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Opinión

La nostalgia y la exuberancia de la Navidad para los cubanos

Los dueños de La Bodega, en Sweetwater, le recomendaron a Alejandro Ríos llevar la barrigada asada, un corte exquisito del puerco, con todas sus texturas y sabores.
Los dueños de La Bodega, en Sweetwater, le recomendaron a Alejandro Ríos llevar la barrigada asada, un corte exquisito del puerco, con todas sus texturas y sabores.

A finales de los años 50, en la gélida ciudad de Chicago, el timonel de los Ríos ya tenía en exhibición un bello árbol de Navidad, erguido y alumbrado sobre la base de abundantes cajas de regalos que nosotros, sus hijos, abríamos, ansiosos, el 25 de diciembre.

Eran pocas las familias cubanas conocidas en la gran urbe de los vientos. La celebración de la Nochebuena, un día antes, era como recordar el pedazo de la isla dejada atrás en busca de más prosperidad.

Desde entonces supimos que, a diferencia de otros amiguitos de la escuela, nuestras festividades se extendían por dos días, una suerte de privilegio cultural que habíamos arrastrado, sin intromisiones, al hospitalario país.

La Navidad es nostalgia, amor, alegría, abundancia. Muy al principio de la década de los 60 la seguimos celebrando, con igual entusiasmo, pero en Hialeah. Mis padres, como tantos otros de sus congéneres, se habían hartado del frío y establecieron nuestro nuevo hogar en la cálida Florida.

La Nochebuena arreció, porque llegaban los cubanos y el aroma del puerco asado empezó a confundirse con el del jamón acaramelado.

Recuerdo como un sueño lejano nuestra última Navidad en Miami. Mis padres dieron un paso en falso, para no perder el contacto directo con los abuelos y otros parientes en Cuba, y decidieron repatriarse en el año 1962.

La ausencia de la Navidad, su celebración algo clandestina, fue una de las tantas señales del error que solo encontraría su más absoluta corrección en 1992, el año que, en mi caso, regresé al país que nunca debí abandonar. El resto de la familia había iniciado la fuga algún tiempo antes y otros llegarían después.

Por estas fechas en Cuba, desde finales de los años 70 en adelante, yo cortaba un gajo de cualquier árbol y lo adornaba con la ayuda de mi madre, quien sacaba las bolas de Navidad traídas de Hialeah, guardadas como tesoros.

Mi padre ya se había agenciado un trozo de puerco en la bolsa negra, rigurosamente vigilada por entonces, y festejábamos con igual amor, pero envueltos en una perturbadora incertidumbre.

Desde entonces padecimos la conmemoración mediatizada por la discreción y el miedo, porque el 25 de diciembre se había disipado totalmente, como si Santa Claus formara parte de las huestes imperialistas que amenazaban a la dictadura del proletariado.

El país se había encanallado a una velocidad inaudita. Los miembros de la crápula gobernante continuaron recibiendo unas espléndidas cestas con productos típicamente navideños. Nadie me lo contó las vi, casualmente, en casa de un hermano de René Rodríguez, expedicionario del Granma.

Entre mis vecinos algunos hacían el esfuerzo y celebraban la Nochebuena, eliminada por su religiosidad y en apoyo a la zafra y los cañeros, otros no podían lidiar ni con los gastos, ni con el secretismo de la operación.

Un régimen que tramita las tradiciones y reescribe la historia a su favor, borrando años de cultura establecida, merece la abominación eterna. Pero nada de eso ha ocurrido en más de 60 años.

Parado en el tumulto que parece tomar por asalto el mercado cubano llamado La Bodega, en pleno barrio de Sweetwater, porque elaboran y dispensan las mejores comidas de la festividad, irremediablemente debo repasar la ignominia del castrismo y compararla con esta abundancia y ansias de celebración entre los míos.

Lázaro, el dueño de La Bodega y su hermana Odalys, junto a una tropa de leales empleados, responden y atienden todos los pedidos con prestancia.

Nada falla, ni una queja, clientes primorosamente atendidos. Este año me aconsejaron llevar la barrigada asada, corte exquisito del puerco, con todas sus texturas y sabores, y salgo feliz con mis dos bandejas. Me tuve que estacionar a una cuadra porque La Bodega es una suerte de meca culinaria criolla.

En lo que llego al auto, hay cubanos haciendo FaceTime con sus parientes en la isla. Les muestran, cómplices, la abundancia y felicidad, en directo, para que no quede duda, de aquel fracaso y del premio a sus esfuerzos en libertad.

Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

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