Paradoja y elogio de Perú
En camino a uno de los sitios arqueológicos más deslumbrantes que uno se pueda imaginar, paramos en el antiguo cementerio de Almudena en la Ciudad de Cusco, Perú, donde unos adolescentes diligentes pulían marcos metálicos de los nichos y cambiaban flores mustias a cambio de cierta remuneración de familiares que no podían honrar a sus muertos.
Cuando les preguntamos sobre el destino de aquellos emolumentos, uno dijo que para colaborar con su mamá en la economía doméstica y el otro, para unos estudios que no eran cubiertos por la educación pública.
Hacían esa labor en la mañana, para luego asistir a la escuela durante la tarde. De tal modo, parecen forjarse las nuevas generaciones. Útiles a su familia y a la sociedad. Nadie los puede obligar a que sean como el Che.
En las excursiones que antecedieron y precedieron la subida épica a Machu Picchu, recorrimos pueblos peculiares. Uno, por ejemplo, abundante en panaderías y el siguiente en apetitosos chicharrones. A la orilla de la carretera, cierto campesino horneaba su puerco a la vista de los transeúntes para vender, mientras el otro ofrecía un cuy asado, en estaca, con similar propósito.
También junto a las calles, autos y ómnibus de uso, recién comprados, se engalanan con flores y otras decoraciones para que el cura local los bendiga. Alrededor del evento, familias humildes disfrutan de banquetes servidos para la ocasión.
Perú es un país del llamado tercer mundo que sufrió los embates de Sendero Luminoso y de otras organizaciones terroristas. Ha cambiado de presidentes, como corresponde. Unos están presos por corrupción y otro se suicidó por la misma causa.
Cuando el pueblo considera que los maestros deben ganar más, pueden paralizar el país durante tres meses, bloquean las carreteras y el acceso al aeropuerto, como ocurrió hace algunos años.
Es una nación de gente joven, de rápido crecimiento demográfico y esperanzado en el futuro, porque saben que existe, no es una entelequia política.
Ahora se sienten preocupados porque están padeciendo la invasión de venezolanos humildes, como ellos, que huyen de la fracasada utopía chavista. Esos vecinos aceptan trabajos que desempeñan los peruanos, pero mucho menos remunerados.
El cáncer comunista hace metástasis y daña la fibra social de Perú que trata de llegar al bienestar mediante la preparación profesional y el trabajo.
El emisor de este descalabro sigue anidando, de modo siniestro y arrogante, en La Habana.
A pesar de los contratiempos sociales, en Perú no falta la comida que ellos prefieren, desde las legendarias culturas precolombinas a nuestros días.
La parte más importante de su alimentación ocurre en el almuerzo. Basta visitar uno de sus mercados populares, para apreciar cómo se sirven completas a precios irrisorios.
En esos mercados, se muestran cientos de variedades de papa (en total se han identificado 3,000). Cuelgan los más variados cortes de carne de res y nadie va a la cárcel por sacrificio ilícito de ganado.
Hay pollos recién desplumados sobre los mostradores. Todo tipo de vegetales, especies, semillas, frijoles y el sagrado maíz, en cientos de variedades.
Ni hablar del colorido de las frutas y sus jugos respectivos en cada rincón del mercado.
A nadie se la ha ocurrido sembrar fuera de su geografía, plantas que no produzcan alimentos, ni criar animales inservibles para la gastronomía.
Desde tiempos inmemoriales, se comen el cuy y la alpaca, de la fauna nacional. Ningún general del ejército puede llegar con la idea de cultivar café, donde no crece, y mucho menos sugerir que una rara ave, como el avestruz, sea solución para la escasez, porque ellos saben cómo producir sus alimentos.
En Perú no hay dos monedas, todos pagan con soles.
En mi próxima columna escribiré sobre la ascensión a Machu Picchu y la visita a sitios de gran interés histórico y arqueológico.
En esta, quise expresar mi admiración por los peruanos y la pena que me causa mi pueblo, incapaz de elegir su futuro, acoquinado por una dictadura implacable.
Twitter: @alejandroriostv.