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Opinión

El alto precio del ‘impeachment’, un legado manchado

El presidente Donald Trump se convirtió en el tercer presidente de la historia de Estados Unidos en ser enjuiciado por el Congreso.
El presidente Donald Trump se convirtió en el tercer presidente de la historia de Estados Unidos en ser enjuiciado por el Congreso. AP

La imagen de éxito que Donald Trump ha tratado obsesivamente de cultivar toda su vida se ha desintegrado. A partir de ahora su nombre queda manchado por el impeachment (juicio político) en los anales de la Historia.

Merecidamente manchado.

Por abusar del poder. Por obstruir al Congreso. Y por despreciar la Constitución, la democracia y las normas de convivencia que han regido esta República desde sus orígenes. En suma, por su persistente corrupción.

A partir de ahora, no importa que sus cómplices en el Senado traten de absolverle, porque la Historia no le absolverá. Ni a él, ni a ellos.

“Ellos”, los republicanos en ambas cámaras del Congreso, se han prestado a encubrir la conducta inexcusable de Trump, abdicando así sus responsabilidades bajo del artículo 1 de la Constitución. Eso es lo que ocurre cuando la borrachera de poder (tan oportunista como efímero) les impide percatarse de su suicidio.

Están sustituyendo el Gran Antiguo Partido Republicano (GOP) por el indecoroso Partido Trumpicano, del que los verdaderos conservadores se siguen exiliando. Patriotas frente a oportunistas cobardes, como afirmaban esta semana un grupo de republicanos encabezado por George Conway, esposo de la confidente de Trump, Kellyanne Conway.

En un largo manifiesto, titulado “Somos republicanos y queremos que Trump sea derrotado”, publicado en el New York Times, Conway y otros prominentes conservadores advierten: “Los congresistas republicanos han abrazado y copiado la crueldad de Trump y defendido, e incluso adoptado, su corrupción… Facilitando su conducta han abandonado los principios conservadores republicanos y los han reemplazado por el trumpismo, una religión vacía guiada por un falso profeta”.

Junto al manifiesto han anunciado la creación del Proyecto Lincoln, con el propósito de recuperar la verdadera filosofía conservadora, que el trumpismo ha aniquilado.

Un ejemplo perfecto del abandono de esos principios —y de toda decencia— lo encarna el líder republicano en el Senado, Mitch McConnell. En el colmo del atrevimiento, McConnell ha declarado que “no piensa ser un jurado imparcial” en el juicio a celebrarse próximamente, tras la acusación formal de cargos aprobada por el Congreso (impeachment).

Viola así McConnell descaradamente el juramento que le exige la ley. Y al igual que él lo hacen senadores como Lindsey Graham, quizá quien más ha arrastrado su reputación.

Con asombrosa desfachatez se niega McConnell a la presentación de testigos y pruebas en el juicio. Con la misma desvergüenza que Trump ha prohibido el testimonio de funcionarios y se ha negado a entregar documentos durante el proceso de impeachment en la Cámara Baja del Congreso. ¡Incluso Nixon acató la ley y entregó las pruebas!

Trump en cambio se vanagloria de ser el “Desacatador en Jefe”, pero sus tácticas de obstrucción son la mayor prueba de su culpabilidad. Los inocentes nunca temen a los testigos ni esconden los documentos.

Si fuera inocente su conducta sería muy fácil de defender. Por eso ningún congresista ha defendido a Trump. Ninguno. En la farsa teatral en el Congreso sólo han gritado “No ha hecho nada malo”, que es muy distinto a que le hubieran defendido diciendo “Lo que ha hecho es bueno”. Bien saben los muy hipócritas que es culpable de arriesgar la seguridad nacional para beneficiarse políticamente intentando mancillar al rival que más teme, Joe Biden.

Parece justicia divina que justo sea Trump quien ha acabado con el nombre manchado. Y además para siempre. Porque el impeachment es indeleble. Es la palabra que aparecerá en el primer párrafo de la biografía de Trump en los libros de historia que estudien futuras generaciones.

Ese será su legado. Todo lo demás, incluido el muro, etc., pasará al olvido, como suele suceder con las políticas de otros presidentes. Salvo que siga cometiendo delitos merecedores de impeachment (o de cargos en los tribunales de justicia), que es lo que puede ocurrir si se siente envalentonado por la exculpación hipotética en el Senado.

Sería reincidencia, porque Trump ya lo hizo justo al día siguiente de que Robert Mueller documentara más de 100 contactos entre su campaña y Rusia. Apenas horas después del anuncio de Mueller, Trump inició contactos con Ucrania solicitando ayuda para que investigaran a Biden y a su hijo. Aunque como luego reveló el embajador Gordon Sondland “no” le interesaba en sí una investigación sino “solo el anuncio” en TV, para así poder calumniar a Biden.

Ante la posibilidad de que Trump siga solicitando ayuda extranjera para su campaña de reelección (como ya se lo ha pedido a China), es necesario que el juicio en el Senado se celebre con unas mínimas garantías de justicia imparcial, empezando por la presentación de testigos y documentos, como piden los demócratas.

¿Ha visto alguien un juicio sin testigos ni pruebas? Desde luego no en una democracia. Y desde luego sí en las dictaduras, que parece que es a donde nos pretenden llevar Trump y sus apologetas flirteando con el autoritarismo, como señala el manifiesto de los republicanos con conciencia.

Porque eso es lo que hace falta, conciencia, tan devaluada por la escasez de coraje político, y sobre todo moral, de los trumpicanos acérrimos. El precio de renunciar a sus conciencias será la ignominia política, cuando esta borrachera de poder pase.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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