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Opinión

Mi experiencia en la frontera ayudando a niños migrantes

Frontera entre México y Estados Unidos, cerca de Tijuana.
Frontera entre México y Estados Unidos, cerca de Tijuana.

Cuando caminé desde San Diego, Estados Unidos, a Tijuana, México, eran alrededor de las 11 de la noche. Tenía mi pasaporte y un bolígrafo en la mano listos para llenar los documentos de entrada. Cuatro chicas que no pasaban de los 20 años que vivían en San Diego o Los Ángeles caminaban a mi lado, parándose a hacer selfies y hablando con entusiasmo sobre la noche de fiesta que les esperaba al otro lado de la frontera, en donde la edad para tomar no es 21 años.

Cuando miré a la derecha, pude ver las filas de autos que esperaban para cruzar de México a Estados Unidos. Seguí caminando y finalmente llegué a una habitación grande con escritorios y torniquetes (barreras de acceso), y algunos agentes de inmigración. Caminé más despacio y los miré, parecían aburridos y me hicieron señas para que pasara. Afuera, algunos guardias militares armados con ametralladoras se pusieron de pie y me dieron la bienvenida a Tijuana. “Mantente a salvo”, todos me advirtieron, y el mensaje lo tenía en mi mente mientras caminaba hacia México.

Tijuana, más que otras ciudades fronterizas, es conocida por ser un lugar en donde no se respetan las leyes. Pero sentía que no corría tanto peligro como los solicitantes de asilo a los que iba a ayudar. Los migrantes son los más vulnerables en este lugar donde dos países parecen gobernar, junto con los carteles de las drogas y la economía clandestina.

Como parte de mi trabajo voluntario con la organización Al Otro Lado, el mes pasado me encargaron caminar con 11 menores no acompañados (UAC por su sigla en inglés) para que se presentaran en el punto de entrada a EEUU. Los agentes fronterizos me interrogaron y hostigaron, y me preguntaron por qué estaba allí, pero en última instancia todos los 11 chicos y chicas pudieron pasar.

Algunos de los niños valientes que conocí eran de Honduras, Guatemala, Guinea, Camerún, Haití y México. La semana después de que me fui, algunos niños trataron de presentarse solos y fueron devueltos por la Patrulla de Fronteras y Aduanas (CBP), lo que demuestra la importancia de tener un observador para asegurar que las autoridades de inmigración cumplan con sus funciones.

En diciembre del 2018, un grupo de abogados y la representante del Congreso, Pramila Jayapal, durmieron durante la noche en el puerto de entrada de Mexicali y finalmente pudieron supervisar la entrada de dos UAC y tres adultos solicitantes de asilo.

“No debería tomar la intervención de un miembro del Congreso y de un jefe de la Patrulla Fronteriza increíblemente compasivo para aquellos que huyen de la violencia y la persecución para buscar asilo en Estados Unidos”, escribió Jayapal en Twitter después del incidente.

El pasado abril fue mi segunda vez allí, y en los siete meses desde que hice mi primer viaje, el “apocalipsis” llegó a la zona fronteriza, como lo describe la directora de Al Otro Lado y mi amiga Nicole Ramos. La caravana de migrantes que había llegado en noviembre del 2018 había inundado la ciudad de Tijuana con almas asustadas y traumatizadas que buscaban refugio. Campamentos improvisados aparecieron alrededor de la ciudad, y el equipo de Al Otro Lado entró en acción. Mientras tanto, Estados Unidos estaba incrementando la militarización de la frontera.

El lado mexicano de la frontera con Estados Unidos es un lugar extraño tras un largo viaje migratorio. Después de días, semanas y meses en donde la adrenalina y los instintos de supervivencia te impulsan a seguir adelante, llegas a un punto en donde comienza una larga espera... y esperas... y esperas... y esperas.

La depresión, el trastorno de estrés postraumático y la angustia existencial aparecen y empiezas a cuestionar tu futuro, tu presente, tu pasado, mientras tratas de reunir fuerzas para el momento en que serás separado de tu hijo o cónyuge, detenido durante un largo período de tiempo o afectado por cualquier otro evento desconocido.

Una razón importante para la demora es la lista de espera de asilo establecida hace aproximadamente un año.

Que las autoridades mexicanas y estadounidenses estén cooperando es un secreto a voces. Al citar problemas de capacidad, EEUU no admite a todos los migrantes que se presentan en el puerto de entrada para solicitar asilo.

En cambio, los migrantes que desean solicitar legalmente asilo en Estados Unidos deben colocarse en una lista. Lo primero que se hace cada mañana a las 7 es que los solicitantes de asilo se reúnen en la plaza del Chaparral, o Ped West, para poner sus nombres en el registro, obtener un número y luego verificar cuáles son los números que están siendo llamados ese día. Los números indicados para el día son los que se llevarán a la custodia de EEUU y ICE y serán colocados de inmediato en “la hielera”. De 10 a 40 personas por día son colocados bajo custodia de EEUU, según lo que CBP le ha dicho al Grupo Beta, el brazo humanitario del Instituto Nacional de Migración de México que administra la lista.

La hielera es una habitación fría y es la primera parada en el proceso de detención de los inmigrantes. Las personas describen la habitación como estéril, sin camas, y las que se sientan en el suelo se colocan una encima de la otra. La mayoría de las personas dicen que se quedaron entre cuatro y cinco días, durante los cuales, en algún momento, un funcionario de inmigración los llamó a su Entrevista de Temor Creíble (CFI, por su sigla en inglés). El CFI es cuando un migrante habla con un oficial de asilo quien determina si existe alguna posibilidad de que la solicitud de asilo sea considerada por un tribunal de inmigración.

Para aquellos que esperan que sus números sean llamados, esto puede tomar de 4 a 7 semanas. Durante este tiempo, las personas se ven obligadas a quedarse en Tijuana. Algunos tienen la suerte de encontrar comida y alojamiento en refugios gratuitos, pero pasan el día demasiado asustados para ir afuera porque no quieren ser detenidos por las autoridades de inmigración mexicanas o por las personas de las que huyeron.

Nunca olvidaré mis interacciones con una joven haitiana de la que me hice amiga. Esta niña de 15 años que viajaba sola me llevó al lugar donde se alojaba. Era esencialmente una habitación grande con pequeñas separaciones de muros y las únicas otras personas que vi allí eran hombres haitianos y africanos. La chica Había dejado su país cuando solo tenía 14 años. Después de encontrarse con dos jóvenes guineanos en el bosque entre Colombia y Panamá, ellos la mantuvieron a salvo durante toda el recorrido por América Central y México.

El día que se fueron a Estados Unidos, ella todavía no estaba lista, así que se quedó atrás. Ella vino a buscarme ya que yo hablaba francés. Decidí llevarla de compras y me dijo que nadie le había comprado un regalo antes. Ella eligió un par de zapatos cerrados, porque solo tenía chanclas.

Después de 10 días de escuchar historias de terror y sentir que las políticas y procedimientos parecen estar fuera de alcance de muchos, al menos sé que ayudé a una niña a entrar a un nuevo país y a una nueva vida con unos zapatos nuevos y seguros.

Maya Ibars es una abogada de inmigración de Catholic Charities Legal Services, en la Arquidiócesis de Miami. Puede enviarle preguntas a mayaibarslaw@gmail.com.

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