Opinión

Con los olvidados en una montaña rusa

Una escena de la película “Give me liberty” del director ruso Kirill Mikhanovsky.
Una escena de la película “Give me liberty” del director ruso Kirill Mikhanovsky.

Uno escucha decir, que quien no haya sufrido la vida diaria de un régimen comunista le resulta difícil comprender, sobre todo, las situaciones absurdas, casi surrealistas, que convoca.

El gran cine checo de la época socialista, pudo reflejar, mediante el humor más delirante, situaciones que para el resto del mundo occidental podían parecer el producto de una imaginación desbordada.

Este viernes 13 de septiembre se estrena en Coral Gables Art Cinema, una película que viene precedida de éxitos en los festivales de Cannes y Sundance, donde confluye la cultura de los excesos irracionales procedentes del llamado socialismo real, con la ciudad de Milwaukee, considerada una de las urbes con más conflictos étnicos de la nación.

La mezcla que emplaza Give Me Liberty (Dame libertad), termina siendo altamente explosiva y divertida. La dirección corre a cargo del ruso Kirill Mikhanovsky, quien emigró con su familia judía a Estados Unidos a la edad de 18 años. Aquí estudió, mediante becas, antropología y lingüística y luego cine en NYU y en el Instituto Sundance.

Pero antes de acometer tareas intelectuales debió trabajar en hoteles, sin apenas saber inglés, y manejando un van de servicio para personas discapacitadas.

De esta última experiencia, nace Give Me Liberty con guion de su autoría y la dramaturga Alice Austen. La puesta en marcha del filme salvó los más insospechados obstáculos y se hizo, finalmente, mediante un presupuesto irrisorio.

Se van a maravillar con el caos que persigue, implacablemente, al protagonista de la película, un joven chofer de van nacido en Rusia y llegado a Estados Unidos muy pequeño, quien debe lidiar con sus obligaciones de traslado de personas discapacitadas y ancianos de su propia comunidad de origen, empeñados en dar sepultura a una fallecida del pintoresco grupo.

Este choque cultural sorprendente ocurre, mayormente, dentro del mínimo van a alta velocidad, en una ciudad de calles bloqueadas por protestas contra el racismo.

Chris Galust, electricista escogido al azar en las calles de Brooklyn, interpreta a Vic, el chofer, quien es nieto de un anciano ruso con principios de Alzheimer provocador, involuntario, de accidentes en el empeño de cocinar pollo. Su madre, por otro lado, es profesora de música, y requiere de los servicios del hijo, atribulado, para sacar del apartamento el sofá que se entromete en su singular afán de realizar un recital de música clásica. La hermana es una muchacha viuda y embarazada.

A la rusa fallecida, le llega de Moscú un supuesto sobrino, Dima, grande y bonachón, quien no cree en limitaciones, físicas o sentimentales, para acometer las paradójicas tareas que le endilgan.

Mientras, la figura de contrapartida del grupo ruso es Tracy, interpretada por la influencer Lauren “Lolo” Spencer, quien es una de las más desafiantes y locuaces pacientes que Vic debe recoger en sus rondas diarias. La visita a la casona de su familia, de origen afroamericano, da lugar a otra de las viñetas peculiares de este filme.

Como suerte de leit motiv durante la película, que emula una “montaña rusa” en su progresión dramática, Vic irá recibiendo consejos y alientos, nada más y nada menos, que de un paciente postrado, para complejizar y humanizar aún más la historia.

La integración de actores con personas discapacitadas, en memorables interpretaciones, dirigidas con gran esmero y ternura, como una muchacha fanática de Elvis Presley y otro que canta Born in the USA, durante una competencia, agregan encanto a los pocos momentos sosegados del filme.

Es curioso como Vic, el protagonista, asimilado a la cultura americana, no puede escapar de las singularidades de aquella que le dio origen.

Give Me Liberty, una película perdurable, de gran aliento humanista, sobre “los olvidados”, que vale la pena disfrutar.

Siga a Alejandro Ríos en Twitter: @alejandroriostv.

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