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Opinión

Los republicanos tendrán que escoger entre Trump o su futuro

El presidente Donald Trump habla con periodistas a su regreso el domingo 3 de noviembre de 2019 a la Casa Blanca, en Washington D.C.
El presidente Donald Trump habla con periodistas a su regreso el domingo 3 de noviembre de 2019 a la Casa Blanca, en Washington D.C. NYT

Hay un sabio refrán sobre la “maldición del deseo” que los republicanos parece que habían olvidado y les acaba de suceder. Dice así: “cuidado con lo que deseas, porque puedes conseguirlo”.

Tanto han deseado que el proceso del impeachment (juicio político) fuera público y transmitido en directo por TV, que ¡lo han conseguido! Y ahora se verán forzados a declarar si están a favor o en contra de la corrupción. Tendrán que salir del clóset de la cobardía y de la hipocresía. No hay medias tintas. La creciente montaña de evidencias sobre la extorsión política de Donald Trump a Ucrania solo les deja dos opciones: condenarla o condonarla.

Esto último es lo que vienen haciendo, no sólo con el Ucraniagate, sino con todos los abusos de poder, ofensas, payasadas y actos de ego-sociopatía cometidos por Trump desde 2016. Justificándolos a cambio de mantenerse en el poder, lo cual es en sí un tremendo quid pro quo: “defendemos tu amoralidad, tu desprecio a la Constitución, tu dilapidación de la hegemonía americana a condición de que apoyes nuestros intereses (jueces que nos gusten, regulaciones que nos molesten y logremos beneficios económicos…)”.

Es inconcebible para cualquier persona racional que la mayoría de los republicanos sigan dispuestos a sacrificar su reputación y honor para defender a un hombre amoral, que tarde o temprano traiciona a quienes ya no puede usar y que, además, gira disparatadamente en una espiral de autodestrucción en la que arrastrará a sus devotos.

Es sobre “ellos”, como cómplices y facilitadores de las tropelías de Trump, sobre quienes recae la responsabilidad histórica de evitar que las pérdidas de este naufragio sean irrecuperables.

Solo hace falta viajar un poquito por el mundo para constatar el desprestigio y merma de influencia de los Estados Unidos de Trump. Y para constatar que los grandes beneficiados de esta deriva son China, expandiéndose como potencia económica por el planeta; y Rusia extendiendo sus tentáculos en Oriente Medio y otras partes del tablero geopolítico.

Y digo que son “ellos” los responsables porque Trump es ya un caso perdido. Diagnosticado por los 37 psiquiatras que han escrito el libro “The Dangerous case of Donald Trump” como un narcisista maligno, mentiroso patológico (más de 14,000 mentiras contabilizadas) y un sociópata peligroso. Un sociópata con un arsenal nuclear.

Al carecer de remordimientos, empatía u otro mecanismo regulador de la conciencia pues cree que las leyes y normas no le aplican a él. Cree por ejemplo que el admitir a plena luz, en TV, la extorsión política a otro país demuestra que no se siente culpable.

Y como además toda su vida ha actuado por impulsos de rabia (o miedo) sin jamás rendir cuentas, al tener ahora que rendirlas ante el Congreso ha entrado en tal estado de desesperación e irracionalidad que el psiquiatra y profesor de la Universidad de Harvard, Lance Dodes, lo equipara con un estado “sicótico”.

Cómo si no puede explicarse que a las puertas de un impeachment revele evidencia en su contra, o trate de comprar a los potenciales jurados (senadores) o que obstruya la investigación intimidando a testigos o prohibiendoles declarar. Da medida de su desconexión con la realidad.

La salud mental de Trump es una emergencia nacional.

Los republicanos lo saben. Muchos lo reconocen en conversaciones privadas (“Es un película de terror”, confesaba un senador recientemente al Washington Post). Saben que están en un túnel oscuro del que no hallan cómo escapar.

Con lo fácil que sería simplemente salir por la puerta de la honestidad, la que conduce al respeto a la Constitución y antepone el bien de la patria a los intereses de la tribu política. Es lo que hizo el GOP durante el Watergate, votando en contra de un presidente republicano que era un delincuente. Y los pocos que apoyaron a Richard Nixon hasta el final perdieron para siempre la reputación y acabaron en el basurero de la Historia.

Pero eran otros tiempos, en los que todavía existía un grado saludable de independencia partidista y de valentía. Los actuales republicanos sin embargo optan mayoritariamente o bien por huir de la escena (el éxodo de congresistas) o por hacer acrobacias verbales para defender lo indefensible, a falta de argumentos reales.

Las excusas acrobáticas han ido variando desde lo falso (declarar ilegal el proceso de impeachment a menos que lo hicieran público) hasta lo ridículo (hacer una sentada en la sala del Congreso donde entrevistan a los testigos).

Y por último, como ya no hay manera de ocultar la evidencia de la extorsión de Trump a Ucrania (quid pro quo), senadores y congresistas republicanos han inventado la coartada de que “OK, es cierto el quid pro quo, pero eso no es ilegal, mientras la intención no sea corrupta”.

¿A quien engañan? ¿Acaso no es no es corrupta la intención de Trump de condicionar $400 millones en ayuda militar a que Ucrania abriera una falsa investigación contra su rival político, Joe Biden y su hijo?

Es inconcebible que no hayan aprendido la lección del Watergate. Quizá se den cuenta cuando comience el proceso público del impeachment que tanto deseaban y se les acabe el juego del escondite. Tendrán que decidir entre su futuro o el de Trump.

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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