, Vladimir Putin habría tenido el mínimo chance de inmiscuirse en la democracia de Estados Unidos. El ex presidente Barack Obama todavía debe estar arrepentido de haber nombrado a Comey.
Pero a veces entre discusiones con respecto al presidente y si el Congreso debe juzgarlo, quizá nos perdamos en lo más crítico de todo esto: que una potencia rival se metió en las elecciones del país y, valiéndose de todo tipo de engaños y artimañas cibernéticas, puso en La Casa Blanca al presidente que quiso. Es decir, que hoy no solo nos gobierna alguien que ganó con trampa, sino que lo hizo ayudado por uno que desea ver aplastado a Estados Unidos.
Agradezco desde aquí, el trabajo de esos “Mueller” silenciosos, que no han permitido que eso suceda.
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Esta historia fue publicada originalmente el 30 de mayo de 2019 a las 7:30 p. m..