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Opinión

Venecia es una metáfora del fascismo que viene

El viceprimer ministro y ministro de Interior de Italia, Matteo Salvini, es el nuevo caudillo de una Italia que baila cada vez más al son de sus arengas neofascistas en nombre de “la seguridad que necesitan los ciudadanos, escribe Rosa Townsend.
El viceprimer ministro y ministro de Interior de Italia, Matteo Salvini, es el nuevo caudillo de una Italia que baila cada vez más al son de sus arengas neofascistas en nombre de “la seguridad que necesitan los ciudadanos, escribe Rosa Townsend. EFE

Durante su esplendoroso pasado medieval, cuando era la potencia del comercio global, la ciudad de los canales cambió el mundo.

De aquellos tiempos solo perdura la majestuosidad de sus palacios e iglesias sobre el agua. Apenas quedan residentes venecianos, ni empleos; la economía turística, y gran parte de la inmobiliaria, la dominan los chinos.

No es que Venecia haya muerto, su corazón cultural late en la Biennale de arte y la Mostra de cine, pero el resto de su cuerpo está enfermándose del virus que ha infectado Italia de un nacionalismo populista. Que es, en realidad, un fascismo democrático, similar al que asoma en otras partes del planeta.

“Nos están invadiendo” es la queja constante de los pocos venecianos que todavía son propietarios de una trattoria o una tienda de artesanía genuina, temerosos de perderlas a manos de los chinos o bangladesíes que venden las típicas máscaras de carnaval a $5 porque son de plástico, en vez de las auténticas de papel hechas a mano, o falsos cristales de Murano a precio de ganga.

La tragedia que viven los italianos parece real, lo que no parece realista son las soluciones que les dan los nuevos mercaderes de demagogia política, apelando solo a nostalgias de un ayer próspero para atizar así las emociones de resentimientos y miedos contra el nemico esterno (enemigo externo).

Aquí, como en el resto del mundo, el resurgimiento del neofascismo obedece más a razones identitarias que a ansiedades económicas. Reivindican la identidad nacional como rechazo a las masivas oleadas de inmigrantes a las que Italia no estaba acostumbrada, y menos aún en un contexto de recesión económica en el que competir por trabajos o ayudas sociales causa estragos.

El mercader por excelencia de la demagogia antiinmigrantes es Matteo Salvini, ministro del interior y líder de La Liga, el partido de derecha radical que comparte el gobierno con el de izquierda radical M5S (Movimiento 5 Estrellas). Sólo en Italia —patria de Maquiavelo y del arte de hacer posible todo lo imposible— puede ocurrir que dos extremos políticos cohabiten con una agenda populista: contra los “opresores” de la Unión Europea y contra los “intrusos” indocumentados, más de medio millón de los cuales están en la lista de expulsión.

Salvini es un personaje peculiar, izquierdista de toda la vida reconvertido ahora en populista despiadado y deslenguado. Que por años ha portado la infame etiqueta de lunático indisciplinado. Y lo es. Pero esa ha sido justamente el arma de su carisma caudillista, su atrevimiento para hacerse omnipresente con mensajes irreverentes, agresivos o seductores. Según el día y el enemigo contra el que enfile sus diatribas mediáticas, sobre todo a través de su página de Facebook, que orgullosamente ha bautizado como “La Bestia”. El nombre lo dice todo.

Ha sido combinando bestialidades (“Nos están tocando los co....., y debemos cerrar fronteras para recuperar la soberanía”) con paternalismos (“Hablo de este modo porque soy como vosotros, así es que confiad en mi”), como Salvini ha logrado crear un culto a su personalidad que supera al de cualquier otro político, incluso en un país marcado por la personalización extrema.

Salvini es ahora el centro de la vida política. El nuevo caudillo de una Italia que baila cada vez más al son de sus arengas neofascistas en nombre de “la seguridad que necesitan los ciudadanos, por encima de todo”.

Es quien define las reglas del juego, “obligando a los medios de comunicación a seguir servilmente lo que él dice, sus provocaciones, sus promesas”, señala un colega italiano, Matteo Pucciarelli. Más inquietante aún, subraya este periodista, es que “el neofascismo hace tiempo que se ha integrado en el sistema político”, y eso le otorga una gran ventaja a Salvini, que es el único, entre los líderes europeos de ideología similar, con posibilidades de dirigir un gobierno.

Ya ha conseguido lo más importante, que el dogma esencial del fascismo se instale en la sociedad: una reacción agresiva de la mayoría contra la minoría. La mayoría de los italianos ve a la minoría, a los inmigrantes, exclusivamente como un problema, que justifica el repudio.

Si esa (casi) unanimidad contra el “enemigo externo” se traduce en votos, como ya empezó a ocurrir en las últimas elecciones, la victoria de Salvini para gobernar en solitario desde el Palacio Chigi (sede del Gobierno) estaría garantizada.

Conviene recordar que hoy día el fascismo —disfrazado con cualquiera de sus máscaras de populismo, nacionalismo, democracia iliberal, etc.— no se impone con tanques sino con votos. Es una forma autoritaria de democracia electoral. Ese es el gran peligro.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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