Trump, Irán y el despilfarro de la hegemonía americana
Donald Trump sabe que ningún presidente ha perdido la reelección en tiempos de guerra. Así es que está fabricando una, con Irán.
O dejando que se la fabriquen los “halcones” de los que se ha rodeado, para poder culparles en caso de que salga mal. La única incógnita es hasta qué grado está dispuesto a escalar un enfrentamiento con el régimen de los Ayatollahs.
Si el creciente ruido bélico desemboca en una confrontación abierta, ya sea por accidente o por diseño, el incendio de todo Oriente Medio está prácticamente asegurado. Y la repercusión mundial también. La desastrosa guerra de Irak, en comparación, quedaría como una anotación a pie de página en la Historia.
Irán no es Irak. Los persas no ceden ante las presiones y son feroces como enemigos, aún sin armas nucleares. No las han podido desarrollar gracias al Acuerdo Nuclear de 2015, que aunque imperfecto ha servido como détente. Teherán lo ha estado cumpliendo pero acaba de anunciar que violará una de sus cláusulas —traspasar el límite de almacenaje de uranio—, en respuesta a las provocaciones de la Casa Blanca.
El duelo ha entrado en un callejón muy obscuro.
Entre otras “provocaciones”, Trump primero anuló la vía diplomática al retirarse unilateralmente del Acuerdo Nuclear; recientemente ha mandado otros 2,500 soldados a la zona; y no ha cesado de lanzar amenazas: “Si Irán quiere pelear será el fin oficial de Irán”. Aparentemente el “fin” significa que el presidente de Estados Unidos estaría dispuesto a aniquilar a un país de 80 millones de personas, y la forma de hacerlo sería con bomba atómicas.
Como es habitual en Trump, ha alternado la retórica belicista con la pacifista (“No quiero una guerra”), para confundir y desviar la atención de la realidad. Y la realidad es que la campaña de presiones —verbales, económicas y militares— no ha logrado doblegar al Ayatollah Ali Khamenei, y ahora Trump se ve arrinconado con sólo dos opciones: dar marcha atrás, o hacia delante y declarar guerra. Después del derribo el jueves de un drone estadounidense por parte de Irán, el presidente dijo que el país “había cometido un gran error”.
Un ataque a Irán, puesto en el contexto de la agenda política de Trump, tiene sentido. Un perverso sentido. Es una pieza más de su estrategia para crear un clima de desestabilización global. A tales fines, ha ido desplegando el arsenal económico: guerras comerciales, sanciones, listas negras, etc.
Pero parece que sus inseguridades electorales, sumadas al empuje de los halcones de su equipo y a las intrigas de sus amigos Benjamín Netanyahu y Mohamed Bin Salman están activando otras armas de desestabilización masiva. Y aquí entra en escena un potencial ataque militar a Irán, para el que la Casa Blanca está buscando justificaciones. Y los iraníes, con sus últimas agresiones a petroleros en el Golfo de Omán y a drones, están peligrosamente probando a Trump.
El plan para crear un casus belli no es nuevo. Trump lleva un año colocando piezas en el tablero de guerra: en mayo de 2018 se retiró del Acuerdo Nuclear, en el que permanecen la Unión Europea, China y Rusia. A todos ellos les dejó perplejos. De eso se trataba, de maximizar el “efecto desestabilizador”. Y de paso continuar deshaciendo el legado de Barack Obama.
Luego reimpuso las sanciones y lanzó un ultimátum a los aliados europeos (pero no a Rusia y China) amenazando con imponerles a ellos sanciones si hacían negocios con Irán.
El pasado 15 de abril declaró “organización terrorista” a una rama militar iraní, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, en contra de las objeciones del Pentágono. Irán respondió declarando terrorista al Comando Central de EEUU.
El 5 de mayo envió un portaviones de ataque y varios bombarderos de la fuerza aérea. Tres días después impuso nuevas sanciones, todavía más estrictas, que impiden cualquier tipo de transacción económica.
Al mismo tiempo y por increíble que parezca, Trump “ordenó” a “todos” los países que dejarán de comprar petróleo iraní o sufrirían sanciones.
Y en verdad EEUU ha sido el “rey” del planeta desde la Segunda Guerra, a pesar de las crisis. Todos los presidentes han administrado la supremacía sin humillar a los aliados para ganar en negociaciones o batallas. Y la mayoría de los países aceptaron las reglas del juego del orden mundial creado por Washington, porque sabían que en última instancia podían confiar. Trump heredó esa envidiable hegemonía que está despilfarrando.
Hasta el punto de que ya hay señales de amotinamiento, de represalias y de aceleración de los esfuerzos para construir una estructura global que rivalice a la de EEUU. Por ejemplo, China está creando un sistema de tribunales de arbitraje para dirimir disputas comerciales. Y Europa ya ha establecido un nuevo sistema de pago sin dólares, Instex.
El poder si se abusa se acaba perdiendo. Puede que Trump todavía no se haya dado cuenta. Quizá se dé si decide ir a una guerra con Irán para la que va a necesitar aliados. ¿Y a quién va a acudir, a los europeos que ha estado fustigando?
Trump, que tanto criticó a George W. Bush por la contienda de Irak, se puede ver sumergido en un conflicto mucho peor. Arrastrado por su propia insensatez y arrogancia. “Cuidado con lo que deseas —o lo que detestas— porque puedes conseguirlo”.
Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de junio de 2019, 2:52 p. m..