La dramática foto de unos inmigrantes que solo intentaban sobrevivir
Una dolorosa foto llamó esta semana la atención de los políticos en Washington y de todo Estados Unidos en general.
La de la menor Valeria y su padre Óscar Martínez, que intentando cruzar el río Grande en busca de una vida mejor, se encontraron con la muerte. La corriente, devolvió los cuerpos hacia México, donde la fotógrafa Julia Le Duc capturó en una imagen, toda la dimensión de una tragedia que no solo se vive en la frontera sur de Estados Unidos, sino en demasiadas líneas que dividen los países y continentes alrededor del mundo.
Esa línea, tal vez sea bueno aclarar, no es una que divide ya solo países, sino una inmensa mayoría de las ciudades del planeta. En los minicosmos que son las ciudades, hay guetos, pobreza, inseguridad, hambre, escuelas, que quizá de eso solo tengan el nombre, y enfermedades, y también hay lujo, abundancia, salud, educación, con “e” mayúscula, y fuerzas del orden velando por el bienestar de sus ciudadanos. En unas más que otras, al igual que sucede entre países, algo queda en el medio. Pero da la impresión de que cada vez se diluye con más fuerza.
¿Y quién no quisiera escapar de la parte donde se habita en un escenario miserable? ¿No es razonable el deseo de huir de una realidad en la que no se vislumbra un futuro, un porvenir? Por eso me parece que la mayor tragedia de este final de la segunda década del Siglo XXI, es ese odio, esa rabia, ese menosprecio, que comienza a apoderarse de demasiados ciudadanos, contra aquellos que lo único que quieren, es algo completamente lógico. Lo demencial sería quedarse a verse morir o, peor, a ver morir y sufrir a sus hijos. En lugar de intentar llevárselos.
Dicen aquellos que ahora se lanzan en contra de los migrantes, que le corresponde a cada país mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Sí, pero el problema es que más veces que pocas, a los que tienen el poder de hacer ese cambio es a los que menos les interesa, porque los castillos en los que viven, las joyas que lucen y los bólidos en los que se transportan, son comprados precisamente con esa miseria. No creo que Óscar Martínez y su hija Valeria tuvieran mucho poder de decisión en las políticas de su país.
Como no la tienen los cubanos de a pie, frente al régimen maldito que lleva más de 60 años nutriéndose del futuro ajeno, y como no la tienen los venezolanos cuya desnutrición está pagando los aviones privados de Maduro y su séquito de sinvergüenzas. La corrupción que gobierna muchos países de Latinoamérica, África y Asia puede ser un régimen igual de maldito y cruel, que los que imponen los sátrapas comunistas caribeños, que tanto daño han causado.
Que no se puede por esta razón implementar una política de fronteras abiertas, está más que claro. Lastimosamente, no vivimos en un mundo en el que esta, al menos por ahora, sea una solución realista.
Pero que unos líderes quieran infiltrar odio y animadversión, y ponerles el rótulo de criminales, a una gente que todo lo que desea es sobrevivir, eso sí que no es una solución. Es, diría yo, hasta un crimen.
Mientras se bate en las cortes la legalidad de la declaración de emergencia de este gobierno para construir un muro en la frontera, otro muro más enraizado y radical se está forjando en los corazones de muchos estadounidenses.
No sé ustedes, pero yo prefiero infinitas veces en mi corazón la Estatua de la Libertad que un muro.
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