Opinión

Pompeya, una ciudad que no deja de sorprender

Una sección de la ruinas de Pompeya con el monte Vesubio en el fondo, en Italia.
Una sección de la ruinas de Pompeya con el monte Vesubio en el fondo, en Italia. Archivo/Miami Herald

Pompeya pudo haber llegado a ser una importante ciudad de nuestra época.

O pudo haber desaparecido en el tiempo, como tantas otras ciudades romanas de la antigüedad, dejando en su camino hacia el olvido un leve rastro de columnas destruidas y capiteles dispersos.

Pero no fue así. Ni se convirtió en una ciudad moderna, ni terminó siendo, entre las ruinas de algún coliseo, un atisbo de pasadas glorias imperiales. Todo lo contrario. La erupción del Vesubio en el año 79 de nuestra era la preservó casi intacta —bajo una capa de lava y cenizas— para la posteridad.

Es por eso que, casi tres siglos después de su descubrimiento, cuando los visitantes atraviesan la Porta Marina y ven sus casas, sus templos, sus calles, sus prostíbulos y hasta los cuerpos conservados de sus habitantes, inmóviles en la cotidianeidad de sus vidas truncadas, es como si atravesasen un misterioso umbral que conduce al pasado.

Hace unos años, cuando la visité, los recorridos turísticos comprendían los mismos lugares de siempre: el Templo de Venus; la Basílica, donde los magistrados impartían justicia; el Macellum, un mercado bajo techo donde se vendían carnes y pescados; la Casa del Fauno, llamada así por la estatua de bronce del mítico personaje que se halla en el centro de lo que fue un estanque; la de los Cupidos Dorados, perteneciente a la segunda esposa de Nerón; la casa de la familia Vettii, en cuyas paredes espléndidamente decoradas, pueden verse algunas escenas de fuerte contenido erótico, sobre todo en las del famoso mural de Príapo, en el que abundan numerosas representaciones fálicas; y la de Menander, una de las más opulentas, con las paredes de sus habitaciones adornadas con hermosas pinturas, entre ellas una en la que puede verse a Ulises en la Guerra de Troya.

Y, claro, el Foro, centro de la vida pública de la ciudad y desde donde pude ver, en su amenazante esplendor, el Vesubio.

Sin embargo, ese conocido recorrido turístico está a punto de cambiar. Y es que este pasado mes de marzo los arqueólogos, que habían comenzado a excavar un año antes, han descubierto nuevas calles y mansiones perfectamente conservadas.

Muchas de ellas ya han sido bautizadas: el Callejón de los Balcones, un conjunto de varios edificios en los que en cada uno pueden verse tres ventanales casi intactos; la Casa de los Delfines, con sus coloridos frescos de animales: un pavo real, un loro y varios ciervos. Y la de Júpiter, la más suntuosa de todas, dedicada al principal dios de la mitología romana.

No hay un día en que no descubran algo nuevo. A veces son las evidencias de la vida diaria de sus pobladores antes de la erupción: mesas, camas, candelabros, joyas, ánforas y perfumes.

Los hallazgos se suceden uno tras otro. El más reciente de ellos —y quizás el más sorprendente— son los restos de tres mujeres y dos niños, encontrados en un dormitorio donde aparentemente trataron de resguardarse del fuego y las cenizas. Viendo las fotos de sus cuerpos calcinados es imposible no imaginar el terror que sintieron cuando vieron correr hacia ellos la lava que los sepultaría.

Cuando el llamado Gran Proyecto Pompeya concluya y se puedan visitar sus nuevos yacimientos, estoy seguro que quienes lo hagan los recorrerán con un asombro aun mayor que los que lo hicieron primero.

Y estoy seguro también que cuando vean el Vesubio alzándose en la distancia entre retazos de nubes, no les parecerá el verdugo implacable que sepultó con su furia telúrica a Pompeya, sino el celoso guardián de sus ruinas.

Manuel C. Díaz es un escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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