La intolerancia sigue creciendo en Estados Unidos
Esta semana estuve en un partido de fútbol entre dos populares equipos europeos que visitaron el sur de la Florida, y aunque quedé muy complacida con la organización del evento tengo que confesar que ya no me siento cómoda en lugares donde haya multitudes.
Imagino que no soy la única persona que experimenta esa sensación molesta, aunque sin dudas la seguridad del estadio y los escáneres a la entrada ayudan a que la gente se sienta un poco más segura en eventos públicos como ese juego, que convocó a más de 57,000 amantes del fútbol.
El partido se jugó tan sólo días después de que en tres rincones de nuestro país (California, Texas y Ohio) decenas de inocentes fueran masacrados por atacantes que abrieron fuego de manera indiscriminada contra la multitud.
A apenas poco más de un año de que otro desalmado abatiera a 17 estudiantes en una escuela de Parkland, condado Broward, por cierto muy cerca del estadio. A escasos dos años de que otro asesino acabara con la vida de 50 personas en un club de Orlando. Y cuando todavía tenemos fresca en la memoria la matanza de 20 niñitos de entre 5 y 6 años en la escuela primaria Sandy Hook.
¿A dónde vamos a llegar antes de ponerle freno a esta locura? La primera columna sobre un tiroteo masivo la escribí hace casi una década. Antes de eso, los asesinos ya habían dejado un rastro de sangre en todo el país.
Después de aquella columna he perdido la cuenta de cuantas más he publicado acerca de la misma desgracia. Cada día son más los tiroteos indiscriminados en los que pierden la vida inocentes de todas las edades, razas, creencias e ideas políticas. Es ya una epidemia. Iglesias, sinagogas, mezquitas, centros de recreación, festivales, escuelas, universidades, plazas comerciales. ¿Dónde más por Dios?¿O es que la nación más poderosa del mundo será eternamente rehén de cuanto loco ande por ahí?
Después de los tiroteos los gobernantes rezan, declaran que sus corazones están rotos, repiten plegarias y desean lo mejor a las familias de los muertos y heridos. Luego el patrón es el mismo: mencionan algunas medidas populistas que no se concretan. Que si los maestros armados, que si la pena de muerte para el autor (la mayoría muere durante o después del tiroteo, pocos asesinos llegan con vida al día en que se les aplica una pena judicial), que si revisión de antecedentes a quienes compran armas (¿acaso antes no revisaban más que el nombre?). ¡Oh sí!, recuerdo, era un cuestionario bajo “juramento”.
Ahora evalúan confiscar las armas cuando haya dudas razonables sobre la tendencia a la violencia de un individuo. ¿Qué tan fácil será darse cuenta de que el vecino está a punto de convertirse en un asesino en serie en una sociedad en la que mucha gente que vive puerta con puerta ni siquiera se saluda?
Racismo, xenofobia, locura mental, intolerancia y dólares. Esa avaricia disfrazada de Asociación Nacional del Rifle (NRA) que sus seguidores defienden por el “derecho y libertad” a portar armas. Tenemos el derecho a matarnos entre nosotros. ¿Pero no somos libres de ir a una iglesia o a los cines tranquilos?
Esta misma semana el presidente Donald Trump visitaba El Paso, Texas, para consolar a las familias de las víctimas y a los sobrevivientes de la más reciente masacre, cuyo autor escribió un documento antiinmigrante con frases muy semejantes a las usadas por el inquilino de la Casa Blanca (¿recuerdan aquella “invasión hispana” repetida por Trump sin parar?).
Pues justo cuando el Presidente estaba allí el Servicio de Inmigración y Aduanas se “complacía en anunciar” que había arrestado a 683 inmigrantes durante la mayor redada en una década. En un solo centro de trabajo en Mississippi.
Cuántas vidas destruidas habrán quedado después de eso. Las imágenes de niños llorando desconsoladamente tras el arresto de sus padres están en todos lados. Niños hispanos, familias hispanas. Rostros muy semejantes a los que lloraban a sus familiares masacrados en aquel Walmart de El Paso.
Twitter: @sabinacovo.