Turismo cinematográfico, entre historias de amor y efectos especiales
El llamado turismo cinematográfico es la más reciente tendencia en esa industria. Y no deja de crecer. Cada año más de 40 millones de turistas internacionales deciden qué países visitar en base a su película o serie de televisión favorita.
Así, los fans de El señor de los anillos viajan a Nueva Zelandia para visitar el Parque Nacional de Tongariro, lugar escogido por los productores del filme para recrear Mordor, el imaginado país donde, según la trama de Tolkien, Sauron forjó el Anillo Único y Aragorn y Legolas encontraron el Sendero de los Muertos.
Por su parte, los fanáticos de Juego de Tronos a veces visitan el Castillo de Trujillo en Cáceres, España, usado para representar el Casterly Rock, hogar ancestral de la siniestra familia Lannister; y otras veces aprovechan las paradas que hacen los cruceros en la amurallada ciudad de Dubrovnik, en Croacia, donde se filmaron todas las escenas que se desarrollan en King’s Landing, la ficticia capital de los Siete Reinos.
La verdad es que el turismo cinematográfico no es nuevo. Quizás el término no se había acuñado todavía pero ya en 1969, cuando se estrenó la película The Sound of Music, los turistas comenzaron a viajar a la ciudad de Salzburgo, en Austria, para visitar los lugares históricos donde se rodó la célebre cinta; sobre todo la mansión donde vivía la familia Von Trapp.
Ha pasado el tiempo pero el concepto sigue siendo el mismo: visitar localizaciones fílmicas. Lo que ha cambiado en los últimos años es el tipo de viajero. Están, por un lado, los jóvenes millenials de ahora que crecieron mirando trilogías con espectaculares efectos especiales; y por otro, estamos los viejos de ayer, que crecimos mirando películas de Paul Henreid y Bette Davis en blanco y negro.
Hoy los primeros viajan en costosos tours dirigidos, como el famoso Harry Potter Tour, que recorre Londres visitando el andén 9 3/4 en King Cross Station y las casas adosadas de Claremont Square, donde se filmaron algunas de las escenas más importantes de la serie. O como el de la Ruta de Juego de Tronos, en Belfast, con paradas en el Castillo de Dunluce, usado en la serie como la Casa de los Greyjoy, los Señores Supremos de las Islas del Hierro.
Y estamos nosotros, los segundos, que viajamos por el solo placer de hacerlo. Aunque si la ocasión se presenta, eso sí, no dejamos de visitar los lugares donde se filmaron escenas de nuestras películas favoritas.
Si estamos en Roma, por ejemplo, cómo no recordar Roman Holiday, un clásico de 1953 con Gregory Peck en el papel de Joe Bradley, un reportero americano, y Audrey Hepburn, en el de la princesa Ana, por el que ganó el Oscar a la Mejor Actriz ese año.
Y cómo no visitar entonces la iglesia Santa María de Cosmedín, donde se filmó una memorable escena frente a la Bocca della Veritá, y en la cual Gregory Peck le explica a una asombrada Audrey Hepburn la historia de la famosa máscara de mármol.
O si estamos en Venecia cómo no recordar la romántica película Summertime, de 1955 y dirigida por David Lean, en la que Katharine Hepburn, en el papel de Jane Hudson, una secretaria soltera de mediana edad de Ohio aprovecha las vacaciones de verano para cumplir su viejo sueño de conocer Venecia.
Y si la recordamos, cómo no visitar entonces la Plaza de San Marco, donde se filmó la escena en la que Jane Hudson conoce a Renato de Rossi, interpretado por Rossano Brazzi, y descubre por primera vez el amor.
Es cierto que cada vez somos menos los que recordamos esos viejos filmes en blanco y negro filmados en Europa. Pero también es cierto que aunque las agencias de viaje sigan añadiendo a sus itinerarios nuevos destinos fílmicos con escobas voladoras y dragones de fuego, nosotros seguiremos recordando a Audrey Hepburn, luminosa y feliz, sonriéndole a Gregory Peck en la escalinata de la Plaza de España porque al fin, contra toda esperanza, habían encontrado el amor.
Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.