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Opinión

El triángulo del Caribe: Puerto Rico da una lección

Puerto Rico ha dado lecciones de civismo a América Latina y el Caribe.

La tercera punta del triángulo caribeño en dificultades se tiró a la calle a exigir limpieza e integridad en la gestión de gobernarse. Y lo logró.

Los dos huracanes que azotaron la pequeña isla hace casi dos años dejaron profundas huellas a sus habitantes y a su estructura, y el gobierno en el poder se ha burlado olímpicamente de su pueblo.

La segunda punta del triángulo —la mayor isla de las Antillas, Cuba— hace más de medio siglo que duerme, sin rebelarse, sin gritar y sin pelear. Solo gritó y ofrendó vidas jóvenes los tres primeros años. Ya crecieron dos generaciones sin siquiera saber de eso. Últimamente, solo unos cuantos se ocupan de manifestarse pidiendo comida, justicia y participación. La otra punta, Venezuela, ha tenido momentos gloriosos de rebeldía, valentía y patriotismo. Protestan, y escapan en masa e intentan un golpe de Estado, desde sus entrañas, que se ha ido apagando.

Ahora se levanta Puerto Rico, la más pequeña en tamaño y grande de corazón. Se manifiesta durante dos semanas, logrando reunir la tercera parte de la población, —un millón de personas— que reclamó a gritos, con música y con banderas, que se vayan del gobierno los corruptos, machistas, ladrones e ineptos. Y lo logró pacíficamente.

En las avenidas y calles se vieron abuelas con sus nietos, a la juventud en pleno, a los artistas, y a los ciudadanos de todos los rincones desfilar pidiendo con estribillos la renuncia del joven gobernador, a quien todos llaman un cariñoso apodo, Ricky, como si fuera su hermano, su hijo o su vecino.

Pidieron su renuncia, que se fuera, que saliera de la poltrona a donde una mayoría hace dos años lo subió, con la fe de que todo nuevo gobernador cumpliría con sus promesas de campaña. Ricky tuvo la mala suerte de que dos malditos huracanes destrozaran la pequeña isla de este a oeste, a la vuelta de sus primeros meses en la gobernación. Y su reacción, comportamiento y efectividad puestas a pruebas en las más exigentes y terribles circunstancias, han sido nefastas para el país.

Miles de casas siguen sin techo, avenidas importantes siguen sin alumbrado, el desempleo escala a cifras increíbles, y millones de dólares de ayuda federal han ido a parar a los bolsillos de importantes funcionarios del entorno de Ricardo Rosselló, el gobernador de marras.

La soberbia de los gobernantes de raíz hispana es proverbial. Valga el ejemplo de los Castro cubanos, del Maduro venezolano, y ahora del benjamín Rosselló en la isla del encanto.

Rosselló, cegado por su obstinación de permanecer en la silla que no merece, no ve más allá de sus narices y busca soluciones descabelladas. Ahora ha prometido que el 2 de agosto se va del poder.

A Maduro lo apoya un poderoso en las sombras, más fuerte que su escasa comprensión, un triángulo intrínsecamente malvado: el gobierno de Cuba que lo manipula como títere de conveniencia; el gobierno de Rusia, buscando otra cabeza de playa en el sur americano, y los cabecillas del narcotráfico mundial. Casi nada.

Al desgraciado y debilucho Rosselló lo apoyaba un grupo de amigos y políticos de su patio que se llenaron los bolsillos con el dinero para los damnificados de los huracanes.

Eso es todo. Washington le retiró su confianza cuando el presidente Donald Trump habló, a pesar de ser la isla un territorio tan cercano a la estructura de Estados Unidos.

El 24 de julio venció la unidad y la cordura en la más pequeña de las Antillas.

Al pueblo de Puerto Rico y al de Venezuela les queda el consuelo de haber defendido sus derechos en las calles, a plena marcha y a pura voz. Sin balas ni cañones. A puro pulso de a pie, bajo el sol, y con la vergüenza como bandera.

En este triángulo caribeño los únicos que no se arriesgan son los cubanos.

Como cubana de nacimiento y de raíz por varias generaciones me siento avergonzada de esto. Me duele que un pueblo tan guapetón como el cubano, tan bocón y tan “echón” haya caído en un letargo tan inútil, de abstención, de indiferencia, de tolerancia al abuso, de sumisión.

Tan inerte hacia otras posibilidades que no sean las que el gobierno cubano ofrece. Los cubanos del siglo 21 quedarán en la historia como los más cobardes del Caribe, y de Latinoamérica en la historia reciente.

¿Qué esperan los cubanos para protestar, gritar, tirarse a la calle a exigir sus derechos más básicos? ¿Dónde están los nietos y bisnietos de los “mambises”?

¡Viva la sangre de Bolívar y de De Diego!

¿Dónde está los descendientes de Maceo y Agramonte?

Gloria Leal es periodista y escritora.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de julio de 2019, 3:12 p. m..

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