Opinión

Ser nación: la lucha incansable de Ricardo Bofill

El activista cubano por los derechos humanos Ricardo Bofill, en una foto de archivo del 2006.
El activista cubano por los derechos humanos Ricardo Bofill, en una foto de archivo del 2006. Archivo/el Nuevo Herald

Cuando llegué al umbral de la puerta de la casa de mis queridos Ricardo Bofill y Yolanda Miyares, mi puño vaciló un instante antes de tocar.

Hacía pocos días un grupo de activistas de derechos humanos, la mayoría del Comité Cubano Pro Derechos Humanos, habíamos celebrado el cumpleaños 76 de Ricardo en esta misma casa. Ahora, llegaba a apoyar a Yolanda ante la muerte de Ricardo aquella mañana, un hombre sencillo y amable, que había sido capaz de iniciar el movimiento de derechos humanos en Cuba a fines de la década del setenta.

Abracé a Yolanda y toda la soledad y el desamparo de su alma me estremecieron. Sin planes funerales, sin guía de cómo rescatar los restos de Ricardo que habían sido trasladados pocas horas antes desde la casa a una morgue de la ciudad, comencé a llamar amigos en busca de auxilio. Ramón Saúl Sánchez de inmediato consiguió el contacto con la familia de Bernardo García, cubanos dueños de Bernardo García Funeral Homes, y mi querida amiga Ana Carbonell consiguió un electricista para arreglar un corto circuito que tenía la casa de Yolanda y Ricardo y donde el calor se hacía insoportable.

Sebastián Arcos Cazabón, hijo de otro de los fundadores del movimiento de derechos humanos de Cuba, Sebastián Arcos Bergnes, se puso al frente de los trámites y en horas tempranas de la tarde ya estábamos sentados en la funeraria haciendo los arreglos pertinentes.

Las llamadas de tantos cubanos ofreciendo ayudar entraban constantemente al teléfono de Yolanda, y en ese momento sentí a Cuba. No tendremos patria libre, pero aún nos queda el material humano para decir que somos una nación.

Ricardo Bofill Pagés fundó el Comité Cubano Pro Derechos Humanos en un gesto de justicia moral. Eran un puñado de hombres diciendo abierta y públicamente desde un país secuestrado por la dictadura más cruel y longeva del continente, que los seres humanos tienen derechos inalienables y que ningún gobierno puede arrebatárselos.

Un concepto que parecía insignificante ante el poder político y militar del castrismo, se fue colando entre las grietas del muro de ostracismo levantado en el corazón de los cubanos, y fue permeando poco a poco.

Bofill no solamente tuvo el coraje de ser consecuente con esas ideas y enfrentarse a la represión que había precedido su osadía y a la que vino después, sino que tuvo la visión de soltar aquella idea poderosa, dejarla que tomara las formas que le fueran naturales, sin ningún deseo de protagonismo o propiedad. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se convirtió en el centro esencial del movimiento cívico dentro de país y con los años, a pesar del furor represivo, como el agua entre las grietas, fue permeando el suelo cubano.

Ricardo y Yolanda, después de caminar por varios de los círculos del infierno castrista, finalmente llegaron al exilio, y desde aquí, Ricardo continuó su lucha en apoyo a los que en la Isla se iban uniendo y levantaban su voz. Fue incansable en su lealtad a aquel proyecto renovador.

En la pequeña oficina de la funeraria, junto a Yolanda y a Sebastián, y tres generaciones de la familia de Bernardo García, mis ojos se llenaron de lágrimas.

Ser nación ni siquiera es tener el pedazo de tierra que nos vio nacer bajo los pies. Ser nación es tender la mano desde cualquier circunstancia, desde cualquier lugar, a otro hermano, que compartió alguna vez el mismo cielo. Tender la mano sin hacer más preguntas que esa identidad compartida, silente, doliente, secreta.

Ser nación es creer en hombres como Ricardo Bofill Pagés, incapaz de pedir nada, y capaz de darlo todo por los otros, por la patria.

Escritora cubana exiliada y activista de derechos humanos.

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