Opinión

El peligro del racismo en la era Trump

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habla en el mitin de “Make America Great Again” en el Minges Coliseum en Greenville, Carolina del Norte, el 17 de julio de 2019.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habla en el mitin de “Make America Great Again” en el Minges Coliseum en Greenville, Carolina del Norte, el 17 de julio de 2019.

Cuando llegué a este país en 1997 a estudiar en la universidad tenía 18 años recién cumplidos y unas ganas inmensas de concluir la carrera de periodismo lo más rápido posible para regresar y ejercer la profesión en mi natal Colombia. Era muy joven, pero recuerdo que uno de los matices que más me impactó, para bien, fue la diversidad en la Universidad Internacional de la Florida, centro educativo que fue mi casa. Mis amigos eran chinos, uruguayos, argentinos, ecuatorianos, árabes, hondureños y cubanos.

Aún hoy, tantos años después, puedo nombrar al menos uno de cada nacionalidad con nombre y apellido, y con muchos todavía me comunico con infinito cariño y agradecimiento por todo lo que aprendí de cada cultura.

Luego, graduada, en vez de regresar a Colombia como tanto anhelaba se me abrieron las puertas en un canal de televisión y con tan solo 21 años empecé una carrera en los medios de Estados Unidos, extrañando cada minuto del calor humano de mi corralito de piedra, Cartagena, pero adaptándome a la idiosincrasia multicultural miamense. Nunca me sentí discriminada por ser hispana, ni siquiera cuando tenía que viajar al norte, a ciudades en las que ni los buenos días me daban.

Pero el otro día, tantos años después, uno de mis hijos, de 6 años, americano de nacimiento y corazón (porque doy fe del amor de ese niño por Estados Unidos: tiene una foto de cada Presidente en su cuarto aunque cuando juega la selección de fútbol de Colombia no se quita su camiseta amarilla) llegó a casa contándome que un compañerito de la escuela, americano también, de origen hispano por uno de los padres, le había hecho comentarios desagradables sobre su origen colombiano. En pocas palabras: le dijo que no era americano. Me sorprendí, sobre todo, porque vivimos en Miami. Vamos, son niños, esas cosas pasan, traté de consolarme.

Pero cuando me siento a analizar el asunto más profundamente, la creciente división en nuestra sociedad, me pregunto: ¿acaso somos más intolerantes a las diferencias entre los seres humanos que hace 20 años? Elegimos al primer presidente afroamericano para después ver a muchísima gente discriminándolo, incluyendo a quien luego se convirtiera en su sucesor (recordemos la campaña impulsada por Donald Trump acusando a Obama de no haber nacido en Estados Unidos y exigiendo que mostrara su certificado de nacimiento).

Sin exagerar, porque todo extremo es malo, vivimos en una nación muy dividida, en la que la retórica de algunos gobernantes atiza el odio racial, provocando muchos momentos incómodos a cada vez más personas; todo ello justamente en un país forjado y desarrollado por inmigrantes desde sus inicios.

Cuando el presidente de Estados Unidos insta públicamente a que congresistas electas, estadounidenses (porque son ciudadanas estadounidenses aunque tengan un legado cultural diferente) “regresen a sus países”, le está otorgando un permiso a millones de racistas a que ofendan y rechacen a gente que pertenece a minorías étnicas.

Lo hizo con las representantes federales Ayanna Pressley, de Massachusetts; Alexandria Ocasio-Cortez, que es de origen puertorriqueño y nacida en Nueva York; Rashida Tlaib, de Michigan y musulmana, e Ilhan Omar, de Minnesota, que llegó de Somalia siendo una niña refugiada y también es musulmana.

Me pregunto si al Presidente se le habría ocurrido enviar “a sus países” a cuatro congresistas muy críticas de él, pero blancas descendientes de europeos, por ejemplo. Creo que ese clase de conexión ni siquiera le habría pasado por la cabeza.

Pero Trump no se contuvo ahí. Por el contrario, en un mitin en Carolina del Norte volvió a atacar a Omar, llegando a la indecencia de sugerir que la congresista amaba al grupo terrorista Al Qaeda y se había casado con su propio hermano. Mientras Trump lanzaba sus calumnias, sus seguidores gritaban “send her back!” (¡devuélvanla a su país!), una frase que fue considerada como racista por muchos comentaristas y que marca así el tono de lo que será la contienda presidencial del 2020. (¿Recuerdan como esa misma masa gritaba a otra mujer “lock her up!” (¡enciérrenla! en el 2016?).

Esto es algo vergonzoso. ¿Será que un buen día también insinuará que manden de vuelta a Marco Rubio o a Mario Díaz-Balart si se atrevieran a criticarlo? ¿O será que cada vez que se molesta con Melania Trump piensa en mandarla de vuelta a Eslovenia?

El presidente está entrando en territorio muy peligroso, pero al fin y al cabo, en este país, todos tenemos derecho a expresar lo que sentimos. Y también a enfrentar el racismo, el odio y la xenofobia de manera activa y contundente. Para eso justamente son las elecciones.

Escritora colombiana. Twitter: @sabinacovo.

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