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Opinión

Trump a bordo del Titanic

Fiona Hill, la ex asesora para asuntos de Europa y Rusia del Consejo Nacional de Seguridad, testifica el jueves ante el Comité de Inteligencia de la Cámara Baja del Congreso, en El Capitolio, Washington D.C.
Fiona Hill, la ex asesora para asuntos de Europa y Rusia del Consejo Nacional de Seguridad, testifica el jueves ante el Comité de Inteligencia de la Cámara Baja del Congreso, en El Capitolio, Washington D.C. Getty Images

El peor enemigo de Donald Trump en el proceso del impeachment (juicio político) es la gente que no tiene miedo, ni a él ni a la verdad.

Y esta semana varios testigos valientes han destapado la trama, dirigida por el presidente, para sobornar al líder de Ucrania, Volodymyr Zelensky, a cambio de que éste anunciara falsas investigaciones sobre corrupción con el explícito fin de perjudicar a su adversario político, Joe Biden.

¿Pero, qué mayor acto de corrupción que abusar del poder de la presidencia de Estados Unidos y utilizar la seguridad nacional en beneficio propio? Eso es lo que han confirmado los testimonios bajo juramento ante el Congreso: que la corrupción emana de la propia Oficina Oval.

También han revelado que el Ucraniagate no ha sido únicamente una misión clandestina ejecutada por Rudy Giuliani a las órdenes de Trump, sino una masiva operación política de la que estaban al tanto y/o han participado altos cargos del gobierno. Algunos de los cuales ahora han empezado a desenmascarar la intriga, presumiblemente para no acabar en el lado equivocado de la historia o, peor aún, en la cárcel (como les ocurrió a Roger Stone, Michael Cohen, Paul Manafort, Rick Gates, etc; o como Michael Flynn, que será sentenciado en diciembre).

En síntesis, las audiencias sobre Ucraniagate han puesto al descubierto la sustitución de la prestigiosa diplomacia americana por la política sucia del trumpismo.

Tras una semana explosiva —en particular el testimonio del embajador ante la Unión Europea, Gordon Sondland, detallando la trama de soborno e implicando a Trump— las fronteras están bien definidas: de un lado quienes bajo juramento han delatado la corrupción; y de otro, quienes se niegan a testificar.

En estos últimos se excusa Trump para decir que le exonerarían. Ante lo cual cabe preguntarse, ¿por qué les ha prohibido entonces testificar en las audiencias del impeachment?

La respuesta es evidente, Trump teme que le incriminen y sabe que permitiéndoles declarar se arriesga a que confiesen, bien por decencia o por salvar su propia cabeza (la reputación es ya difícil que la recuperen). Son —entre otros— el secretario de Estado, Mike Pompeo; el jefe de despacho en funciones de la Casa Blanca, Mike Mulvaney; el ex asesor nacional de seguridad, John Bolton; el secretario de Energía, Rick Perry; el abogado del Consejo Nacional de Seguridad, John Eisenberg. Y por supuesto Rudy Giuliani y sus socios Igor Fruman y Lev Parnas (ambos imputados de cargos por la justicia federal).

“Todos estaban al tanto”, declaró repetidamente el miércoles el embajador Sondland, agregando que “cumplíamos órdenes del presidente”. Ese “todos” incluye también al vicepresidente Mike Pence, al que Sondland le comunicó su preocupación de que la ayuda militar a Ucrania estuviera condicionada a las investigaciones políticas que quería el presidente. En aquel momento, 1ro. de septiembre, Pence no le respondió nada. Y esta semana ha dicho que “no recuerda nada”.

Pence siempre ha jugado la carta de la ingenuidad, pero hay que estar ciego o ser idiota para creerse que todos menos él veían al “elefante” en mitad de la habitación. Si de verdad es tan inocente debería estar encantado de testificar bajo juramento.

Con mucho más motivo debería hacerlo Trump. De nada sirve declararse inocente vía Twitter o pregonarle a sus devotos que no hubo “quid pro quo” (frase en latín que indica “soborno”, “favor por favor”). Y de nada sirve habérselo dicho a Sondland el 9 de septiembre, justo tras enterarse de que el Congreso tenía la denuncia de un whistleblower (informante). Es decir Trump se lo espetó al embajador para cubrir sus espaldas.

Resulta irrisorio que tanto Trump como sus cómplices en el Congreso arguyan que esa frase —“no quid pro quo”— dicha por teléfono a Sondland es evidencia exculpatoria. Por esa regla de tres cualquier delincuente tendría la absolución garantizada con sólo llamar a un amigo y decirle que no era culpable.

Ridículo teniendo en cuenta que él mismo Trump ha facilitado la evidencia más incriminatoria en su contra, al divulgar la transcripción de su conversación con Zelensky el 25 de julio, en la que condicionaba la ayuda al líder ucraniano a que antes le hiciera “el favor” de investigar tanto a los Biden como la teoría conspirativa de que Ucrania y no Rusia interfirió en la elección de 2016 (teoría que la testigo Fiona Hill, consejera presidencial sobre Rusia, desacreditó este jueves, diciéndole en su cara a los congresistas republicanos que era “una ficción”).

Aparte de la autoincriminación de Trump, el embajador Sondland declaró que “sí” hubo quid pro quo. Según la investigación del impeachment Trump intentó sobornar a Zelensky ofreciéndole lo que el ucraniano más necesitaba —casi $400 millones en ayuda militar y una reunión en la Casa Blanca para respaldarle frente a Rusia— pero solo a cambio de que hiciera las investigaciones.

La trama de soborno iba viento en popa hasta que Trump se vio pillado al destaparse el escándalo. Dos días después, el 11 de septiembre, Trump dio luz verde al envío de la ayuda. Y ahora sus cómplices republicanos dicen que aquí no ha pasado nada.

A falta de argumentos frente a la montaña de evidencias para un posible impeachment los congresistas republicanos sólo han podido montar un show de pataleo. Les convendría repasar la historia del Watergate para recordar que, al final, la verdad siempre triunfa.

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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